La Coctelera

Relato 32. El mal de Matilda Hörn

“El único medio de conservar el hombre su libertad
es estar siempre dispuesto a morir por ella.”

Edgar Allan Poe (1809-1849)

Hoy me ha corroborado un, lo sé, último informe oftalmológico, con un fuerte y sobrado golpe de matasellos alemán, que mi ceguera es del todo inevitable. Me rindo ante la espectral y lúcida evidencia y me doy pena. Quizá me queden aún varios meses de vislumbrar difusas y aterciopeladas sombras —que es lo que llevo apreciando, con no poco desprecio, ya desde hace un tiempo, en silencio, y por orgullo—, pero la insondable oscuridad, la más turbadora de todas, la más lúgubre de las lúgubres, se cernirá sobre mí, sin remedio, y a no mucho tardar, envasándome al vacío en una caja negra, blindada de desolación. Y lo siento, de verdad que lo siento. Y un más que profundo desconsuelo ahoga ahora mi garganta en forma de grueso bolo alimenticio no digerido, acompañado por la melodía de fondo de estremecedores tambores afinados por severos acordes de retortijones de tripas, a modo de horrendo ritual salvaje de iniciación y muerte. En mi vientre. Y sólo me queda cubrirme el rostro con éstas, ya manos decrépitas, gélidas y sudorosas, y llorar. Llorar temblando… Y morir.

No es miedo lo que me angustia, no, no es eso. Es rabia, impotencia, es mi genio de los deseos no cumplidos, que estalla, atónito, por no poder volver atrás, por el tiempo derramado en goterones de grasienta ambición, por la libertad perdida, “tarde, tarde te despiertas y encuentras sólo flores muertas…” —y ese antiguo poema de cándida y nostálgica adolescencia se revuelve de nuevo contra mí y se yergue palpitante en mis sienes, y se ríe, se ríe, mientras me apunta directo al pecho, con su índice erecto, con carcajadas que me apuñalan, asesinas arrogantes, gritando “¿por qué no le hiciste caso a él?, a él, que dio su corazón por ti”—, y yo… yo es que no lo supe ver… “¡Eso no es cierto, estúpida! —prosiguen—. ¡No mientas!. No quisiste verlo. Era más cómodo así ¿verdad?, tal y como actuaste. No estabas dispuesta a morir en el intento de una fantasía, de un sueño, según tú, “malpagado”, y te dejaste arrastrar, ¡rastrera!, ¡cobarde!, te dejaste llevar… sí… llevar…—. Llevar… llevar…, en un redoble tras otro de tamtam… Y llevo ciega desde hace mucho tiempo. No sé por qué me sobrecoge tanto que unos mortales galenos germanos ahora me lo ratifiquen. Ciega. Sí. Ciega por el simple hecho de haberme cegado, ¿y sabéis por qué? Por mero prestigio, puto dinero, orgullo y fama, por un nombre: Matilda Hörn. “Como me llamo Matilda Hörn”… Un nombre posado inmóvil e inerte en portada, tipo Times, con todo su poderío y sus picos salientes de pura prepotencia. En cientos de portadas clonadas, rellenas de hojas, cubiertas de escritos, formados por letras, agrupadas en reuniones de palabras y convenciones de frases, que, en realidad, no eran míos, porque nunca lo fueron, porque no era mi yo quien los paría, era mi sed de gustar, de enamorar, de vender… Engatusar se llama eso. A cualquier precio. Y, al final —ja, ja, ja… me río porque me sale de las… entrañas—, el precio fui yo. Yo, mierda, ¡yo!. A mi integridad, mis sensaciones, mis sentimientos, a mi personalidad, a todas mis convicciones, los atrapé por los pelos, los maltraté, los tiré contra el piso, aunque no llegara a pisotearlos y, después, los líe en un hatillo, cubierto por una preciosa seda brocada a base de millefleurs, adormideras y orquídeas, rosas, mil verdes y malvas, abrazado en cruz por una cinta de flaco favor raso morado, para exhalarme a mí misma, con ese nostálgico aroma a belleza perdida, que desprendía semejante envoltorio, “En cualquier caso, Millefleurs”, como uno de mis más bellos poemas sepultados, y despreocuparme, absorta en la imagen de esa preciosa mortaja, para pasar a enterrarlos en vida, lapidados bajo la fría losa de la codicia y del voraz ansia de ser alguien. “¡Si ya eras alguien!” —salta ahora, de nuevo, su voz en mi vacío… Darío…—. No, no era nadie. “Eras tú. ¿Acaso eso te parecía poco?”. Sí, caballero misterioso, hombre bello, eso me pareció entonces bien poco. Bien poco, amor.

