La Coctelera

Relato 34. Quien busca nada

“Cuando buscas algo que tienes indicios de lo que no es, pero que no sabes exactamente lo que es, es difícil encontrarlo, porque revuelves baúles y cajones y sacas fuera lo que sabes que no te vale, pero o te topas de cara con ese algo que se supone que buscas y lo reconoces a la primera, o la frustración e insatisfacción, a modo de polvo, pueden llegar a hacer que, cuando aparezca, si es que aparece, no lo veas, aunque lo tengas delante de tus narices o, incluso, es el propio miedo el que te ciega, porque como no sabes lo que buscas, tampoco sabes lo que te puedes encontrar. Y sigues buscando.

Cuando buscas algo y te preguntan por ello y respondes “nada”,
algo vas a encontrar. O tal vez, nada”.

Mathius Wilder

Quien busca nada

—¿Qué se supone que estás buscando?
—Nada.

La mujer, que venía cargada de bolsas del mercado —bolsas blancas enormes, abultadas de frutas y carne envuelta en papel parafinado, las alargadas hojas de acelgas y tallos de nabos sobresaliendo verdes por las comisuras del plástico, las manos enrojecidas por el peso y el frío de aquel día nublado, como tantos otros días nublados—, se quedó parada. Bajo el umbral de la puerta de la salita. Abrigo tosco de paño, aquella prenda que tanto odiaba él porque ya era parte de sus vidas, de sus tediosas vidas de color caldero insulso claro. Y ese olor que desprendía, entre jabón lagarto y colonia de toda la vida, de bote familiar amarillento. Qué asco, pensó él.

—¿Cómo que no buscas nada?
—No busco na, nada.
—¿Y quién busca nada acaso?
—Yo.
—Deme, por favor…
—¿Qué?
—¿Tú has visto el batiburrillo que tienes montado para nada?
—¿Y… y…?
—Nada.
—¿Le molesta a acaso a a la señora?
—Pues sí. Bastante.
—¿Po Por?
—Porque yo soy la que luego tiene que ordenarlo todo.
—Esta vez no no. Tran.. qui…quila.
—¡Ah! ¿y por qué esta vez no?
—Porque que no vas a a tener que que hacer na nada.
—¿Has bebido?
—No no.
—¿No?
—Nada.
—No me lo creo. ¿Y ese vaso vacío?
—A agua.
—Pues si no estás borracho, ¿entonces…?
—¿Qqq… qué?
—¿… se puede saber qué coño te pasa?
—No no me pasa ningún coño. ¡Y y no digas coño! ¡No no seas tan vulgar, mu mujer! —y entonces él se acuerda de un “coño” y también recuerda con una sonrisa interna que, ahí, ese “coño” no le pareció nada, pero nada, vulgar:

—¿Qué haces?
—Nada. Sentada.
—Baila para mí.
—Luego.
—No, ¡ahora!
—No, ahora vamos a jugar.
—¿A qué cosa?
—Dime algo prohibido, amor, ¡dímelo!
—¿Y eso?
—Nada...
—Te noto caliente esta tarde, niña.
—Sí, lo estoy. Y no me llames niña.
—Quince años más que tú.
—Ya serán veinte.
—¿Y qué más da eso?
—Es verdad.
—Lo nuestro es amor
—Sí.
—Amor del puro.
—Sí.
—¿Me quieres?
—Te necesito.
—¿Sólo “necesidad”, sol?
—Y te deseo. ¿Y tú, me quieres?
—No. Sólo quiero sexo contigo. Tú me excitas.
—Sexo…
—Sí. Por aquí.
—Sólo si me amas.
—Claro que te amo, tonta.
—No soy tonta.
—Eres mía.
—Bueno, dilo.
—¿El qué?
—¡Coño, Miguel!
—Sí, coño, niña. Eso. Tu coño. Lo muerdo.

Es verdad. Ahí, ese “coño” no le pareció nada, pero nada, vulgar.

—¡A mí no me llames vulgar!
—Lo e eres y pu punto.
—Y tú eres un viejo borracho y amargado.
—Ve vete de de aquí, a anda, a a fre fregar, so so loca.
—¡Y apaga ese bicho!
—¿Qué qué bicho?
—El que te ha picado. ¡Esa maldita computadora!
—Or…ordenador.
—Ordenador si lo usaras para ordenar, digo yo...
—Lo lo uso pa para lo que qui… quiero.
—¿Y para qué quieres?
—Pa para nada.
—Ya. Nada.

