La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

2 Febrero 2007

Relato 35. Blanca de todas las miradas

En casa de las hermanas Estafeta parecía esa noche que se celebraba una pequeña fiesta. Tres autos a modo de flechas en su diana, aparcados con urgencia, apuntando a la puerta principal, las luces de cada ventanal encendidas, como un portal de Belén. La calma nocturna en el patio, el huerto y el jardín, de férreos portones verdes abiertos al inesperado suceso, no se correspondía en nada con el aturdimiento y expectación de estómagos constreñidos en el interior de la mansión. Y en el pueblo.

Las vecinas hablaban unas con las otras, y las otras con las unas, todas en la calle, sentadas en sillas plegables de lona plástica, rayadas, pendientes de lo que pudiera ocurrir y ser las primeras en enterarse. Una costumbre típicamente española y más aún en plena Mancha. Y en Toledo, en 1955.

–Su papá era arbañí, er pobre, er Inocencio, ¡que Dios le tenga en su gloria junto a la Rosalinda!, más maja quera que las pesetas, la mujé…, y ahorró tó lo que pudo –que le daba ar juego, con muchos duros de por medio–, y solía ganá y venga de ganá , antes de perdé, antes der acidente que los llevó a ambos los dos por delante, pa dejalas esa peazo casa y esa cacho tierra.
–Y tol dinero que guardan debajo der corchón…
–Eso.
–Que allín no trabaja ninguna. Sólo, a veces, er tractor… pero para ná.
–No me diga…
–Talmente. Como lo cuenta la Seve.
–Que son mu raritas, pero que mu, mu raritas… Hágame caso, seña Santa, jamía, que usté es nueva aquí y no sabe ná de ná, pero estasunto tié tela, callí habita el maligno. Si no fuera por Don Bruno, que va a visitalas de a menúo y las reparte los santos sacramentos, no sé que sería dellas… Toas condenás… por no ir a la misa, ni hacer obras de caridá, con todas las pesetas que tienen, ni relacionase con nadie, ni la madre que las parió… questo es toa una historia ¡pa mear y no echar gota!
–…que tienen hasta a la bella durmiente allín adentro, ¡la que lleva dormía más de veinte años!
–¿Veinte años? Pero ¿qué dicen? ¿dormida una mujer? ¿cómo puede ser eso?
–Ay, qué sé yo, hija mujé, se cuentan tantas cosas… que una ya prefiere ya ni hablá… un arcidente, se dijo… que a una de las chicas se rompió la cabeza en dos… y entró en er coma ése, tan profundo, de hondo, sabe usté, y de allí no vorvió a salí…
–Veinte o más… pero, por lo que man contaó, la tienen como nueva… la lavan, la peinan, la alimentan, sondá, y como una reina questá, la Blanca. Por lo que vio la Florencia –quer otro día fue a hacé una limpieza generá de la casa–, está dormía pero bien guapetona que se conserva, toa de blanco, hecha una prenda… Dicen que er revortijo desta noche va por ahí, que por allín van los tiros, que por lo vitto sestá desperezando la moza…
–Ésa era una golfa, eso es lo que era… y Dios la castigó.
–Eso, castigo de Dios, por engrida, que como era tan agraciá, nos miraba a toas por encima der hombro, y con sólo quince años que tenía entonces, la niñata, pues como casi toas nosotras, quéramo de la mimma quinta, má o meno... Y nuestros hombres, tós erectos, cada vez que la Blanca se paseaba por er pueblo. Que si no llega a ser por er incidente, aquí toas venga de vestí santos…
–Ya… ¿Y de quién son esos coches que se ven allí, en la casa?
–Pue… er negro der cura, que como tiene dantonimmo dése, pue que digo yo que qué má le dará la coló, y er tostao der doctó. Ay, er doctó… ¡Cómo no iba a está ér presente en tó los amene de las hermanitas! Ah, y er verde e de la Esmerarda, Emmerarda, la tercera, ques la única que tiene carné. Der coche y der tractó. De tó. ¡Quesa iba para er macho de la casa! ¡Pué menuda pieza, de borrica y robusta y envalentoná, que salió…!
–¿”Dantonimmo”? ¿Y eso qué que é?
–Sí, mujé, desos que no distinguen lo colores… que tó lo ven gris… ¡mu gris, mu gris! Pos eso mimmo. Tó “grisiento”, nuetro don Bruno.
–¡Ah! ¿Ques daltónico el hombre?
–Pos sí señora. Pero en er púlpito no se nota casi ná… Mire, mejó, que si no ya estaría majareta… rodeado desas locas… ¿Qué usté no ha visto cómo van, como se visten? Si es que están más pallá que pacá…
–Dicen ques porque han heredaó el modo bromista der padre, der Inocencio, que era tó bromas y juegos…
–Sí, ya, ya… y mire cómo le fue, quen una apuesta con la Rosalin, su mujé, que iban los dos en burro por las vías del tren, a ver quién llegaba antes ar tune, pues que se murieron arrollaos por er ferrocarrí… capareció de improvisto y en sentío contrario y los dejó planchaos pa siempre jamás y se les quitó la risa floja der gorpe. Y llegaron ar tune, sí, pero ar que dicen tené la luz al fondo ésa. Los dos pollinos y ellos. Tós muertos. Que tuvieron que separá, la gente der pueblo, lo que era carne de burro de carne de humano… y fue mu costoso eso, que hechos trizas tós somos parecíos…Tó carne picada…Una desgracia… hace ya… ya… unos… treinta años deso… y don Bruno se hizo cargo del emmero y la educación de las muchachas, siendo su tutó y su preceptó.
–Por eso mimmo las aprecia tanto y ellas a él. Esceto la mayó, la questá ensoñá, que nunca le obedecía y él la castigaba mu severo, demasiaó, me digo yo para mín. Que lancerraba en el sótano y allín estaba la niña sola y a oscuras, con esa humedá der invierno, o esa caló der verano, y daba iguá… que decía que era hija der Satanás!
–Es que verá usté, su padre no era er mimmo. No era er Inocencio, aunque como era un santo, él la “adopcionara” al casarse con la Rosa, pero su padre era un joven con el que la Rosi tuvo un deslí en unas fiestas der pueblo y paice que sestrenó con ese visitante, que no era de aquín. Por lo que se sabe, era un profesó, mu leído y releído, der norte, un hombre que apareció, preñó a la Rosalinda y se fue tan campante y nunca más se supo dél.
–Asinque sesplica las diferentes formas de ser dellas, las diferentes sangres. No son hermanas toas. Son seis hermanas y una hermanastra. Seis feas y temerosas y una linda pero rebelde y condená.
–Y se peleaban mucho.
–Sí, mucho.
–Y la despreciaban por ser la más lozana.
–Sí. Es que el “letrado” era un buen mozo. ¡Vaya que si lo era! ¿sa cuerda usté?
–¡Como pa olvidarlo! ¿Sabe? Yo creo que no senteró de quiba a ser padre…
–No, no, no senteró, no. La Rosalin no se lo dijo por miedo a que se llevara a la niña. Lejos. Allín, al norte de tó. Ar polo norte…
–Sagerá…
–¿Yo? ¡Si era rubio como un bárbaro desos de mu ar norte! Y er Inocencio, sí, mu güeno, deso tó lo que se pida, pero mu desgraciaíto de feo y chaparro y renegrío. Y así salió lo que salió. La “logística” es la “logística” ¿o no?
–Pos sí, señora.
–Y tó está en los “indigenes” esos…
–Pos va a sé que también, jamía, los genes, “ge-nes” se dice, porque mire que son deslucías las seis despiertas.
–La Blanca era de su edad, ¿no, doña Severina?
–Sí. Cuando ocurrió la desgracia, la Blanca tenía quince años –como yo mimma–, y luego las demás toas pa bajo; creo recordá que era algo asín como: la Violeta, catorce; la Esmerarda, doce; la Celeste, diez; la Aúrea, ocho, pienso yo, y la Rosa y la Rubí, que nacieron juntas, pos siete… Unas criaturas. Y el caso de los padres y los burros…
–Ay, eso ma sonaó a los panes y los peces…
–Como la oyera don Bruno…
–Sí, ay, perdón, ha sido un larsus.
–No, no, no pasa ná, eso es otrasunto también con su “intríngulis”, pero, bueno… pos lo de los padres y los burros, como venía diciendo, fue cinco año antes, pues carcule usté, mu triste tó, mu, mu gris.