Lloro. Siento nauseas. Vomito en la alfombra. Y éste es mi vómito. Escucharme, os lo ruego, es lo único que me queda, un último grito, un intentar defender lo indefendible. Deseo contároslo. Atenderme, os lo imploro.

Veréis, esto no sé si lo soñé o fue real. Es lo mismo. No cambia la fatídica esencia, y ello seguirá siendo un insondable misterio hasta para mí, de por vida, de por muerte. Pero necesito desahogarme, sacar lo que llevo dentro, lo que me carcome, me roe y corroe, desde hace años… ¡años…! desde hace… exactamente… sesenta y tres años. Ahora tengo setenta y ocho… calcular. Bueno, lo haré yo. Os evito la resta, que no pretendo, a base de frías matemáticas, que os alejéis ni un momento de la ardiente sustancia de mi pesar. Quince. Quince años, resulta que contaba… Retrocedamos, pues. Quince, catorce…

Trece. Yo, Matilda Hörn, a los trece años comencé a escribir. Comencé a escribir poemas. Era una poeta, porque hacía poemas. Sólo poemas. Ésos, sí, esos poemas que ahora me plantan cara, altivos y resentidos, en un reproche agónico que me cose a preguntas cuyas respuestas suponen cortar de raíz los pespuntes que han atado casi toda mi vida, durante mucho tiempo, en un dobladillo de mentiras y reincidentes pasadas de plancha, hasta hacer desaparecer el color original del tejido y dejar una marca inmóvil y difícil de borrar, cuya mugre y polvo en sus más internos rincones, resulta de índole recóndita e indescifrable. Altivos son mis poemas, pero antes no lo fueron. Nacieron inocentes y humildes. Y muy sentidos, eso sí, e intensos, pero bien sencillos también. De la mano de ellos, no sólo yo me di cuenta de que algo tempestuoso dentro de mí pujaba por salir con vigor, una sensibilidad hecha palabras para crear lo increíble, para expresar la belleza y la tristeza, la soledad, la desolación, la ternura, la nostalgia, lo espiritual, sueños, fantasías, mentiras y verdades, sensaciones hasta el éxtasis, todo comparable al más bajo o el más elevado de los orgasmos… Hoy, con perspectiva, y a través de mis no tan escasas experiencias sexuales —tanto con hombres como con cientos de ideas—, nunca he conseguido saber si el estado orgásmico, de placer y regocijo totales, es cóncavo o convexo, un relieve o, tal vez, bajorrelieve, alto o bajo, profundo, penetrante, o alado y volador… El caso es que yo, a esa edad tan temprana, ya experimenté lo que era un orgasmo, al observar, al escribir y describir y volver a observar y pararme y mirar, y eso, mi desvirgue espiritual con la poesía, os juro que lo viví como algo físico, tal y como una novia se estremece, temblando, en una mezcla de celo y recelo, temor y placer, en su noche de bodas, y da un respingo de dolor —gozoso dolor—, cuando su amado la penetra fogoso, encendido, como un volcán en plena erupción, cuya lava fuera como es la lava, ardiente y densa, pero ésta, además, encima, la esencia de la vida. Y esto, como os digo, fue algo bien complicado de ocultar en mis escritos y desencadenó en mí una voluptuosidad suprema que cantaba aguda, soprano, sin yo darme, en principio, ni cuenta. Así es que, mis textos pronto se irguieron en un hechizo casi sexual, para cualquier persona sensible que los alcanzara, una vitalidad más propia de la sangre bombeando alguna vagina o pene, que de la tinta manchando de símbolos legibles concatenados—en una palabra: “palabras”—, sobre un gozoso lecho de papel.

Mi sala de operaciones, mi taller de escritura, por aquel entonces, era un pequeño aseo de invitados, en la planta baja de la casa donde vivía con mi familia, cerca de la entrada —o la salida, según se mire—, que no se utilizaba por ser demasiado angosto, —cualquier dama que se agachara a orinar, apenas sí podía cerrar la estrecha portezuela de dintel, en extremo, bajo; los caballeros, así mismo, eran golpeados por dicha puerta, a sus espaldas y nalgas, al ir a efectuar idéntica función fisiológica descrita, en pie. Otros desempeños de orden mayor, eran del todo impensables, porque el personaje principal de aquel acotado escenario era un vetusto retrete, de porcelana blanca desconchada, que tendía a no tragar demasiado con el exceso de detritus—, por otra parte, aquel cuchitril sufría de pronunciado abuhardillamiento, ya que estaba alojado bajo el hueco de la gran escalera de acceso a las estancias, y eso, tanto mi madre, como mi abuela, ambas fieles temerosas de la diosa superstición, no podían superarlo. Con lo cual —y dado la algarabía constante en nuestro hogar, debido a los juegos y correrías de mis torbellinos hermanos menores—, yo decidí que la mejor manera de aislarme del mundo para crear y recrear mi otro propio mundo, sería encerrándome allí, en ese cubículo, alicatado hasta el techo.