Pero para Demetrio ese nada lo era todo, porque nada era algo así como…

—Muérdelo, sí, amor. Fuerte.
—Te beso entera, lo chupo, te pellizco, te como… ¿así? ¿Te gusta así? ¿Sigo?
—Uy, cielo, te noto muy suelto.
—Lo soy. Lo estoy.
—¿No estarás borracho?
—Yo no bebo, niña tonta.
—Uhmmm, Miguel, eres mi hombre…
—Y tú mi mujer, sol.
—¿Sabes una cosa, gordo mío?
—No ¿qué?
—Creo que te quiero.
—Yo te adoro. Te amo.
—Sigue, sigue… un poco más.

Y ese poco más era mucho más y él seguía y ella seguía. Seguían. Sin trabas, ni horas, horas y horas. Cinco horas estuvieron un día. Haciendo el amor. Por ahí.

Él, Demetrio —Miguel, para ella, su niña, ¿cómo decirle la verdad? ¿cómo decirle que se llamaba Demetrio? Ella se hubiera espantado y hubiera huido. Una gacela huyendo de un viejo. Ella, una señorita de la capital, ¡y bailarina!. Le dijo “Miguel” y se quitó cinco años— , él, un hombre casado y respetable, con fama de serio entre sus compañeros de oficina, una oficina gris, como tantas oficinas grises. Aunque a ella no se lo puso tan gris, más bien verde. Verde quirófano. Le dijo que era médico, neurólogo, que eso sonaba muy bien, y ella se había quedado encantada, ¿cómo desilusionarla a estas alturas de la relación? Una relación tan sólida como ésa. Había encontrado a la mujer de su vida, una verdadera suerte, y todo fue tan rápido…, entrar allí y empezar a chat… charlar con ella, todo fue uno. Y le había cambiado la vida. Ahora se despertaba con ánimos. Se sentía como un verdadero chaval, podía practicar sexo durante horas sin agotarse, no le preocupaba su calvicie ni su barriga, ni sus trabas, ni sus vicios, ni su enfermedad, ni si esa chaqueta de punto marrón conjuntaba con aquellos desgastados pantalones pardos, no sufría ya por su halitosis, ni por esa verruga cerca de la oreja derecha. No se tenía ni que afeitar. Y ella le besaba el cuello cada noche, se lo lamía, como una perrilla en celo, y le abrazaba, le quería, le valoraba por lo que era. Realmente por lo que él era. Aunque le hubiera enviado una foto pasada. ¿Qué más daba aquello? Pequeñeces… A ella sólo la había visto de cintura para arriba y eso bastaba. Y él, él era el mismo de siempre, el joven de entonces, y ahora iba a buscar cómo acabar con aquella bruja vestida de color ladrillo, que sólo pensaba en hacer la compra y cocinar y tener todo limpio y a punto. Y en orden. Sólo. E iba a reiniciar su vida en mayúsculas, con su Sol. Su perfecta Soledad.

—Que apagues esa mierda he dicho.
—No no es ninguna mi mierda, que lo se… se… sepas. A… aquí, la la única mi mierda e eres tú.
—Demetrio, por favor, cariño, yo te quiero.
—Ca…cállate.
—¿Dime qué te ocurre últimamente? —y Marina, su anticuada Mar, se acercaba comprensiva al que había sido el amor de su vida, su esposo y padre de sus tres hijos, ya casados, ya fuera de casa.
—Nada.
—Por favor…
—Si sin favor.
—Quiero ayudarte, Deme.
—Que que no me toques. ¡A aparta, es… estúpida!
—Deme…
—¡Ca… cállate!
—Deme, no me disgustes, me duele otra vez el pecho…
—Pu pues muuuu… muy bien, a a ver si si te mueres ya ya de una pu puta be… vez.
—Deme…
—¡As asquerosa cu cuen… tis… tista!
—Cálmate, por Dios… Ayúdame…
—¡No! Ya ya estoy harto de ti… mi mira, lo rompo to todo, adiós a a es estos mal… malditos mar… marcos y a a estos tapetes de gan… gan…chillo odiosos, y a a estas re-revistas de mama… marujas, y y a e este pu puto jarrón, to toma, con contra el espejo… Así no te veo ma… más… y y ¡de… deja de llorar a… ahí ti tirada, co co como una muuu…mugrienta!
—Me duele… Deme… Dame la ma…
—¡Que que… te te calles, he di… cho…cho!

Llueve. Un viejo permanece tieso, de pie, con un clavel rojo, como seña, en la solapa de su chaqueta oscura, ante una especie de pozo rectangular caldero casi cubierto entero de tierra arcillosa. Oye un chirrío a su lado. Levanta nervioso la mirada. Parece estar esperando algo. Bajo la manta de agua, una grúa levanta una losa y la posa de golpe sobre aquel hoyo húmedo. Y el hueco se cierra en seco. Los últimos familiares que quedan, a su lado. Posan unas flores en el mármol y le dan un último abrazo. Se alejan. Todos se alejan. Él los puede seguir. Con la mirada.

