Relato 29: No era más que…

Aquella imagen me sorprendió vigilante y de servicio, aunque dormido.
—¡Coño! pero…¿qué…? ¿qué-es-e-so? —exclamé de un sobresalto, mientras abría unos grandes ojos para entornarlos al momento, deslumbrados ante aquel color que, de puro chillón, me acababa de despertar, poseyendo desbordante todo mi campo de mira—. ¡No jodas!, pero… a ver… —continué observándolo intrigado, frotándome los párpados, de pura confusión, en una mezcla insoluble entre somnolencia e incredulidad. Entonces me incorporé, adelantándome en el asiento, enderezado y en guardia, para intentar averiguar con urgencia qué es lo que estaba sucediendo ahí.
Como en cualquier estado de incertidumbre, cientos de ideas se apelotonaron confusas en mi cabeza, a modo de partículas proyectadas por lo que yo, en ese momento, interpreté como el soplo, quizá, inicial de un más que posible e inminente caos.
Hacía ya un buen rato que me encontraba sólo en la estación, esperando, aburrido de atender sus pesados movimientos, lo que se dice hastiado de no hacer nada y, para mí, eso de la inactividad era como la adormidera y, sin querer, me había relajado un poco, nada más; ellos habían salido a dar un paseo y, en sus órdenes, me lo habían dejado bien claro, que estuviera atento, que los siguiera en el visor, cosa que, lamentablemente, acababa de hacer —si esto trascendía, serían capaces de abrirme un expediente o hasta expatriarme—, pensé, quizá exagerando, sólo por haberme quedado traspuesto, —eso sí, en mi defensa, consideré que la desidia había sido sólo cuestión de segundos—, pero los suficientes como para que hubiera podido ocurrir cualquier desastre. Y, de hecho, ahí estaba, de pronto, ese escandaloso rojo, invadiéndolo todo; ¿qué podría ser?, la última vez los tenía a ellos enfocados en mi objetivo, mi objetivo de aquella tarde: el no perderlos de vista; ¿dónde estarían?, yo no manejaba bien aquella tarea, y ellos lo sabían de sobra, es que no era lo mío, joder, que me había cansado de repetirles que no me dejaran ahí solo, en ese espacio, que para nada había ido yo hasta allá a vigilarlos a ellos, que no era ésa mi función, que mi deber eran mis investigaciones, con mis larvas, y que no tenía ni idea de todos aquellos controles, que ésa era su labor, que para eso cada uno teníamos la nuestra, que no me explicaran rápidamente tres temas, dando por supuesto que los había entendido, que, con sus “supuestos”, podían ocasionar contratiempos, que yo sí me consideraba más que un supuesto experto, pero no en botones, sino en mis bichos; sus monstruos, que los manejaran ellos…
Y no es que yo fuera un inepto o un incompetente, es que, sencillamente, yo no era el responsable de la plataforma, ni el piloto de la nave, porque los monstruos de los que hablaba antes eran suyos, sus puñeteras naves, pertenecientes a la Estación Espacial Internacional, el famoso programa ISS, en plena misión científica, al menos la mía, porque yo era el botánico de la base. Los otros tres —el comandante, el ingeniero de vuelo y el experto en robótica—, no sé que coño estaban haciendo, bueno, no, no debía ser tan injusto, pero es que, en aquel preciso momento, quizá me encontraba un tanto exaltado ante esa repentina pantalla en rojo sangre, acostumbrado ya, como estábamos, a la calma, a la nada y a los negros abisales, como mucho, azules, de aquel infinito sin atmósfera.