Así, del retrete a la cocina —a comer algo, poco, que mi humanidad se alimentaba más de lectura que de viandas—, y de la cocina al instituto y de éste al retrete y, después, a la cama —que ya era muy tarde y mañana había que madrugar—, y vuelta a la casilla de salida, transcurrieron unos dos años, en los que mi pasión por la escritura, mi querida poesía, fue creciendo en proporción geométrica a mi estatura y edad y, presentándome a concursos y a certámenes y, con frecuencia, ganándolos, fui también ganándome la admiración de los que me rodeaban y de los que, en breve, me rodearían, como un espécimen extraño de niña prodigio en el mundo de la literatura. Mi primera obra recopilatoria de poemas, “Martha mira alrededor”, fue publicada casi al tiempo de que apareciera mi primera menstruación. Y entre manuscritos, sudor —que recuerdo que ese cuartucho fue aquel verano diabólicamente caliente, de temperatura infernal— susto y sangre, mi poemario salió a la calle, no solo, sino acompañado de un éxito tal, que hasta me hicieron una entrevista en la radio y el principal diario de la ciudad. Matilda Hörn empezaba a despuntar, pero mi niña interna era demasiado insegura para sobrevivir ante semejante avalancha de palmadas y sonrisas, de éxito, con lo que, a los pocos meses, ella, mi pequeña, empezó a enfermar de prepotencia y cierta ansiedad creativa, que le llevaba a oír constantemente dentro de sí misma una voz que le aconsejaba qué era mejor y qué peor para su futuro, una voz masculina, pero muy muy dulce, que le trataba con la ternura y firmeza que se trata a una hija, y esa hija…, yo, Matilda Hörn, orgullosa y crecida, empezó a contestar a su voz amiga íntima —no voz padre, no, que a un padre se le respeta; tal vez más, voz casi compañera—, de muy malos modos, hasta el punto de que sus discusiones eran, a veces, brutales, y llegaban a amenazarse la una a la otra, con no volverse a hablar o, incluso, abandonarse. Dichas peleas surgían, sobre todo, cuando yo, mi voz propia, no aceptaba el romanticismo de él, mi voz concienzuda. Ella, él, Darío, que así dijo llamarse, Darío Means, era un soñador, sin los pies en la tierra —es que era etéreo, claro, deduje; nunca me permitía verle, a pesar de mi curiosidad y mis constantes súplicas o exigencias, según como me pillara—, y él, como digo, no entendía que yo hubiera accedido a una propuesta de contrato cerrado por parte del editor más famoso de la ciudad, tras haber yo ganado —como digo, a mis quince años— su prestigioso premio literario anual con mi primera novela. Mr. Travis Americium, dueño de la gigantesca editorial Americium & Sons, auténtica máquina de generar best-sellers, se quedó fascinado con mi estilo y mi mente, y me propuso ser mi padrino en este —ya estaba yo empezando a descubrir— mafioso mundo de las letras.
—¡Travis es un traidor! —me advertía Darío, casi a diario—. Publica con Virgilio, mejor.
—¿Y a ti, qué coño te importa lo que sea Travis?
—Me importas tú, Matilda. Tú. ¿Lo entiendes?
—No, no lo entiendo. Muéstrate, a ver si me gustas, quizá me case contigo algún día. Voy a ser una mujer muy poderosa y muy rica ¿lo sabías?
—No quiero tu riqueza material. Lo que quiero es que no te vendas a ese farsante y no pierdas tu riqueza creativa, ni tu potencial de espíritu.
—¿Es acaso venderse el aceptar el reto de Travis, de que cada año saque una novela con el tema y las pautas que él me marque?
—Sí, exactamente. Tú lo has dicho. Eso es venderse. Tú eres poeta, no novelista. Y lo sabes. Lo que verdaderamente te llena es la poesía. Es tu campo, Matilda. No lo abandones. Eres la mejor poetisa de este mundo. Como vulgar “cuentista”, bien también, pero sabes que eso lo haces sólo por dinero. No te gusta la narrativa. Nunca te ha gustado. Estás tirando a la basura tu sangre verdadera, como ahora, observa el paralelismo, cuando te cambias de compresa, rebosante de ti, y la rasgas y la echas por el inodoro, y tiras de la cadena y una corriente se la lleva a no sé dónde…
—Mi sangre es la escritura.
—Tu verdadera sangre, la más fresca, la más apta para tu creación, es la poesía. Y Virgilio te puede ayudar. Ella te hará una mujer plena y realmente feliz. Porque la sientes, porque la vives.
—De acuerdo ¿y qué? No pienso morir por ella. ¡Es que me niego a dar mi vida por ella!. Por la maldita poesía no pagan ni un penique. Editorial Virgilio es una bucólica bazofia. Así es que escribiré otras cosas, menos miserables.
—Por ejemplo, ¿qué?, ¿novela rosa o sensacionalista para vender, vender y vender y nada más que traficar? ¿con literatura barata?. ¿Es eso lo que quieres?. ¿Y desperdiciar tu prodigioso talento, Matilda Hörn?. Sabes que puedes crear época con tu poesía. Sabes que serás estudiada como precursora de una nueva forma de sentir y plasmarlo. Tu ritmo, tu método, el efecto que creas en el lector, tu sensibilidad sin límites, la belleza que generas… Matilda, por favor…
—Sí, la belleza…