–Blanca, Blanca… ¿Nos puedes oír? –alza la voz un hombre de rodillas, como suplicante, al lado de una cama impoluta, de sábanas y colcha blancas.

Una mujer está acostada, serenísima, belleza pálida, madura, pelo rubio, largo y ondulado, sobre la almohada, ojos cerrados, en paz. La habitación permanece a media luz y todo son sombras y reflejos cálidos en los rostros de ocho personas que la rodean. Todas las miradas posadas en ella. Blanca.

–No nos oye, doctor Pardo. Olvídese –sentencia un viejo–. Ésta nunca ha oído– añade en un escupido susurro, levantándose de un sofá de orejas, pegado a la ventana. Se trata del padre Bruno. Una figura espectral, entre los claroscuros de aquella estancia. Como si al Caballero de Olmedo, de El Greco, lo vistieran con sotana negra hasta los pies y alzacuellos y lo pusieran unas lentes redondas y extremadamente gruesas, como el culo, el culo de una botella, que hace que sus ojos sean ojillos, diminutos, pero muy muy fijos, de miopía, penetrantes. Eso sí, cabeza muy alta, por su estatura y por su actitud. A Blanca, cuando despierte, si es que despierta, le recordará –al volverlo a ver– lo de siempre, un pináculo de alguna catedral gótica, la catedral de Burgos decorada en grotesco plateresco, nariz picuda, entradas del cabello claramente picudas –lo de claro, por su edad, que debe de andar ya por los setenta– y esbeltez picuda. Ojos afilados, como su forma hiriente de hablar. Alto y rígido. Una espiga imperturbable, ni por vientos ni por gaitas, representante de la más tradicional de las iglesias católicas.

