Relato 31: Eres genial, como Goya
—¡Ya! —gritó mamá, dándome un buen susto.
—¿Ya? —protesté yo—, jo, ¡me falta una!
—¡Ah! Nada, nada, se siente… A ver, empezamos: nombre de chica. Yo, Paula, ¿tú?
—Paloma.
—Bien. Nombre de chico… Pedro.
—Pablo.
—¿País? Portugal.
—París.
—Bueno, eso es una ciudad, el país es Francia, pero vale, te lo paso, venga… Una comida: paella.
—Patatas fritas.
—Animal: perdiz.
—Pollo.
—Un juego. Petanca.
—Play Station.
—¡Uf! ¡Cómo no! Vale… Un pintor: Pissarro.
—Pegaso.
—¿Pegaso? —exclamó mamá, abriendo muchísimo los ojos—, será… ¡Picasso!, Pi-ca-sso.
—¡Ah! Pues no sé…
—¿Cómo que “no sabes”, gordi? ¿No conoces a Picasso? ¡Madre mía! A ver, dime tres pintores…
Ya estaba mamá, primero con esa fea costumbre de llamarme “gordi” y, luego, con su manía de examinarme, que me ponía enfermo. Y siempre lo hacía, y entonces yo me ponía nervioso y, aunque lo supiera, no me salía, me quedaba en blanco y ella aprovechaba para regañarme.
—Cariño, no puedo creer que, a tu edad, no sepas decirme el nombre de tres pintores…
—Pues no, lo siento —contesté bajando la mirada, avergonzado.
—No, cielo, no es “lo siento”, es aprenderlo y punto. Esto no puede ser. Eres un bruto, amorcito, tanta play te está atascando las neuronas.
—Pero mami…
—Nada de “peros” —dijo levantándose—, arréglate que nos vamos a El Prado.
—¿A qué prado?
—Al museo, narices, Martín, al Museo de El Prado ¿te suena?
—Uhmmm…, pues… sí, creo…
—¿”Crees”? ¡Madre de Dios, este niño…! Me encantaría saber qué es lo que te enseñan en el colegio… ¡Con el dineral que pago!
—Mami, pero ahora a un museo, ¡no, por favor!
—Sí, “sin favor”. He dicho que te vistas y nos vamos. Aún es pronto y, al menos, nos dará tiempo a ver dos o tres salas antes de que cierren. Goya, sí, ¡Vamos a ver a Goya! ¡Eso es! —dijo como lo que era: una mandona.
—¿Goya? ¿La calle donde viven los abuelos?
—Sí, eso, como la calle donde viven tus abuelos —respondió mamá, recalcando cada palabra, torciendo el morro y moviendo la cabeza—, desde luego, amor…
—Jo, mami, pero yo quería seguir jugando a esto, los museos son un rollazo, ¡me aburro!
—No te aburres, verás qué cantidad de cosas descubres. Venga, rápido, péinate y ponte un pantalón largo.
—¡Vaya asco! —y me fui protestando a mi habitación, a regañadientes. Mamá a eso lo llamaba “rezar”, me decía: “¡y deja de rezar!”. Había veces que no la aguantaba, y es que ella no me entendía… Ahora, un sábado por la tarde, desperdiciado en ver al tal Goya ése, a ver sus chorradas…
—Disparates y Desastres, Martín, nada de chorradas… —oí que decía mamá gritando, para que la oyera, mientras se arreglaba en el baño. ¿Cómo? ¿Íbamos a ver disparates y desastres? Pues vaya plan tan bueno… ¡Menuda pérdida de tiempo! Y luego, mamá me echaba la bronca y me decía “eres un desastre, amor” o “cariño, no digas disparates”. Mamá siempre tan cariñosa, “amorcito, cariñín, mi cielo, tesoro…” ya, ya, pero, al mismo tiempo, lanzando dardos envenenados, como el malo de los dibujos de Sandokan. Prefería mil veces a papá, tirarnos en el sofá a ver el fútbol y las motos y la fórmula 1, o jugar al tenis o ir a Barajas a ver despegar aviones, pero estaba de viaje y no venía hasta el lunes y me esperaba todo un fin de semana con esta especie de sargento, de madre, que tenía, y sus lecciones…