Y así fue que en nuestra última discusión, le dijera:
—¿Y a mí qué narices me importa “la belleza” de la que hablas, misterioso y vagabundo ser? Lo que me importa es la fama. Soy famosa y tú no. Si lo que tienes es envidia, muérete. ¡Muérete de envidia!
—No me daré por vencido hasta no hacerte ver que esto no son amenazadoras fantasías concebidas por una delirante voz interna, hasta no hacerte temer a los terribles espectros que yo presiento sobre ti, sobre tu destino, sobre tu cabeza, como aves de rapiña, acechándote, y sé que no pararán hasta arrancarte la piel y el alma, si bajas la guardia, mi indefensa y deliciosa Matilda —y a mí el corazón, por ello—, y te perseguirán y tú no podrás defenderte y sufrirás espantosas torturas, porque son unas poderosas bestias que adquieren diferentes formas, se transforman, y se van a hinchar ante ti, como colosales burbujas de jabón, pompas fúnebres que te fagocitarán, no sin antes, cegarte con su ciclópea, irisada y brillante corpulencia y después de darte la mano —para anular tu naturaleza, bloquear tu expresión—, besarán tu boca, como si eso fuera amor, amor mío, y absorberán diabólicos tu lengua y tu saliva y tu sangre, hasta tus entrañas, en un abrazo de infinito dolor. Te romperán del todo, mi querida niña, hazme caso, ya te están “prerrompiendo”, corrompiendo. No es envidia lo que tus palabras me hacen sentir, no, Matilda Hörn. Es tristeza. Una honda sombra de tristeza. Eso. Nada más.
—Pues muérete de tristeza entonces… y deja mi vida en paz, demente locura.
—De acuerdo, me moriré de tristeza, si es lo que deseas, y no volveremos a hablar, pero…
—¡Cállate!. ¡Te he dicho que para mí ya no existes! —grité, al tiempo que yo terminaba de envolver un pequeño pero grueso paquete, bellísimo, a modo de regalo—, ¡y punto! —rematé, con doble nudo, apretando fuerte la cinta que lo adornaba.

En unos meses ya no volví a saber más de Darío, mi voz privada, privada de voz.

Una noche que había salido por la ciudad a dar un paseo con mis amigas, pudimos ver, a lo lejos, un buen corro de gente, arremolinada y cuchicheando, alrededor de un hombre, un hombre que yacía en el empedrado de la cuneta, pegado al bordillo —rayado en blanco y rojo, de precaución— que daba acceso al puente chino —así lo llamábamos, por su forma curva, en arco de medio punto— que cruzaba las vías del tren. Nos acercamos y abrimos paso entre la improvisada reunión de perplejos e inoperantes observadores. Estaba muy oscuro y apenas se distinguían sus facciones. Estaba tumbado, caído de lado, en postura fetal. Por su constitución, me pareció un hombre joven. Vestía un abrigo gris de espiguilla, pantalones grises y sobrero de fieltro gris. Extraños escarpines negros, escruté, como de otra época, con lengüeta muy prominente, que pareciera pudieran conferir a esos zapatos la cualidad de hablar o, tal vez, de volar. Se mostraba algo magullado, por su forma de quejarse, pero no gritaba ni lloraba, así es que no le dolería demasiado. Intrigada, me acerqué más. Alguien le apuntó con una linterna a los ojos y él se giró, alzando su mirada, de un color verde inexistente, hacia la luz, hasta una forma de relucir ellos, aquellos ojos, cegadora. La que me deslumbré fui yo. Un escalofrío de algo indescriptible —¡indescriptible para mí, la diosa de las palabras!— me turbó. Ahora aquel hombre, de una belleza difícil de cifrar, me miraba fijamente. Le intenté dar la mano para ayudarlo a incorporarse un poco mejor. Me rechazó con suavidad. Tenía cerrado su puño derecho, que apretaba con fuerza, y pude ver cómo un hilillo de sangre chorreaba entre sus dedos. Con la otra mano se tocaba las sienes, abarcando ambas en pinza, con pulgar en un extremo e índice y corazón en otro, entornando los ojos y bajando la cabeza a un tiempo, en gesto de crujiente dolor. Apenas oí un gemido.