–No, no me olvido, señor, ¡no puedo olvidarme! Antes ella ha movido un dedo y ha señalado a una de sus hermanas.
–¡A mí! –salta Celeste– Yo lo he visto, padre Bruno. Yo lo he vis…
–Bueno, bien, bien, hijas, os creo –interrumpe el viejo sacerdote–. Los milagros existen y éste pudiera tratarse de uno de ellos. En cualquier caso, no pintamos nada aquí y ya se hace tarde. Yo me voy a descansar. Manténganme informado con lo que haya.
–De acuerdo –responde el médico, pensando en que ese hombre tiene madera de mando y se lo imagina perfecto en un tribunal de la Santa Inquisición–, yo haré guardia esta noche. Váyanse todos a dormir, que mañana será otro día y ya veremos qué ocurre…
–¿Se queda usted solo aquí, Don Máximo? –le pregunta una de aquellas personas, acercándose más íntima y, tal vez, algo insinuante, al doctor.
–Sí, Aúrea, tranquila, tranquila. Yo me quedo con ella –responde rápido, como zanjando el tema, incómodo.

En ese momento, en la cama se produce un leve movimiento, los párpados de Blanca se entreabren y vuelven a cerrarse, pero nadie –excepto alguien– se ha percatado de ello.

–Le acompañamos a la puerta, padre –dice un coro de gallinas.

Ahora pasan, desfilando una a una, mientras salen de la habitación. Son seis mujeres, físicamente —de mediana edad, morenas, robustas, con lentes de montura fina todas—, similares todas, aunque no de carácter. Máximo Pardo, frecuentemente, sólo logra diferenciarlas por el tono que usan. Y es que, aunque parezca insólito, cada una es de un color diferente. Y eso, él lo respeta, pero le resulta de lo más absurdo y considera el tema prácticamente, pero obsesivo.

Máximo Pardo se queda a solas con Blanca. Máximo Pardo sigue siendo un hombre atractivo, inteligente, un poco torpe de movimientos, pero encantador, poeta y hombre de ciencia, sensual y calmado. De convicciones firmes y, sobre todo, fiel. Recto y fiel. Barba castaña, ojos parduscos. Se desabrocha la chaqueta de espiguilla terrosa y acerca el orejero del cura al lado de la cama. Pesa, pero no le cuesta mucho esfuerzo, él es fuerte y aún joven. Tiene cuarenta y cinco años. Cuarenta, ella –piensa–. La observa. Sigue siendo la niña preciosa. Algo le dice que se va a despertar, por fin, de ese sueño de veinticinco años. Y puede que eso suceda esta noche —ya son dos veces, la de Celeste y la que ha visto él hace un momento— y él quiere estar allí cuando eso ocurra y se acomoda para esperar, pero está cansado y se traspone, y se va, se deja llevar, su mente retrocede en el tiempo. Y vuelve a rememorar la escena que le ha hecho sobrevivir durante todo este tiempo. Y eso le trae a la realidad y ya no puede más, se incorpora ante ella y la besa, su boca. Y la roza suave el pelo con sus dedos, de limpias manos de galeno, y acaricia tierno esos labios con su lengua. Y le habla, y le dice:

–Blanca de mi vida, despierta, aún tenemos tiempo.