Desde que mamá tuvo esa “gran idea” hasta llegar al museo, calculo que pasaría como una hora de clase intensiva en el taxi, en la que se dedicó a contarme que si el tal Goya había nacido en una fuente que era de todos y no sé que rollazos más de años y etapas, que ahí le presté algo más de atención porque me sonó a la vuelta ciclista, pero no, no tenía nada que ver, era una plasta de cosas históricas, que hasta el pobre taxista bostezaba, que lo vi por el retrovisor, y yo cada vez más enfadado, hasta que, cuando entramos, creo que ya estaba a punto de salirme humo por las orejas. Estaba rabioso y, encima, ella, empeñada en darme la mano, como si yo fuera un bebé. ¡En la hora que le dije lo de “Pegaso”! Si lo llego a saber, lo dejo en blanco, que, al ser error, puntuaba lo mismo, y me hubiera ahorrado el estar ahora allí, haciendo una odiosa cola para entrar a ver algo que no me interesaba para nada y, mientras, mi madre recordándome que no me apartara de ella, que si me perdía que fuera a la ventanilla de esa señora gorda con bigote y granos, que si me tendría que haber traído un jersey atado a la cintura, que dentro haría frío, que si me había lavado bien los dientes… ¿Es que acaso para ver cuadros es necesario tener los dientes limpios? Muchas veces, es que no podía entender a los mayores, ¡qué tonterías soltaban! Y, ahora, a tragarme esas pinturas dos horas, que esas botas me hacían daño, que yo quería haberme puesto las Nike y tampoco, que tampoco se podía ir en zapatillas de deporte a ver a Goya, pues sí que… ¡caray con ese Goya! ¡Ni que fuera el rey de España!
Pero esto no se iba a quedar así, mamá se iba a jorobar, no pensaba atender a nada de nada, la seguiría el rollo para que me dejara en paz e iría a mi bola. ¡Ya está, hala! Y encima me iba a tener que aguantar todo el rato con esta cara de “mal huele”, como decía ella, que sé que eso la sacaba de quicio.
Cuando, al fin, entramos en aquel edificio de techos tan altos, la verdad es que he de reconocer que se estaba muy bien, porque fuera hacía un calor de muerte y allí dentro no, estaba súper fresquito.
—Goya, planta segunda —dijo mamá—, vamos, al ascensor.
Bueno, bien, eso también me gustaba. Vivíamos en un chalet y yo no cogía un ascensor en mi vida y mira que me encantaban, sobre todo, dar a todos los botones, cosa que mi madre, por supuesto, no me dejó hacer, pero al menos sí pude dar a uno y observar la pantalla de números en naranja fluorescente.
—Ya estamos —dijo mamá bajito—, a ver, cariño, tres cosas: primero, cambia esa cara de “mal huele” —lo sabía, es que lo sabía, pensé yo—, segundo, aquí no se corre ni se habla a gritos y, tercero, quiero que observes bien las obras de este pintor. Es único, cielo. Un genio. Y te va a encantar.
—Y tal y cual —me dije para mis adentros—. Como tú digas —respondí serio.
Entonces eché un vistazo a toda la gran sala; lo que rápido me llamó la atención fue una señora tumbada y desnuda, un poco foca, pues qué guarra, las chicas son asquerosas…, luego la misma señora pero vestida, ahora hecha una cursi. No sábía qué era peor… ¡Buf! Después me fijé en unos árabes con turbantes clavando cuchillos a hombres y a caballos, ¡qué bestias!, aunque ya eso se ponía más interesante, las batallas me gustaban, como en el Señor de los Anillos o en Narnia; vi a unos señores recogiendo uvas, odio las uvas, el día de fin de año mamá me las hace comer quiera o no quiera, y encima doce y en un tiempo record, que siempre me atraganto y termino tosiendo y con arcadas; también vi a unos soldados disparando a un grupo de personas que parecía que gritaban, ¡qué horror!, ¡qué sanguinarios! ¿no?, y luego no me dejan ver pelis de violencia… ¿y eso qué era?, y otros dándose garrotazos, otros peleándose a puñetazos, uno muerto tirado en un suelo… Desde luego, este Goya era un poco macarra, pensé. Bueno, bueno, y lo que ya me dejó con la boca abierta fue un monstruo, tipo orco, que… ¡se había comido la cabeza de un niño!
—“Saturno devorando a su hijo” —señaló mamá, rollo profesora. Sólo le faltaban las gafas y una verruga para ser como Miss Roberts, la petarda señorita de Historia.
—¡Pues qué caníbal ese tío! ¿no?