Una apremiante mujer, baja, congestionada y regordeta, lo empujaba, como llevándoselo a la fuerza, a una clínica cercana, gritó. “Este hombre ha sido atropellado por un carro” —la primicia la tenía ella, sólo ella—, “que yo lo he visto”.
Eso de no ser yo la protagonista ni la antagonista en este acto, me sacó de quicio.
—¿Un carro? ¿Qué carro, señora?, ¡aquí no hay carros! ¿Qué se cree usted, que estamos en pleno siglo XIX?— contesté yo, con ese tono de soberbia ya habitual en mí, mientras arrancaba al caballero misterioso, de mirada de ángel, de aquellos brazos rollizos y severos, como de panadera de barrio, afirmando, yo, orgullosa, que mi padre era médico y que vivíamos muy cerca —“en esta zona tan privilegiada”, me faltó decir, “no como usted, ser inferior e histérico”—, vamos, sólo a una calle de allí.

Cuando llegamos a casa, mi familia se alarmó en exceso, creyendo que se trataba de borrachos, porque vieron, desde el balcón de arriba, dos sombras que aporreaban la puerta con resoluta urgencia, sin ningún tipo de consideración, a pesar de que era media noche cerrada y seguro que los sorprenderíamos dormidos. Al grito de “papá, abre, corre, que soy yo, Matilda”, mi padre y mi madre saltaron de la cama y bajaron los peldaños de dos en dos, casi descalabrándose, temiendo lo peor y haciéndonos entrar raudos a su refugio. Íbamos, solos, yo —como siempre, la primera— y aquel hombre, que aún no había dicho palabra alguna —“quizá sea extranjero, un indigente en un mundo extraño y torturado…, que sufra mucho…”, pensé, “buena inspiración para una de mis “historiuchas”; esos personajes tan lamentables, siempre dan lástima y lo de los males ajenos, vende bien; sí, merece la pena, se lo comentaré a Travis” —; mis dos amigas, dijeron que ya que parecía ser leve el caso, ellas sólo molestarían, y que se retirarían a dormir. Perfecto. Mientras la casa, encendida de asombro y de ver qué es lo que estaba ocurriendo, nos recibía tibia, trasnochada y con desconcierto —sin orquestas, “vamos, hija mía, tranquilízate, cuéntame, al grano”—, le narré a mi padre todo en dos palabras, lo poco que sabía. Mi padre lo observó rápido, los ojos, forzándole el párpado inferior y, después, el superior; y, mientras mi madre le bajaba ya su botiquín de visitas domiciliarias y, de esa vetusta maleta negra, su yo facultativo extraía el fonendoscopio, el aparato de tomar la tensión arterial, un palo para observar la garganta, los dientes y demás utillaje, aquel misterioso ser habló por vez primera, diciendo grave:
—Tengo una urgencia, si me disculpan…
—Esa voz… esa voz… —pensé yo, frunciendo el ceño, intentando recordar. Y ahí lo supe. Fue que lo supe.
Mi madre, de un fugaz y avergonzado reojo a su bragueta, lo entendió a la primera, y ya le iba a indicar el ruin aseo de entrada, cuando él, como si conociera la estancia al dedillo, de alto que era, ya se agachaba para entrar, sin ser golpeado por el exiguo marco de acceso a mi paradisíaco taller de escritura .

Al dedillo... entonces observé, de nuevo, su ensangrentado puño cerrado, pero él me miró muy fijo y, no sé por qué, yo no dije nada. Darío… Él era Darío. Era su voz, mi voz interna. Darío Means. ¿Qué significaba su presencia allí?