Pero ella no responde. La vuelve a besar. Esta vez más intenso. Más de hombre a mujer, con las hormonas presentes. Y nada. Ella sigue inerte.
Y al tercer beso… al tercer beso… ella… ella resucita.
Al tercer beso, se produce el milagro y él no da crédito a lo que ve y ella abriendo los ojos, le dice de pronto… con voz muy quebrada…
–¿Qué hace…? ¿Quién… quién es usted?
Él no la responde y la vuelve a besar. Las lágrimas corren por sus mejillas y es un beso a oleadas y salado y con esa misma potencia del mar…
–Ma… Max… ¿Eres tú?
–Soy yo, sí, querida.
Ella se aparta para mirarle.
–¿Qué… qué te ha pasado… Max? Tus ojos… tu rostro… estás viejo… estás…
Max sonríe mientras sigue llorando.
–Estamos viejos, amor. Estamos. Han pasado veinticinco años.
–Co…cómo…
–Coma. Has estado en coma, Blanca. ¡Veinticinco años dormida! En coma profundo.
–Dios… ¿por qué? ¿y eso por qué? –gime mirándose las manos, asustada, temblando.
–Tuviste un accidente, niña. Siendo una niña.
–No, no puede ser…
–Sí, así ha sido.
–¿Y tú? ¿tú? ¿qué hiciste?
–Yo he estado a tu lado siempre, con la excusa de ser el médico familiar. ¿Recuerdas que estudiaba medicina? Estaba en segundo cuando te fuiste, amor.
–No, no recuerdo ahora casi nada. Sólo cómo me llamo y quien eres tú. Sólo eso.
–Irás poco a poco recordando, Blanca. Yo te ayudaré. He dedicado toda mi carrera médica a estudiar tu caso. Sé cómo puedo empujarte al recuerdo. Poco a poco…
–No sé si quiero, Max. No lo sé. No sé nada.
–Ya lo sabrás, tranquila. Ante todo, prométeme una cosa.
–Sí, dime.
–Que harás todo lo posible por recordar, salir adelante, por recuperarte, por poner en orden tus ideas, tu vida, tus recuerdos… Es necesario para que vivas y recuperes todos estos años perdidos.
–Te lo prometo, te lo prometo. Yo te quería, Max. Yo te quería… eso sí lo recuerdo…
–Y yo a ti, reina Blanca. Tampoco se me ha olvidado nunca.
–¿Te… te casaste?
–No.
–Dame agua, Max. Y un espejo.
–Agua sí. Un espejo, aún no. Cuando estés más preparada. Cuando asumas esos veinticinco años. Aunque te anticipo que estás mucho más bella que a los quince. Te has convertido en una mujer preciosa. Has estado muy muy cuidada.
–¿Y quién me ha cuidado tanto? ¿tú?
–Yo, sí, y tus seis hermanas ¿las recuerdas?
Ella se queda meditando un momento, luego sonríe amarga.
–Sí. Hermanas no, hermanastras.
–Exacto. Veo que esto va a ir rápido.
–Sí. Rápido. Dame un espejo, Max. Rápido.
–No, aún no.
–¿Y qué me pasó para quedar así, Máximo?
–Sufriste un severo traumatismo cráneo-encefálico. Te caíste por unas escaleras y…
–¿Me caí? ¿Por qué escaleras?
–Por las que bajan al sótano de esta casa. Son de piedra, altas y muchos peldaños. Bajaste todos rodando.
–Sí, creo que las recuerdo. Muchas veces bajé por ellas.
–Ese día, te tropezaste.
–¿Me tropecé? ¿Con qué me tropecé?
–Nunca se llegó a saber, quizás algún juguete de las pequeñas…
–Las pequeñas, sí…
–Bueno, todas eran las pequeñas. Tú eres la hermana mayor.
–Sí. Lo sé. Recuerdo… las pequeñas… las pequeñas y el viejo…
–¿Te refieres al padre Bruno?
–Sí. A eso mismo me refiero.
–No le llames viejo. Entonces, hace veinticinco años, él tenía la misma edad que tengo yo ahora, cuarenta y cinco. Lo sé porque ayer dijo que pronto cumpliría setenta.
–¿Ayer? Eso es que vive…
–Claro.
–Vaya, vaya… será espectacular verlo de nuevo. Curioso… un anciano…
–No tan anciano. Sigue estando muy muy joven. Ese ser es imbatible. Tú no te llevabas bien con él.
–Recuerdo, sí. El demonio no envejece, Max.
–¿Y mis hermanitas, siguen tan… tan… perras falderas de él?
–Blanca, empieza una nueva vida. Olvida todo eso.
–¿No me decías que recordara? Te he prometido hace un momento que haría lo posible para recordar. Estoy en ello.
–No, Blanca.
–Sí, amor, te lo he prometido y yo cumplo.
–Por favor…
–Dime, ¿siguen tan rastreras las seis con ese odioso cura? Hasta las pequeñas, Rosa y Rubí, con apenas siete años, eran su sombra, sus esbirras. Las mensajeras del diablo. Todas, las seis. Y yo sola, siempre sola. La condenada. La perdida… la hija de… Nadie –bebe un sorbo del agua que le ha acercado Max–. Recuerdo que, como él casi no veía, nos hacía vestirnos a todas por los colores de nuestros nombres, para distinguirnos desde lejos. Ese cegato… Era patético. Siete ridículas niñas vestidas de… blanco, yo… sí, observo que sigue el tema —dice, acariciando las sábanas y mirándose el camisón—; Violeta, de morado o malva, y todo lo que la compraba era de ese color y nos prohibía vestirnos de otro tono; Esmeralda de verde, Celeste de azul, Aúrea de amarillo u oro, Rosa de rosa claro y Rubí de rojo intenso… Y ellas, las seis, se reían sin parar del juego, estaban encantadas… Encantadas por él, que es una bruja mala. ¡Dios! ¡Qué pesadilla de ser! Dime que se ha muerto, dímelo, aunque no sea verdad, al menos, déjame disfrutar de mi regreso y no desear volver a dormirme otros veinte años más, Max.
–No puedo. Esta ahí. Pronto lo verás…
–Sí, pronto lo veré y él a mí. Ya no soy una niña, Máximo. Y estoy recordando muy bien. Ya lo ves. Lo llevo grabado a fuego muy dentro.
–Necesitas descansar, Blanca. No diré nada a nadie hasta mañana. Ahora reposa. No es bueno volver a sentir tantas emociones juntas, tantos recuerdos de golpe y porrazo.
–De acuerdo, te haré caso, doctor.
–¿Me quieres?
–Te quiero sí. Creo que sigo sintiendo lo mismo por todo y por todos, lo mismo que hace veinticinco años. Es sorprendente. Habré envejecido, pero en mi alma, el tiempo no ha pasado, o tal vez sí y se hayan agriado los sentimientos menos dulces. ¿Sabes que lo dulce, la miel, por ejemplo, es un buen conservante? ¿Que lo usaban los antiguos para conservar sus alimentos?
–Vaya… observo que la niña lista de siempre ha despertado completa.
–No seas bobo, niño… Siempre te gustó burlarte de mí.
–No es cierto, amor. Dame un beso.
–Sí, ven. Acércate.

