Desde Singapur, posteo el último relato que he escrito...
“El lenguaje humano es como una olla vieja
sobre la cual marcamos toscos ritmos
para que bailen los osos,
mientras al tiempo anhelamos producir
una música que derrita las estrellas.”
Gustave Flaubert (1821-1880)
El ácimo pain de Madeline
Entre Calais y Dover, a la cabeza de Francia, más allá de Bretaña, los pies de la Gran Bretaña, donde el agua se estrecha, para separar las lenguas, para unir los conceptos, hace no tanto tiempo, existió un puente, y ese puente fueron un buen hombre ya maduro –prematuramente viudo–, y su reciente mujer. Él, galo; ella, inglesa. Él, panadero; ella…, su princesa y su aprendiz, viviendo, gracias a una oportunidad de una y no más, en una casulla, encima del maderamen sobre dos aguas, de enlace, en medio, en medio del delirio de aquel gran amor, de la primera pasión de eso precisamente, de dos, treinta y dos años él, quince la chiquilla, a diecisiete kilómetros de la costa, veintiuna millas para ella. ¿Qué más daba aquello?
—Harina, agua y sal.
—¿Y no se te olvida algo?
—Amor, eso es todo.
—¿Pero acaso no pondremos levadura?
—¿Levain, dices? No, tesorito, no pondremos levadura. No hará falta. Yo sé hacerlo crecer solo, ya lo verás....
—Pero, yo creía…
—Lo sé, coscurro mío, sé lo que tú creías, pero aquí no es así, mi pain es ácimo, sin levaduras, rien plus, sin más, aunque, de hecho, te diré que para que la masa fermente y adquiera un buen volumen, todos los de nuestro gremio la utilizan, sí, y se le dice “levadura madre”.
—¡Ay! Sí, yo quiero ser madre, amor. Hazme madre ya, gradullón mío, ahora, vamos –y ella se le acercaba, ronrona, buscando con su cuerpo al hombre, su hombre, en pleno celo.
—¡No! Deliciosa niña, primero dediquémonos a hacer crecer esto otro –le decía él, separándola con mimo y una medio sonrisa de picardía algo cansada, hasta un momento, y abarcando casi en acto de ofrecimiento, con sus magros brazos de artesanas manos, todo aquel alrededor, consistente en una diáfana y angosta sala de dos hornos encastrados, la heredada desde sus bisabuelos, mesa de madera cubierta de mármol, para amasar y moldear, y el tibio camastro de amantes rendidas sábanas de paño–. Nuestra tahona, cielo.
Y después seguía…
–Surtiremos a ambas costas del mejor pan y prosperaremos… ya lo verás…, eres demasiado joven aún, nonita, y lo que yo pretendo es enseñarte el oficio y que seas tú sola, ternura, capaz de salir adelante en caso de que a mí me ocurriera algo.
–¿Y qué te ha de suceder? Dime… –gemía– ¿qué sería de mí sin ti, Armand, mi amo…, mi amor…?
–“Pain”… Le llamaremos “Pain” –resolvía él, absorto en ése, su propio mundo.
–“Pain” para mí es “dolor”. Cielo, no…
–¡No seas correosa, mujer! No más vueltas. “Pain”, en mi tierra, es “pan”. Cela simple.
–Dolor, en la mía. Lo sabes.
–Pan.
–Dolor.
–Vale, como tú quieras, mi pequeño bollito testarudo…
–¡No!, como yo quiera no, amor. Pain… ¡Eso no lo quiero!
–Y a mí… –cambiaba él de tercio, al ver asomar en ella lágrimas de aún no familiarizada angustia– ¿a mí me quieres, dulce Madeleine?
–A ti, gordo –lloraba ya–, a ti… te adoro –sonreía–. Lo sabe usted muy bien, monsieur Armand Le Pain –se dirigía cameladora hacia él. Él... Ella. Él.