Cuando salió, al cabo de unos minutos, se le notaba aliviado. Se había peinado, con sus manos, supongo, porque ahí dentro —él ya lo sabía de sobra—, había lápices y plumas, no peines. Lucía muy pálido, era espigado, de andar elegante y aspecto débil pero fuerte presencia, aunque, lo más destacable era su belleza extraordinaria. Era como un ángel. No podía retirar mi mirada de él. Ni él de mí. Una fuerza extraña, por debajo de la mesa, repleta de material sanitario, y las sillas, que nos separaban, nos lo impedía, como un enamoramiento, un… una especie de… otra vez sin palabras. Me volví a fijar en su mano derecha. La tenía abierta, limpia, se había lavado la sangre, y, a pesar de que algo blanco le cubría parte… le… ¡le faltaba un dedo! Le faltaba el dedo corazón. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo lo había perdido? ¿Dónde estaba su corazón? Mi padre también se dio cuenta, sobre todo porque, una intensa hemorragia delatora ya teñía de rojo agudo el pañuelo que él se había puesto a modo de tapadera que, en esa zona en “uve”, le era complicado hacer de torniquete.

Mi padre se abalanzó hacia él, a ver de qué sufría. Darío se tambaleó y retrocedió hacia la escalera, a trompazos, agarrándose a la barandilla, mientras se llevaba otra vez la mano libre de sangre a la cabeza. Y ahí se desplomó, ahí, ante nuestras miradas atónitas e impotentes, golpeándose con el primer peldaño —o el último, según se mire—, y muriendo en el acto. Mis padres no daban crédito al suceso, pero, al fin y al cabo no pasaba de ser algo insólito y nada más, que más tarde narrarían a la policía y más tarde aún a vecinos y conocidos y familiares y más vecinos y más conocidos... y más familiares. En cambio para mí, fue un golpe brutal, que me dejó en el sitio, bloqueada de terror y de tristeza. “Darío, mi Darío… perdóname, por cómo te hablé, por lo mal que te traté… ¡con lo bello que eras!” —me dije, implorando, melodramática. Pero Darío, mi voz interna, ya estaba muerta y no me podía oír, ni yo a ella. Se acabó. Fin.

No, fin no, aún no… esperar...

De pronto, caí en la cuenta de algo escalofriante: ¿Dónde estaría ese dedo? Corrí a mi estudio, abrí la tapa de la taza del retrete y… no. Ahí no flotaba. Ahí no había ni… Sí, sí, ¡había un rastro!: gotas de sangre dibujaban un sendero, claramente dirigido a…

Las limpié con un folio de una de mis novelas en potencia, que estaba en pila encima de una estantería, sobre el lavabo. Mi vejiga estallaba de nervios. Oriné y tiré de la cadena. La cisterna se descargó de fuerte y cristalina agua arrolladora, que me dio qué pensar… ¿A dónde iría lo que se tiraba por el inodoro?. Sabía, por las frecuentes visitas del señor fontanero —el doctor de la casa, que era ya vieja y requería, muy a menudo, de sus cuidados, porque le fallaban las sondas y había que reponerlas—, sabía que, a través de las plomizas tuberías, que él llamaba “bajantes” —sería porque bajaban—, los deshechos iban a parar a una arqueta, como una caja, coronada de telarañas, que estaba en el sótano. La había visto abrir varias veces, de rodillas en el suelo helador, a oscuras, con linternas, a modo de profanación de tumba—cuando a mamá se le cayó ese anillo de oro con zafiros, tan valioso, herencia de la abuela, al water y lo buscaron, aunque nunca fue encontrado, allí—, una caja de hedor insoportable; y también sabía que ese cofre estaba comunicado por unas cañerías con la fosa séptica, una especie de piscina de porquería, filtradora de líquidos varios, enterrada en el jardín, cerca del huerto, un poco alejada de la casa, para que no oliera, que eso sí que era espantoso, cuando aparecía ese cacharro de camión para, por medio de un tubo, chupar todo el denso detritus nuestro, de toda la familia, acumulado ahí, como un legado. “The excrement of the Hörn Family in Detritus Form”, pensé sonriente.

Salí del cuarto. Ése no era el mejor momento para investigar arquetas ni fosas, ni sépticas, ni no sépticas. El misterio del corazón de Darío tendría que esperar. Ahí estaba la policía, dos gendarmes, y un médico forense, hablando de colega a colega con mi progenitor, todos pavoneándose, todos haciendo conjeturas, mientras otros dos enfermeros se preparaban para envolver con una sábana a Darío muerto y, probablemente, se lo llevarían en ese camastro de gimientes ruedecillas, suponía yo que a realizarle la autopsia, al haber fallecido en circunstancias extrañas, a rajar de arriba abajo lo que quedaba de mi voz interna.