Y se besan y ella cierra los ojos y él la observa, impresionado, incrédulo y preocupado. La toma de la mano, la agarra del cuello para notar sus latidos en la yugular… mira su reloj… cuenta… sí, está bien. Sólo debe de estar agotada. Debe de ser muy duro volver tras tantos años, volver a parpadear, a hablar, a pensar… a sentir… recordar… Él sale de la habitación, se dará una ducha y se preparará algo de desayuno. En un momento, volverá.

Ella se queda sola.
“Recuerda, recuerda… “, se lo ha prometido a Max. Su querido Max. Recuerda sus encuentros secretos, el inicio de su amor por él. Se reunían en la parte posterior del patio, tras las buganvillas… y allí se abrazaban, allí se dieron el primer beso, muchos besos siguientes y aquel último. Ése último beso… “Recuerda, Blanca…”. Sí, se estaban besando y vio algo oscuro entre los ramajes, muy oscuro, negro. Un tejido, una capa… y desapareció… sí… Max estaba de espaldas y no vio nada y seguía besándola y tocándola, sus incipientes pechos, sí, Max, “Te quiero”… “Y yo a ti, niña…”. “Escapemos, Max…”, ya, no puedo más…

Y ella le había escrito una poesía. La tenía guardada en el cajón de su mesilla, para dársela al día siguiente. La recuerda perfectamente…

“Amor, nunca sentí nada igual,
tus manos grandes, fuertes,
acarician mi piel, ¡me siento mal!,
¡escapemos, corramos! da igual…
Corramos hacia el mar,
hundámonos en el fuego,
pisemos los abismos, y luego…
ya cansados, tumbémonos en la hierba.
ya no somos los mismos.
Y que nuestros corazones hiervan,
hiervan de amor y ternura,
y apoyarme sobre ti…
Amor, nunca sentí nada igual.”

Ella había sido una alumna muy aplicada y era culta y, para su corta edad, escribía muy bien. O eso le decía su profesora de Literatura, que siguiera, que llegaría lejos… Ya, ya… muy lejos… hasta abajo del todo de unas profundísimas escaleras… hasta ahí de lejos llegué… ¿tropezando, dijo Max?... No, no… “recuerda”…”recuerda…”, “Hay más, sabes que hay más…”.

Tras los besos y caricias de aquella tarde, Max se fue. Quedaron para el día siguiente, pero ya no ahí, ella había visto que alguien los había estado mirando… Se citaron en el huerto, tras las matas de las judías verdes… judías… verdes… judías…

–¡Eres una perra judía! ¡Ven para acá, que te voy a dar un escarmiento que no olvidarás en la vida! –era el padre Bruno, amenazador, persiguiéndola por la casa. Ella se esconde bajo los faldones de una mesa camilla, acurrucada sobre el brasero apagado. ¡Menos mal!
–Judía, judía… –oye corear a un grupo nutrido de niñas.
–¿Dónde estás, ramera? ¿Quién era ese muchacho con el que pecabas? ¿Quién era? que lo mato… ¡Eres una prostituta! Y la prostitución está penada…

De repente, se levantan las faldillas y se convierte en el blanco de siete miradas. Un tribunal que la juzga y no va a tener compasión con ella: seis pares de ojos de niñas y dos gruesos vidrios de ojetes venosos, resecos, sedientos de su sangre, con verdadera sed de justicia… aterradores. “Blanca de todas las miradas”, piensa irónica… Aún esa niña de quince años no sabe lo que la espera. Si fuera así, no se pararía en hacer chistes, o tal vez sí, como recurso de protección ante el horror.
Esas gafas con sotana la agarran del pelo y la arrastran por la cocina, por las frías baldosas en damero: blanco y negro; y las niñas riéndose y saltando, jubilosas. Esas gafas la agarran por la cabeza y se la hunden dentro del cubo de desperdicios… y las niñas, vitoreando entusiasmadas. “Blanca, basura, Blanca es basura”, repiten en una musiquilla. Y ella vomitando, de miedo y de asco. Y de rabia.
Recuerdo, recuerdos…