—Martinchi, sí, pero sé más educado, por favor: “ese tío” es Saturno, si no te importa…
—Pues un psicópata —respondí. Hasta hace bien poco yo hubiera dicho “un sin patas”, siempre creí que esos locos se llamaban así, hasta que mamá me corrigió, como siempre, diciéndome que se decía “psicópata”, pues vale, como ella quisiera…
Mientras mi madre se quedaba mirando fijamente a ese asesino, yo me aparté, si seguía mirándolo soñaría por la noche con él y me daba pánico, así es que me puse a observar el teléfono móvil con el que jugaba el vigilante de la sala, un Nokia 3250 chulísimo, de los nuevecitos, con cámara, video, internet y de todo, ¡qué gozada! Yo quería uno igu…
—¡Chissss, chisss! —oí que alguien llamaba. Me giré, pero no vi a nadie mirándome. Quizá no fuera a mí…
—¡Niño, eh, sí, tú! —susurró esa voz. Yo no podía ver quién me hablaba, pero estaba claro que era una mujer y que estaba cerca. Entonces levanté la cabeza y vi que, desde un enorme cuadro que tenía ante mí, una chica se movía y me decía:
—¿Quieres jugar con nosotros? Ven, vamos, entra…
—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres? —le respondí, mirándola extrañado y observando toda la escena en la que se encontraba. Era una pintura en la que un chico estaba con los ojos vendados por un pañuelo y un, dos, tres… ocho, ocho personas haciendo corro a su alrededor, cogidos de la mano y él en medio. Todos sonrientes. La chica de la derecha me miraba y siguió:
—Entra, ven a jugar, ¡verás qué divertido!
—¿Y cómo entro?
—Concéntrate, míranos fijamente y notarás el impulso.
—Pero mi madre…
—Será sólo un ratito, ella está allí, viendo a La lechera. Ven.
—Vale —así es que hice lo que me dijo, parado y alucinando, y noté como una fuerza que me subía y me hacía traspasar la tela del cuadro, y allí estaba yo, detrás de una señora con una gran sombrero con plumas en su cabeza. Ahora podía notar hasta la brisa del campo, estábamos al lado de un lago precioso y hacía muy buen día. Ellos saltaban y giraban alrededor del de los ojos tapados, mientras cantaban, algo así como:
—“Desde pequeñita me quedé gallinita ciega…”
Y el otro contestaba:
—“¡Veo, veo…!”
Y ellos, a coro:
—“¿Qué ves?”
Y así, todos bailando y riéndose…
—Estamos jugando a la gallina ciega, consiste en taparle los ojos a uno y darlo vueltas hasta que se maree y que después intente pillarnos y, al que alcance, lo reconozca palpándolo —me explicó la muchacha. Era gordita y tenía los mofletes colorados, tal vez de tanto brincar.
Iban vestidos rarísimos: ellos, unos con chaquetas largas como hechas con las cortinas o las colchas de la casa de mi abuela —claro, de la calle Goya, deduje—, y pantalones parecidos, pero un poco más cortos, que los de Tintín, hasta la rodilla, y unos zapatos ridículos, de hebilla gigantesca; y los otros parecían unos toreros, con coleta y todo, como el pintor ése, vecino nuestro, que vive en la casa de al lado. Las chicas parecían en camisón, con vestidos largos muy suaves y llenos de puntillas, como huevos fritos y peinados con muchos rizos y moños y unos gorros enormes y llenos de floripondios. El caso es que se lo estaban pasando bomba.
—¿Sabes? —me comentó mi nueva amiga— somos un cuadro. Un cuadro del gran maestro Goya. Todo un genio.
—¿Era un genio Goya? —le pregunté.
—Sí, ¡claro!
—Pues mi madre me lo dijo y no la creí. ¿Con poderes como el genio de Aladino?
—No sé cómo era ése de Aladino que dices, pero sí, un genio, con muchos poderes, sobre todo con el poder de saber transmitir lo que veía y cómo lo veía y reflejarlo a base de pintura, que eso no es nada fácil, no creas…
—¡Vaya! A mí me gusta colorear, pero odio los cuadros y los museos.
—Pues te equivocas. Los cuadros somos auténticos tesoros, con muchos misterios escondidos y por descubrir.