Me paré a escuchar. El hombre misterioso parece que iba indocumentado. No sabían qué pudo ocurrir con el dedo que le faltaba. Pareciera que él mismo se lo había cortado, ya que encontraron en un bolsillo de su abrigo, una navaja de peligroso filo, manchada de sangre. Analizaron rápido. La misma sangre. Sí. Caso resuelto.
—Como ese “van no sé qué”, que se cortó su propia oreja, pero en versión dedo —dijo un viejo desgarbado, que parecía el inspector.
—Sí —contestó una vaga voz absurda, que me pareció su pelele.
—Sería un loco vagabundo…
—Sería…
—¡Pobre diablo!
—Pobre.

Y yo… yo, Matilda Hörn, la zorra astuta, permanecí callada. Impasible, muda, observando irónica a esos espectros de hombres. Y, por primera vez en mi vida, sentí que no sabía si sentía. Algo. Nada. Frío. Asco. Pero, para ser sinceros, tampoco me importaba gran cosa, la verdad. ¡Que se fueran todos a la mierda! A mis, aún y sólo, quince años, ésa era yo. Ma… tilda… ¡Ma… dre mía!… Ma… gistral… Má…rmol… Ma…ravillosa…

Jugué con las palabras. Con Darío ahí muerto, en el suelo. Y, mirándole desde arriba, jugué.
El dedo lo encontraría al día siguiente en la arqueta del sótano pero la imagen que presencié fue tan surrealista y de tan sublime alcance horrenda que aún no sé si lo vi o, como han afirmado mis psiquiatras durante toda la vida, quizá lo soñara.

Permitirme que os describa, en breves palabras, la estampa.

Esperé a que todos se fueran y me dejaran sola. Esa noche daban un recital, un concierto de violín, en una capilla algo alejada del centro de la ciudad, con lo cual, salieron todos pronto en un taxi, para conseguir buenos asientos. Mi madre quería que asistieran los pequeños para inculcarles el delicioso arte de la música. Mi padre se reuniría allá con ellos, tras una de sus visitas de rigor.

Cuando supe a ciencia cierta que la casa estaba vacía, me dirigí hacia el profundo sótano. Bajé, sigilosamente, los desnudos peldaños de piedra mohosa. La humedad y el asfixiante calor de las calderas, allí ubicadas, eran un caldo de cultivo excelente para todo tipo de hongos y malestares. Sentía desasosiego, más que temor. Una extraña corriente de aire me estremeció —quizá hubiera algún ventanuco mal cerrado o roto—. En mi búsqueda de la arqueta, a tientas, tropecé con varios objetos abandonados: un cochecito de bebés, de alta capota y grandes ruedas, amarillento y oxidado, que se quejó chirriante al moverlo, unos cubos con pintura reseca y sus brochas clavadas dentro, a modo de estacas en pechos de vampiros, unos guantes de jardinero, que me parecieron manos negras cortadas, rollos de papel pergamino con posters antiguos, en sepia, del cuerpo humano… el del sistema muscular, a la vista, dejando entrever esa horrenda cara, como enmascarada por una careta hecha de vendajes de carne fresca, sanguinolentas hebras superpuestas, cruzadas de lado a lado, y… aparté la mirada. Así serían los demás mortales, no yo. Ya… Aquí está la arqueta. Di con ella, porque pisé su argolla metálica, no porque viera demasiado lo que había a mis pies. Mi luz era un farol, de ésos de barco, así lo podría posar y tener las manos libres. Una linterna hubiera sido un fastidio. Me agaché en cuclillas, y tiré fuerte varias veces de ella, con dificultad, y ayudada por un largo destornillador que encontré perdido por ahí, hasta despegar la tapa de hormigón de las juntas de silicona que la mantenían sellada. Aquello, la apertura, me propinó, de golpe, una violenta bofetada de un hedor tal, que me echó para atrás, cayendo sentada de culo sobre el mugriento suelo. Me levanté con repugnancia, limpiándome las manos, palma contra palma, en “equis”, a la altura de mi pecho, casi en acto de “hemos terminado”, pero en ningún caso dispuesta a rendirme. No sé por qué mi gesto me recordó a Travis Americium.

Intentando no respirar por la nariz, lentamente, abrí la tapa y acerqué más el farolillo, y lo que vislumbré fue un espectáculo más propio de Dante que de cualquier otro autor, dantesco, aunque yo, en aquel momento de mi vida, con mi arrogancia intacta, lo interpreté erróneamente como tendente a ser más un juego esperpéntico, más de un Valle-Inclán, más grotesco que pavoroso, aunque los años y mi honda tristeza se han encargado de demostrarme que no. Que Darío compuso con espeluznante maestría el hórrido bodegón de lo que sería, en un no muy lejano futuro, el resto de mi vida.