—¿Se queda usted, tío Demetrio?
—Sss…sí.
—¿Espera usted algo?
—Na… nada.

Nada. Pero todo. Pronto aparecerá su sol. Así se lo prometió. Se lo prometió. Se lo prometió. Ella. Se lo prometió. Y él la quiere y la va a esperar. Lo que sea necesario. Allí. Su bailarina. Su tesoro. La belleza hecha mujer. Y no le importa nada más. Ni él, ni que acaben de echar tierra sobre su esposa y se pudra, ni nada. Nada más. Nada.

Anochece y sigue lloviendo. El viejo está calado, marchito, como meado por la vida, tiembla hasta los extremos de todo su cuerpo. Le tirita hasta la saliva blanca del borde de sus labios. Hasta eso, sus babas, son un tembleque. Pasea con paseo corto y vuelta atrás, de nervios. De pronto, oye un crujir continuo, acompasado, entre mustio y metálico. Se gira, mira y ve algo brillar. Bajo la luz de aquel farol, entre los árboles, algo se aproxima. Por todo el barrizal. Una carretilla sobre las hojas secas y empapadas. ¿Será su sol, por fin? No, no. Mierda. Es… es… una inválida, porque le cuelga una especie de vestido, en una silla de ruedas. ¡Qué… qué coño hará esa loca por ahí a esas horas! ¿No se le atascará la puta silla sobre tanto charco? Parece que no. Se le acerca. ¡Qué horror! ¡Anda que no tarda en llegar! ¡Lleva media hora casi llegando! Qué paciencia, los que vivan con ella… La pobre, que se esfuerza como una bestia al arrastrarse, es una auténtica tullida, aunque no es fea de cara. No se le distinguen las tetas. Un busto medio cubierto y rodante. Ahora la puede descubrir mejor bajo los claros de unas tres farolas más acá ¿Habrá sufrido algún accidente? De cintura para abajo, todo son faldas enmarcadas por dos grandes ruedas dobles, pero esmirriadas de finas. Le espanta esa imagen. Ortopédica. Entre mesa camilla y mesa de operaciones, que se desplaza y con qué dificultad, y encima esos faldones... que, claro está, esconderán algo inmóvil. Inerte. Ahí debajo debe de oler a muerto —piensa—. Qué fastidio de mujer. Y qué cojones querrá… Espero que no sea que la ayude y la empuje…

—Buenas noches, señor —le saluda ella. Su voz es joven. Educada.
—Nas no… noches —gruñe él.
—¿Cómo se llama usted? —le dice clavando los ojos en él. El único tono intenso de la noche.
—De… Demetrio ¿qué pasa? —le responde rápido, con desdén, desde su posición erguida superior.
—Yo soy María de la…
—¡A a mí no no me importa un co…comino quién se…sea u usted! —la interrumpe.
—Se está usted mojando, buen hombre. Debe de estar helado. Le castañetea hasta la voz.

Él no la contesta.

—¿Espera usted a alguien? —le pregunta ella sin perder su compostura.
—A a usted, de…desde luego, no. Va… váyase y déje…jeme en en paz.
—Pero yo…
—¡Le le he dicho que que me me deje! ¿Buuu…busca u usted a algo?

Ella le observa de abajo a arriba. Ella no le contesta.

—Le le he di…di…dicho que si si ¿buuu…busca u usted a algo?—le grita furioso.
—Nada.
—¿Buuu… busca na… nada?
—Sí, nada.
—¿Qui quién buuu… busca na… nada a a a… caso?
—Yo.
—E… e…es usted u u una ab…surda… —le vuelve a chillar—. A a a…parte de de tu…tu…tullida, a…ab…absurda —añade lo suficientemente alto para el poco ruido que pueden hacer las gotas de agua en un llover tan continuo.
—Yo… yo… yo creí que usted era Mi… —llora ella, mientras aplasta en su puño algo que no enseña.
—Su…su… ¿qué? —se burla él—. Su…su… ¿qué?
—Mi… Mi… —tartamudea ella. Ella.
—La…la…largo de aquí. Yo yo soy su su… nada. Su na…da.

Los barrenderos de turno, ese amanecer, arrastrarían hacia el contenedor de basura algo —en su día, en un día anterior, sin ir más lejos— intenso, muy intenso, cuyo aplastamiento, por atropello de llanta, destacaba hundido entre el cielo y el cieno y la hojarasca, mientras algo muy similar se marchitaba junto a la asquerosa boca de un viejo, sobre un tapete de ganchillo. Asqueroso no por viejo, sino por asqueroso.

________

© Marta Sotillos (enero, 2007)
Curso El Autor y su Obra.
Tema 7: Hemingway

Escribe un comentario