—¿Ah, sí? Los misterios me chiflan. Parece interesante…
—Más de lo que puedas creer, pero tienes que fijarte en cada uno, con calma, para poder descubrir lo que encerramos y no permanecer ciego, como ése de ahí en medio —dijo señalando a su amigo, el de los ojos vendados— ¿ves lo torpe que es así? No ve, como tú no veías nuestra belleza, ni nos valorabas…
—Jo, nunca lo hubiera imaginado…
—Pues sí, hazlo y verás lo divertido que es —seguía hablándome, gritando, como jadeante, mientras saltaba—. Podrás vivir muchas experiencias. ¡Es magnífico, te lo aseguro!
—¿Y tú crees que podré entrar en más?
—¡Pues claro! En todos los que tú quieras, mientras tengas interés y los observes como debes, bien.
—¡Guau! ¡Parece mágico!
—Lo es, lo es. Ahora vete, que mira, tu madre parece que te busca.
—¡Uy, sí! ¿Y cómo salgo de aquí?
—Nada, igual. Mira al exterior fijamente y saldrás.
—¿Y tú, por qué no sales?
—Podría, pero no quiero. Éste es mi mundo. Visítame cuando quieras.
—¡Vale! Lo haré. Oye, una cosa: gracias por enseñarme este secreto.
—De nada, chiquillo, ¡un placer! Verás cómo te vamos a gustar, a partir de ahora, todos, todos los cuadros…
—¡Uf! No todos. Al tal Saturno no pienso ir a verlo, que me come. Pero seguro que en muchos sí me encantará entrar. ¡Gracias! ¡Adiós! Oye, una última cosa…—le dije mientras miraba fijo a mi madre—, ¿cómo te llamas?
—¿Qué cómo me llamo? Martín, tesoro, ¿estás bien? Soy yo, mami —me contestó mi madre mientras se agachaba, para ponerse a mi altura, mirándome a los ojos, y me agarraba por el brazo con cariño, mientras ponía una mano en mi frente para comprobar si tenía fiebre.
Miré a mamá como si aún estuviera en otro mundo y me volví buscando a la chica del cuadro, ambas estaban pendientes de mí y aquella muchacha me guiñó un ojo y entonces yo me pude ver reflejado detrás de la mujer del gorro negro, siendo el décimo personaje de la escena, aunque apenas se me distinguía. ¡Qué alucinante!
—Ja, ja, ja —reí nervioso y disimulando—. Mami, era una broma, sé perfectamente cómo te llamas. Estoy bien. Anda, vamos a ver otra sala —le propuse, tirando de su blusa, sonriéndola.
—¿Te está gustando, amor?
—¡Me está encantando! Hoy he descubierto algo increíble. Gracias por traerme. Tenías razón, ¡es fantástico!.
—Me alegro de que te hayas dado cuenta; te estás haciendo todo un hombrecito.
Lo que me sentía era feliz con ese secreto que, a partir de ese momento, me abriría un nuevo mundo inmenso. Sabía que ya jamás, jamás, volvería a aburrirme… Y todo, gracias a mamá y su empeño por ir allí.
—¿Sabes una cosa?—dije cogiéndole la mano.
—Dígame usted, caballero —contestó mamá, acercándose muy contenta y haciendo el bobo conmigo.
—Tú eres genial, como Goya.
Ella se paró en seco, me miró sorprendida y sonrió, con esa sonrisa que sólo ella tiene y que tanto me gusta, porque me dice, sin palabras, que me quiere mucho y que está orgullosa de mí y eso me hace sentir bien, muy bien.
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Curso de Géneros Literarios.
Décimo ejercicio: Literatura infantil y juvenil
© Marta Sotillos (Junio, 2006)

"La Gallina Ciega". Francisco de Goya. 1788.
Museo de El Prado. Madrid.


Davichof dijo
Me ha gustado mucho este relato breve: la visión de los cuadros de Goya a través de los ojos de un niño, los detalles de humor (Goya había nacido en una fuente que era de todos),los diálogos tan bien costruidos y luego el giro mágico. Hace unos meses hice una escapada a Madrid y dediqué una mañana a ver El Prado, y la verdad es que la sala de Goya es impresionante. Y hablando del museo en general, el cuadro que más me impresionó fue el Triunfo de la muerte, de Pieter Bruguel el viejo, uf vaya cuadro, espero que tu Martín no andara por allí mirandolo fijamente. Pues nada Marta, escribes estupendamente. Un abrazo.
25 Junio 2006 | 07:58 PM