En realidad la labor de ellos era fundamental, quizá más importante que la mía, porque, al fin y al cabo, yo sólo tenía que estudiar el comportamiento de unas orugas microscópicas en hábitats extraños, pero ellos eran los encargados de ultimar el montaje y mantenimiento de toda la estación, de hacer que los sofisticados sistemas del brazo robótico del módulo madre funcionaran perfectamente, así como las plataformas para las cargas útiles de puesto avanzado, por cierto, pagadas por mi país. Desviándome, contaré que éramos de varias nacionalidades: un yanqui, el comandante, médico de a bordo y uno de los mejores pilotos de la NASA, otro ruso, el otro, japonés y yo, brasileño de nacimiento, aunque afincado en Europa desde hacía años, pero, bueno, eso no viene al caso. Al caso sí viene que yo, en aquella circunstancia, me sentía como un inútil, abandonado por mis compañeros por ir a revisar no sé qué de los sistemas de radiadores de uno de los laboratorios científicos presurizados, y eso de salir todos a un tiempo, sin pensar en imprevistos, me ponía enfermo y, aunque la indignación en mí sí era capaz de distraer algo a la inquietud, seguía siendo una contrariedad y algo tenía que hacer y rápido ante aquella aparición tan insólita, no fuera que corriéramos peligro, aunque no es que yo creyera demasiado en posibles “aliens” galácticos… Así es que intenté centrarme y me dispuse a estudiar todo aquel panorama, un formidable y embrollado tablero troquelado de mandos, pero ¿por dónde empezar?
Tras sondear unos instantes, topé con el signo de mi búsqueda, —bueno, aquí está, sí, el Z+, eso es—me dije satisfecho—, le di a esa lupa y me acerqué tecleando, como con un teleobjetivo, Z+, Z+… esa textura descabellada, y aún indescifrable, seguía en su alarmante matiz rojizo, quizá, al aproximarme, algo más anaranjado, y yo ahí estaba tan cerca, a escasos milímetros, que la cosa en cuestión parecía casi estar pegada al interior de la pantalla, como haciendo ventosa contra ella; se podían diferenciar hasta los vasos y pequeños conos de su constitución, agrietada y bulbosa, ¿un pulpo? —pensé, de primeras— no, no, descarté, y me alejé, Z-, más, ahora más rojo, ahí estaba a centímetros, como si extendiendo un brazo lo pudiera llegar a tocar, entonces continué distanciándome… un poco, más, Z-, un poco más, Z-…, necesitaba perspectiva y, aunque ya mi experiencia empezaba a sospechar lo que podía ser, se lo negué, porque eso sería disparatado; entonces empezaron a asomar unos picos, la estructura de un cuerpo geométrico, a modo de estrella, muy elemental, como de fiesta infantil, no, no, pero eso no se trataba de una estrella, eso era más bien carnoso, cartilaginoso, Z-… De pronto lo tuve claro y, en aquel momento, noté que la sorpresa se me salía de las órbitas por los ojos, es que no podía dar crédito a lo que estaba viendo, lo que yo pensaba estar distinguiendo ahí era… Z-, casi seguro, Z-, pero… ¿cómo…? ¡Es que sí!, es que precisamente eso es lo que era… Z-... ¡era una cresta!, ya no me cabía ninguna duda y, además, Z-, de un gallo. ¡Alucinante!, como de película de ciencia ficción barata… ¿qué hacía una cresta de un gallo allí, en órbita, a cuatrocientos kilómetros de la tierra?
Miré nuestra posición: nos encontrábamos a la altura del meridiano 95º, paralelo 30º, más o menos, sobrevolando Texas, GTM: 151/18:17:03; las 13:17:03 en Houston. Me acerqué más, Z+, Z+. Estaba absolutamente desconcertado, aunque sí con un tanto más, Z+, de alivio, al ver la ya aparente inocencia de aquel tono de imagen en pantalla, que en un primer instante creí viso inequívoco de problemas. Pero… ¿qué pintaba un maldito gallo allí, si se podía saber…?
Toda mi atención se concentró en averiguar ese sinsentido y, como rápido había cogido el tranquillo a las palancas de ajuste de imagen, seguí maniobrando, alejándome y alejándome, para localizar más área, Z-, como si aquella compleja mesa de control ocular se tratara de una simple cámara fotográfica o alguno de mis familiares microscopios, botón de menos, menos, menos, y entonces más y más veía, cada vez más claro, un, cada vez más, gran angular, como en un zoom de suspense y entonces seguí, clic a clic, alejándome del motivo para ir descubriendo, poco a poco, el todo de mi alarma, como en extraña ensoñación, a base de Z-, Z-, Z-...