Aquel foso era la exclusa perfecta de toda apestosa suerte de heces y deshechos, a modo de denso lago de aguas fecales, sobre los que navegaban muchas y cada una de mis palabras, de las palabras inventadas por mí en mis versos de antaño, las reconocía, mis poemas, desmembrados, hundiéndose rodeados por compresas de sangre seca de mes tras mes de ausencia de fecundación, de no creación, y, en la esquina más lóbrega de ese estanque, una planta crecía verde y fresca, en contraste con la desolación parda de ese estercolero y, sobre la solitaria mata, a modo de ofrenda, un libro y un pequeño paquete. Me acerqué aún más hasta tocarlo. Era un pequeño envoltorio, de seda brocada, estampada de flores con un atadero. Mi integridad, mis sensaciones, mis sentimientos, mi personalidad, y todas mis convicciones. Lo levanté y lancé un sórdido grito: debajo, estaba posado un dedo ensangrentado, un dedo corazón, señalando claramente el titular del libro, que rezaba así: “En cualquier caso, Millefleurs. Poemario de Matilda Hörn. Editorial Virgilio”. Agarré el libro inédito y, al levantarlo, el dedo cayó, hundiéndose con calma entre los excrementos.
Y yo, mirando.
“Esto es una broma de mal gusto”, pensé, “muy propia del imbécil de Darío. ¡Le odio!” y lancé con furia el paquete junto con el tomo al interior de la arqueta, salpicándome ambos, uno tras otro, de mierda, mis ropas. También a ellos, mi supuesta recopilación de poemas vetustos y a ese atado, se los tragó gustosa aquella apestosa masa de inmundicias.
Y yo, mirando.

Con una rabia incontenible, por la estupidez de Darío Means, me disponía a emparedar, de nuevo, aquel repugnante sarcófago, cuando pude ver que un objeto brillaba entre los matojos de la rara planta. Me arrodillé y lo alcancé: era un… ¡el anillo de mamá! ¡El anillo de oro con zafiros que la descuidada de mi madre había perdido hacía años!, sin duda de un valor incalculable —me dije, haciendo números de lo que me podrían dar por él ahora, y sabiendo que, tal vez pronto, me perteneciera por derecho propio, como herencia familiar—. Lo observé satisfecha. Quizá no le dijera nada a mi madre de su aparición. Total, ella ya lo daba por perdido y para qué lo quería. No fuera que lo volviera a extraviar y yo me quedara sin él.

De pronto, pensé que eso era muy extraño, que quizá estuviera soñando, entonces me llevé la mano a los ojos, frotándomelos, como para despertarme. Ahí note un dolor agudo en los globos oculares, como de mil agujas pinchándome al tiempo, algo espantoso… metí la sortija en uno de mis bolsillos, di una patada a la tapa de la arqueta —que produjo un sonido brutal— y, agarrando el farol, salí despavorida de aquel antro de negrura, a lavarme los ojos, que pareciera que se iban a salir de sus órbitas. Por mucho que me enjuagué, una y otra vez, una y otra vez, no conseguía desprenderme de aquellas puñaladas de suplicio. El calvario era insoportable y apenas podía ver.

Cuando llegó mi padre, él me examinó y, muy angustiado por no saber cuál podía ser mi mal, me trasladó a un hospital. Allí me hicieron una primera cura y me vendaron, dándome ungüentos y fármacos que aplacaron mi padecimiento, pero, por mucho que consultamos a uno y otro médico, durante años, eminencias todos, ningún galeno había visto antes un caso semejante. Una infección provocada por un tipo de ortiga desconocida, que yo dije haber encontrado en el jardín, pero que allí no crecía, claro, era mentira, y que, más tarde, yo misma, y a escondidas, buscaría de nuevo en la fosa, confirmando mis amargas sospechas: había desaparecido, sin dejar huella alguna. Y como era un caso único, de degeneración ocular y pérdida de la vista, sin remedio conocido, incluso le dieron mi nombre a esa dolencia, y me hice famosa y sigo siendo famosa y mi nombre aparece en todos los Manuales y me estudian como algo extraordinario, sí, tal cual predijo Darío, aunque no de Literatura, sino de Medicina y Ciencia —como un raro caso de ceguera progresiva; para mí, innata—, como “El mal de Matilda Hörn”.

_______

© Marta Sotillos (octubre, 2006)
Curso El Autor y su Obra.
Tema 1: Poe y el cuento moderno.

Escribe un comentario