–¡Eres basura! ¡Maldigo la hora en que fuiste concebida! –ruge aquel dragón, escupiendo babas de ira por las fauces…– ¡Yo te maldigo a ti, niña puta asquerosa! ¡Pasarás castigada años, ya lo verás!
–Y usted, vosotras, todos, me la pagaréis… ¡Os lo juro! –respondo yo, descompuesta.
–¡Baja inmediatamente al sótano, a tu celda!
–¡Baja a tu celda, baja a tu celda, judía, judía…! –siguen cantando todas mis… mis… herma… nastras… a mi alrededor, en corro. Yo tirada en el suelo…
–¡No puedo levantarme! Me duele esta pierna… me ha hecho daño…
–¡Y más daño que te voy a hacer! ¡A ver si sufriendo, entras en el buen camino de una vez! –brama, aquello.
–¿Y cuál es el camino? ¿cuál? A ver…
–¿No lo sabes aún, miserable desatinada y lujuriosa?
–No, no lo sé… Ni usted tampoco –contesto yo altiva, levantándome como puedo.
–Enseñádselo vosotras, niñas, a vuestra querida hermanita mayor. ¡Vamos! ¡mostrádselo! ¿Cuál es el camino? A ver… que no lo sabe la muy zorra… ¡todas! ¡vamos! ¡Enseñadle que el camino es ir a su celda!
–¡Sí, padre Bruno! ¡Sí, padre Bruno! –canturrean todo el rato, mientras se lanzan hacia mí.

Ahí… las pequeñas… las pequeñas… ¡Dios!... No puedo recordar tanto, ¡no puedo! “Todos, me la pagaréis”, “Ante todo, prométeme una cosa”. “Dime” “Que harás todo lo posible por recordar, poner en orden tus… recuerdos…” “Te lo prometo”...”Os lo juro”, “Me la pagaréis…”… “Me la pagaréis…”…

La noticia del despertar de la “Bella durmiente” fue un auténtico bombazo, ya no sólo para las seis hermanastras y el padre Bruno, que se les cayó el alma a los pies, al saber por boca del doctor Pardo que Blanca, nada más despertar, empezó a recordar de todo.

–¿De todo? –insistió el sacerdote.
–De “casi” todo, sí –le confirmó el doctor.
–Bueno, tampoco la agite mucho, usted. Es mejor que empieces a olvidar ¿verdad, cariño? –les dijo ese día el clérigo al doctor y a Blanca, acariciando su pelo, casi con lascivia, le pareció a ella.
–Claro, doctor Máximo, don Bruno tiene razón –dijo Blanca, que se había logrado levantar de la cama y recordar mucho, pero cuyas piernas no le respondieron tan rápido y tenía que moverse a todas partes en silla de ruedas.

La noticia fue un acontecimiento sorprendente para todo el pueblo. Y siguiendo con las sorpresas de la casa de las siete hermanas, también lo fue la inmediata enfermedad de otra de ellas. Se recupera una y cae otra…

–¡Pos vaya mala suerte que tien las pobres!
–Pos sín…

Pero lo curioso no es sólo eso, lo más curioso es que van a ir una tras otra., una tras otra, y éstas no se van a despertar tras veinticinco años, ni tras treinta. Éstas no se van a despertar. Porque van a morir. Una a una, una a una. Y Blanca… desconsolada, sin saber qué hacer. Y el doctor Pardo, menos aún. Y el cura, don Bruno, señalado como el culpable y condenado a prisión preventiva hasta que se celebren los juicios ¿Y saben por qué? Porque todo lo señala a él como el asesino de las seis hermanas, porque… primero: la mayor, Blanca, la que despertó, quería un montón a sus “pequeñas” –como ella las llamaba, cariñosamente– y así lo demostró en sobradas ocasiones y en público; segundo: porque la mayor, Blanca, la que despertó, quedó paralítica y en silla de ruedas, y dadas las circunstancias de los cinco casos diferentes, en ninguno podría haber actuado una tullida ; y tercero, y último, y en extremo delatador, al lado de los seis cadáveres se encontraron hojas del Apocalipsis bíblico, hojas finitas, que se demostró pertenecían a la Biblia de bolsillo que llevaba siempre encima el párroco, que todos consideraban que estaba perdiendo la cabeza, pero no su Biblia, porque jamás de los jamases se había desprendido de ella y siempre había presumido de ello y todos lo sabían. Sólo para dormir, que la dejaba encima de su mesilla y allí nadie entraba, en el piso tercero, la buhardilla, de la casa de las hermanas Estafeta. Bueno, sólo un perrillo faldero que Blanca, en señal de agradecimiento, había regalado a don Bruno –con nombre y todo, “Camino” se llamaba el can–, y que el viejo quería mucho, porque con él ensayaba las pláticas de las misas y él atendía obediente, muy obediente y calladito, y era listo como la necesidad, pero, claro, no tan listo como para arrancar hojas de Biblias, aunque don Bruno, por sugerencia de su, ahora, querida y arropada Blanca, le había estado amaestrando muy bien y el perrillo ya abría él solito libros y hacía que leía y eso le llenaba de regocijo al párroco, ¡un animal tan capaz!, aunque le tuviera precisamente las cubiertas de sus librillos llenos de mordisqueos. Y hacía tiempo que no lo veía, claro. El “Camino” no podía ir a la celda.