Y aquel “todo” resultó ser sólo el sencillo tono de la carnosidad del apéndice, en forma de estrella, de la cresta de un gallo que se había subido al tejado de un corral, mientras era observado desde enfrente por unos niños, que, por sus caritas, parecían decir: —¡Mira, mira! —, a través de la ventana de una granja, perteneciente a una aldea de casitas que formaban una maqueta que una niña componía, con esmero, y con una silla bajo sus rodillas, incorporada sobre una mesa de billar, todo ello ilustración de la portada de una revista llamada “Toys” que mantenía en su mano un chiquillo que dormitaba tumbado en una hamaca al borde de una piscina llena de chavales jugando y riendo, piscina perteneciente a un trasatlántico surcando un océano azul turquesa, que era la fotografía de un anuncio publicitario adherido al lateral de un autobús que cruzaba por la Quinta Avenida de Nueva Cork, entre rascacielos y taxis, escena ésta de una película que veía en su aparto de televisión un vaquero con sus vacas, sentado con unas labradas botas camperas, plácido en la arena, al lado de una tienda de campaña y un esbelto cactus, en forma de tridente, en pleno desierto de Arizona, formando un bodegón, estampilla pegada en un sobre que había transportado un empleado de correos, con saca y salacot, y que ahora entregaba en mano a un aborigen de alguna isla del Caribe que, con un pareo de flores anudado a la cintura y un collar de conchas marinas al cuello, al borde de una playa virgen, y rodeado de su familia, lloraba emocionado, como diciendo: —La carta que esperábamos, por fin…— , escena que era observada, desde lo alto, por un piloto, a los mandos de su hidroavión, que daba una vuelta de reconocimiento sobre ellos, para después dar un giro y apartarse, alejándome, Z-…, entre el cielo y sobre el mar, y subir, subir muy alto…, tan alto que llegó un momento en que parecía que volábamos juntos, yo en mi nave y él en su avioneta, hasta convertirse en un pequeño insecto moteado de amarillo y gris, al que perdí de vista, y ya pude observar sólo la Tierra entre nebulosas, y seguí dando al menos y pude ver la curvatura terrestre, Z-, después bóveda y, Z-, cada vez menos luz de arco, Z-, Z-, hasta formar la esfera del planeta, Z-, una gran bola, para pasar a mediana, y a pequeña, y distanciada y, después, en otro clic de casi huída, a minúscula, hasta llegar a un punto, de irrisoria mota, y acabar en nada, en un profundo negro eclipsado por la pura intensidad del todo lo que alguna vez se consideró como lo más inmenso.
Meridiano 80º, paralelo 25º. Miami. 13:27:03.
Intentando asimilar todo aquello, mi mente permaneció durante horas en respetuoso silencio (…).
Y es que he de decir, que yo, doctor en biobotánica y geoquímica, profesor en la Universidad de Harvard, conferenciante por todo el mundo, participante destacado del programa espacial más ambicioso del planeta y, sin duda, un hombre sabio, en aquel momento, ahí, en el espacio de esos diez escasos minutos, de perspectiva, de acercarme primero por error y alejarme después intrigado para ver la totalidad de aquella imagen brutalmente ampliada…, ahí, desde la cresta roja de un vulgar gallo en su granja al negro sublime e ilimitado de la galaxia en su plenitud, ahí fue cuando, absorto, conmovido, como nunca anteriormente, comprendí en verdad lo pequeño que era, lo pequeños que éramos todos y, sobre todo, pude comprobar que lo que nos entrelazaba a unos con los otros, con las situaciones, los escenarios, con la propia vida, ese fino hilo no era más que… un zoom.
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Curso de Géneros Literarios.
Octavo ejercicio: Los cuentos de ciencia ficción
© Marta Sotillos (Junio, 2006)
Inspirado en "Zoom" (powerpoints.org)



paula afonso dijo
estoy con mi paadarwe
7 Junio 2008 | 12:09 PM