Y entre polvos de harina, masas ligadas y por trabar, aguas, especias, sales y rodillos, hacían el amor una y otra vez, una y otra vez, hasta caer rendidos…, esa noche, especialmente intensa, y él sabiendo que, al día siguiente, fatigado, como fuera, tendría que partir hacia el interior, como final de estación que era, hacia la pequeña aldea de Sainte-Eulalie, cerca de Saint-Etienne, población aledaña a Lyon, cruzando hartas regiones en carromato, justo donde nace el lloro del río Loira, justo donde crecía el mejor de los trigos para sus panes. O así, firme, lo consideraba él, Armand Baptiste Crocant, el más meticuloso de les boulangers, para el que hacer sus panecillos era tan, o más, importante que para su paisano y amigo, Constantin Martineau, fabricar sus violines. ¿Qué más daba panes o flautas? “Todo aquello que hagas, has que hacerlo con precisión y dedicación absolutas. Si lo dudas, entonces mejor no te pongas a ello” –le repetía de seguido, a modo de paternal e incuestionable cantinela, el Armand ya de vuelta a la Madeleine aún ni de ida, ni partida–; además, aquel hombre sabio había descubierto que para armar un instrumento, ya fuera de cuerda, de viento, de cuero, saxofón o zapato, y hacerlo sonar endemoniadamente bien, como los ángeles, o como un simple taconeo, antes era preciso haber comido pan, y no chuscos, sino buen pan. Y en ésas estaba en su ruta, cuando uno de los caballos se asustara ante un inesperado siseo del camino y, encabritándose de mala manera, y coceando a su compañero, provocara aquel brusco giro de marcha, sin sentido, arrastrando a Armand y a sus certezas hacia un profundo precipicio entre rocas, de evidente no salida. Y Armand, de golpe, ya nunca volvería a sus masas, ni a su horno, ni a su vida, Madelein. Y ella se quedaría sola, así, sin más, en el más ácimo, henchido y crujiente de los pains. Su Pain. “Pan, querida”. “Dolor, amor”.
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© Marta Sotillos (noviembre, 2006)
Curso El Autor y su Obra.
Tema 2: Maupassant, “El horla” y la verdad.
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Sólo comentar una cosa sobre el relato que adjunto. En la estructura era mucho más largo. Ella enviudaba y se metía cada vez más en el pain de él y en el de ella misma, y cada noche amasaba y amasaba, cayéndole lágrimas y creando panes deliciosos; otras veces, se acordaba de ocurrencias de él y se reía y alguna salivilla iba también en la masa. Todo eso era de un sabor exquisito y el negocio prosperaba, a pesar de la honda tristeza de ella por la pérdida de su marido. Hasta que la masa crecía cada vez más. Era él. Y ella gozaba tocándola, y para ella eso era un misterio que le atraía sin remedio, sin saber que era él. Un día creció y creció y se echó sobre ella como un amante, besándola e inundándola y penetrando con pasión por todos sus poros y pliegues y huecos y allí ella muere axfisiada de pain.
Bueno, ésa era mi idea, pero a pesar de que me documenté un montón sobre panes, Francia, el canal de La Mancha, levaduras y demás, pensé que me iba a salir un relato muy muy extenso. Lo pensaba hacer muy Maupassant, muy descriptivo, pero alguien lo leyó hasta donde me he quedado y me aconsejó dejarlo tal cual os lo envío. Dijo que lo dejara abierto al lector, que era suficiente. Bueno, hice caso de ese consejo, porque si no no termino en la vida y adiós a mis siguientes autores atrasados: Chejov y Kafka (que debería haber entregado ya).
Un abrazo grande a todos,
Marta.




3 comentarios
Raymond
22 nov 2006 | 07:12 PMQué bonito te ha quedado chiquilla, y que bien te ha sentado el viaje. ¿En todo te ha sentado tan bien?. Espero que si y comprobarlo en persona.
Caminante
22 nov 2006 | 07:53 PMMe gusta como juegas con los dobles sentidos.
Besos.
Chopo
23 nov 2006 | 12:29 PM
Muy bueno. Me gustaría acompañarlo con algunas fotos de hogazas (Bodegón), parejas amasando enharinadas, y mucho amor ...