Y así fue que desaparecieron todas. En cuestión de dos escasos años, todas, menos la “resucitada”.
–Una maldición…
–Sastamente. ¡Tan marditas!

Y encima, las muertes parecían bromas de mal gusto, porque cada hermana murió con algo relacionado con su color, de su nombre. Otra cosa más para culpar a don Bruno, ya que todos conocían el hecho de que era él y sólo él el que toda la vida se había comportado de un modo anormalmente histérico con el tema de los colores y las niñas.

Violeta, odiosa violenta, murió envenenada con un delicioso guiso de remolachas, que siempre habían sido su perdición, pues ahora sí que sí. Falleció ante todas, vomitando líquido de color violáceo.

Esmeralda, la machota y soez Esmeralda, resbaló con unos hierbajos demasiado húmedos, tras unos días de lluvias –nada raro en aquella zona, en tal estación, pero… el destino es así de impertinente, “irrazonable” mejor… “¡Pos vale!”– y se desnucó contra una piedra verde del parterre del riego de las famosas judías verdes, que era prácticamente lo único que se cultivaba en el huerto. Pobre.

Celeste. La cerúlea y pálida hermanita, “todo un cielo de mujercita”, se intoxicó al chupar un pincel manchado de óleo color añil. Ella, una artista de siempre, sabía mejor que nadie que los colores sepia e índigo son en extremo tóxicos, más venenosos que cualquier matarratas. En fin… Muerta con los ojos dados la vuelta, en blanco, y su boquita vestidita de azul.

Unos meses después, le tocó a Aúrea. La perra en celo por el doctor.
–Ay, la Auri, con las empanadillas tan tiernas y doraditas que hacía la “jodía”… Recuerdo en aquellas fiestas… que colaboró en un puesto de churros y fritangas…
–Ya ve usté… No es oro tó lo que parece…
–¿Y eso a cuento de qué viene?
–Pos no sé yo. Se macurrío… Por decir argo, ¿sabe usté? Quen estas ocasiones, los silencios se me resultan como incómodos…
–Incómoda creo que encontraron a ésta, sí. Colgá que apareció de una desas sogas doradas que usan los curas en Semana Santa, cuando van de oros, como cinturón, que brilla tanto…
–Pos ya ve usté… degollá… que se quedó, la sota de oros…

Respecto a Rosa y Rubí, pues qué decir… Nacieron juntas y murieron juntas. Ésas, las “canijas” eran las más pizpiretas. Ésas sí que aprendieron bien las lecciones de don Bruno, que de pequeño uno es como una esponja…, pues dos, como dos esponjas, y así se quedaron, como esponjas, encima de su propia sangre tras ser repetidas veces mordidas por unos perros o lobos o “vaya usté a sabé”, tras perderse en el bosque, un buen día de niebla.

–Qué brutalidad. Parece increíble, siendo unas chiquillas criadas en pleno campo, que se perdieran así… Qué desubicación… ¡por Dios Bendito! ¡Cuán hosco puede ser el sino!
–Y usté que lo diga, señor alcalde… y usté que lo diga…

Ante la falta de suficientes pruebas, y en busca de más, los cinco casos quedaron entreabiertos o entrecerrados, como se desee, y don Bruno en libertad.

Blanca se recuperó pronto de la pérdida de sus hermanastras. Claro, también es cierto que la mujer, después de haber estado veinticinco años durmiendo, y a pesar de que a veces lloraba por ellas, estaba ya algo despegada de familiaridades… Así es que, el sacerdote que, en aquellos dos años, había sufrido muchas calamidades, y se le veía algo desvencijado, se refugió en Blanca y en el doctor y comían juntos y leían los salmos juntos y hasta estudiaban idiomas juntos, una de las muchas ideas ingeniosas de Blanquita.

