La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

24 Junio 2006

Relato 30: Un mes más fue un entremés

¿Qué es un mes? ¿treinta, treinta y un días o, en la excepcionalidad de febrero, veintiocho y —rítmica y cada cuatro años—, veintinueve?, ¿qué es realmente un mes?, ¿setecientas veinte horas; cuarenta y tres mil doscientos minutos… dos millones casi seiscientos mil segundos…? Pues sí, pero tampoco es que me interesen demasiado esos datos ahora, aunque he de reconocer que algo me han sorprendido al meditarlos y pararme y calcular y he de dedicarlos más tiempo, pero hoy reflexiono sobre un mes en mis principios y lo único que sé es que ahí, y para mí, un mes fue el tiempo que permanecí de más en el vientre de mi madre, fuera de toda cuenta, un tiempo extra que me vino regalado por dos más que peligrosas vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello, a modo de collares tribales, que no triviales, que me amarraron a mi progenitora más de lo debido, adornando, de manera un tanto alarmante, el momento de la salida de aquella, mi, estoy segura, gozosa incubadora materna, para ver por primera vez la luz, ésa que dicen al final del túnel, pero ésta de comienzo no de tránsito. Y pienso que estar allí, unida a ella, un mes más fue, para mí, un lujazo, porque nací algo más criada y hermosa y, sin duda, más formada, y considero que no sólo física sino también subconscientemente, aunque un lujo que pagaron otros con su incertidumbre y prisas de esa última hora, de un “se nos va, cuidado, la perdemos…”.

Quizá, aparte de mis viscerales ligaduras a modo de collarines, ya intuyera que algo de ahí afuera no me iba a gustar demasiado, y me resistiera a abandonar mi lugar. Y ya entonces tuvieron que esperarme, observando todos mis movimientos, y, temerosos por su ausencia, ante mi innata negativa al riesgo, provocar, gota a gota, mi reacción de una vez; y es que ahí, ya entonces, tuvieron que inducirme a que hiciera lo correcto, lo natural, lo que se da por supuesto, evitando mi autodestrucción, alcanzándome y abriéndome ellos camino entre la espesura de semejantes lianas de enmarañada y angosta, aunque bien dilatada, selva uterina, y yo ya pude, incluso antes de nacer, apreciar lo que son unas manos habilidosas de movimientos firmes y expertos dedos, agarrándome por ambos costados de la cabeza, en una fuerte caricia, atrayéndome sin remedio, ahuecando los obstáculos a mi viscoso deslizar, y sé que ahí fue precisamente, y gracias a ese mes más de algo no va bien, trabas, donde empecé a valorar lo que es la perfecta cadencia de la métrica en la toma de las decisiones arriesgadas, la garra, la exactitud, a admirar esa sintonía de la ayuda en la más acompasada de las colaboraciones… en el más grande de los apoyos…, mi madre, mi preciosa, recostada la imagino, incorporada quizá, sí, y, como siempre, alerta, operativa, dispuesta, ante cualquier contratiempo —que eso es precisamente lo que fue aquello, un embrollado fuera de tiempo de los nueve meses establecidos—, ella, bellísima, como siempre, en su deslumbrante y alumbrante esplendor creativo, mareada, tal vez vomitando, sudorosa a causa del esfuerzo y gélida posteriormente, temblando, tiritando, al enfriarse ese sudor y sentirse empapada, de puro ardor, de puro empuje, de pura vida, de pura sangre; y el médico, doctor Agüero, se llamaba, curioso apellido y, sin ánimo de bromas, buen agüero para toda nuestra numerosa familia, porque con él vinimos al mundo los siete hermanos y varios primos y amigos y aquí estamos todos, gracias a su temple; y mi padre, asistente por partida triple: por marido, por padre y por profesional de la medicina, que a esas tres tareas dedicó con fervor su vida entera, que lo pienso pálido en el acto y con, mi querido, ése su ceño fruncido, y actuando fijo con aquella mirada tan suya a dos bandas intermitentes: una, la galena, segura y observadora, difícil de descodificar por su sobriedad, clavada en el abultado abdomen y pelvis, conmocionados por las brutales contracciones, de una mujer normal, sana, joven, con sus dos piernas muy abiertas y atadas en alto sobre un caballete, con las rodillas medio dobladas, como de tender a cerrarse, con su vulva rasurada, sus labios vaginales hinchados y naranjas de tintura de yodo, un útero en estado de máxima dilatación, sangrando, entre fluidos amnióticos, en pleno y complicado proceso de parto, pinzas, tijeras, sábanas verdes, gasas y guantes manchados…, y la otra mirada, la del hombre, la del amor, también clavada, pero ésta dependiente, latente y emocionada, en los ojos, en esa valiente boca de gemido contenido, que tantas veces besó abierta en sonrisa, de su querida esposa, de su tesoro, que, sufriendo más de lo normal, le estaba dando ahora un tercer hijo, fruto de la pasión y adoración entre ambos; y la comadrona, el anestesista y aquella anciana monja enfermera, que tantos calditos de pollo y cariños luego le daría a mi madre en su estancia allá...

... todos, sí, un mes más de lo previsto, preocupados en el todos a una, y esa una, yo, que pronto parece ser que empecé a marcar mi propio y, muy a menudo, complejo, embrollado, casi inaccesible, ritmo, como protagonista, quizá de ésta mi primera obra de enredo, lo sé. Un insólito y tenso entremés de lo que sería mi vida. Hasta que, al fin, me gané un cachete y rompí a llorar. Lo de siempre.

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Curso de Géneros Literarios.
Noveno ejercicio: La autobiografía.
© Marta Sotillos (Junio, 2006)

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

operadoor

operadoor dijo

¡Qué bueno que te animaste a salir!

24 Junio 2006 | 08:29 PM

Marta

Marta dijo

jajajja, sí!!! Uf! casi me quedo en el NO intento.

Besos,
Marta.

25 Junio 2006 | 09:00 PM

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