La Coctelera

Matanza del cerdo

Ayer sábado estuve con unos amigos en un precioso pueblo de Salamanca, Sotoserrano. Era el día de la matanza del cerdo. Menos mal que llegamos tarde y no pudimos oir los estremecedores chillidos que debió de pegar el animal. En estas cosas, me debato en un grave dilema: por una parte, adoro las tradiciones de los pueblos, de la Historia, costumbres, fiestas, reuniones, las raíces, vamos... y, por otra, me espeluzna que hagan tanto daño a un animal y como un espectáculo. No sé, la verdad. No lo sé. Estuvo el día precioso y lo pasamos genial. Eso sí. Y la gente del pueblo era maravillosa, Doña Bernardina, la abuela del alcalde (Sebastián Requejo, que también nos trató estupendamente), que me obligó a meterme en un patio de su propiedad -con gallos, paja, gallinas, leña, al aire libre-, a que yo hiciera pis y, cuando yo toda remilgada, dije a la anciana que me daba corte, por si alguien me veía, me respondió con unos dotes de mando fuera de lo normales y muy muy simpáticos, que si yo me creía que era la única del mundo que "meaba". Pues, no, querida señora. Tiene usted toda la razón. Y es usted estupenda. Me encanta la gente mayor como usted, esa naturalidad, ese estar de vuelta de todo, ese quitarle importancia a lo que no la tiene, esa simpatía y esa mezcla de ternura y brusquedad en el trato... Lo adoro.

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