Un día en el que Máximo había tenido que ir ocho pueblos más allá a atender una urgencia –urgencia que luego sería una nimiedad, de una llanta pinchada y un hombre con un arañazo en la cara por el gato, al subir la rueda con semejante aparatejo, y que nunca se supo quién había dado la voz de alarma, de no sé cuantos heridos en un accidente en la carretera–, pues ese día, estaban Blanca y don Bruno solos en el patio de las buganvillas. En el patio había un pozo, hasta arribita de agua. Blanca estudiaba inglés al lado del pozo. Don Bruno enfrente de ella. Don Bruno sabía más de todo que nadie y más inglés que ella, primeriza, claro.

–Padre ¿cómo se traduce esto?
El sacerdote se acerca complaciente y lee: “God Bye”.
–Eso está mal, no es “God bye”, es “Good bye”, con dos “os”.
–¡Ah!
–“God” es “Dios”; “Good” es “bueno” y “Bye”, a secas, es algo como coloquial, como “hasta luego”… ¿entiendes? —ese “entiendes” que lleva omitido el “idiota” de detrás…
–Sí. Es decir, que “Good Bye” con dos “os” es como despedirse de Dios…
–¡No, por el Santísimo! ¡No seas blasfema, Blanca!
–No entiendo, padre, usted disculpe…
–Mira –y Don Bruno le arrebata la hoja en blanco y con furia, siempre le puso furioso la estupidez, escribe, con mano temblorosa, no de anciano, sino de ira, escribe… “Adiós”, un “Adiós” bien grande y contorneado y vuelto a contornear y remarcado, con esa letra tan obstinada y cerrada como él mismo, tan irascible como su nariz y su boca, y subrayado por tres rayas llenas de tinta y vigor, una debajo de la otra.
–Gracias, Don Bruno, usted siempre ayudándome.
–De nada –y se retira a su silla aún ofuscado, por lo imbécil que puede llegar a ser la gente que él consideraba como inteligente y eso le desespera. Esos chascos en el juzgar.

Es un día ventoso. Están fuera, pero deberían estar dentro. Las hojas vuelan y las hojas, donde ambos escriben, se levantan por sus esquinas. Hay que sujetarlas. De pronto, una ráfaga de viento inexplicable tira por los aires varios papeles de Blanca. Blanca se estremece, uno ha caído dentro del pozo, al agua. Ella no dice nada. Al párroco no se le escapa ni una. Lo ha visto.

–Usted sabe nadar, Don Bruno.
–Pues claro, yo lo sé todo. ¡Todo!
–Ya.
–¿Lo dudas, acaso?
–No.
–Y, por cierto, ¿qué haces vestida de negro, Blanca?
–Estoy de luto por mis hermanas. ¿Le parece mal, don Bruno?
–No. El luto no me parece mal, pero, anda, ve a cambiarte, que tú eres Blanca y has de ir de blanco.
–Creí que nos exigía usted eso para distinguirnos bien a todas. Ahora sólo estamos usted y yo. Los dos de negro.
–Ve a cambiarte, he dicho. Y ya.
–Pero, padre, estoy incapacitada, usted lo sabe, me cuesta mucho cambiarme de ropas…
–Niña cabezota… Ya empieza a salir la Blanca de siempre, la desobediente… Está claro que la cabra tira al monte.
–Pero yo…
–Mira, bonita —la interrumpe—, por muy mujer que seas, por muchos cuarenta y tantos años que tengas, me obedecerás siempre. ¡Siempre! ¿Lo has entendido?
–Claro, padre. Perdóneme. He obrado mal.
–Vete, anda, y que no se repita. Yo te perdono.
–¿En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?
–Ay, Dios mío, ¡qué cruz de Blanca! No me busques, que sabes que me encuentras.
¬–No sé a qué se refiere.
–Ve. Anda, a ponerte de blanco. Yo recojo.
–Una cosa, Don Bruno, ¿usted sabe jugar al ajedrez?
–Pues claro, ¡otra pregunta absurda! yo lo sé todo. ¡Todo! ¿Lo has entendido? —ese “entendido”, de nuevo, pero que esta vez lleva omitido el “ser inferior” detrás…
–Ah. Es que yo no sé jugar, ¿qué figura tiene más poder, la torre o la reina?
–Vaya pregunta… —bufa— ¡Es que ni te contesto! Averígualo tú. Es de estúpidos… ¡de estúpidos!, el no saber eso.

Se oye un motor. Es el coche del doctor. Aparca, entra en la casa. Ha anochecido ya.
–Blanca…
–¿Sí, amor?
–¿Estás sola?
–Sí, estamos solos.
–¿Y el cura?
–No sé, ha dejado una nota, creo, allí arriba, enganchada al espejo ¿La ves?
–Sí ¿Y qué pone?
–No sé, no he podido alcanzarla, es que él es tan alto… y se cree que todos los demás lo somos …, algo de Dios… creo…

___________

© Marta Sotillos (febrero, 2007)
Curso El Autor y su Obra.
Tema 8: Flannery O’Connor, la gracia de lo monstruoso.

“Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.”
Mary Flannery O’Connor (1925-1964)

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