La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

30 Mayo 2006

Relato 28: Vitorio y la teoría de los nombres

En la pequeña aldea de Máxima vivían un humilde campesino y su mujer.

A Vitorio, que así se llamaba él, no le faltaban motivos para ser desdichado, y realmente lo era, aunque hacía ya años que había asumido el peso de sus dos grandes lastres: uno, esa impotente derrota ante el destino por tener que sacar algo de alimento, aunque fuera de las piedras, de una tierra esteparia y desolada, para poder dar de comer a su familia y, otro, la fatalidad de haberse casado con Justa, el ser menos ecuánime y más caprichoso que la imaginación fuera capaz de imaginar.

Vitorio y Justa tenían cinco hijas: Virtudes, Socorro, Gracia, Dulce y Esperanza.

Virtudes, la mayor, era envidiosa y egoísta. Tenía tantos defectos, que a su padre le faltaban dedos, contando los de ambas manos y ambos pies, para enumerarlos.
Socorro era la siguiente. Desde niña, no había pensado en nadie que no fuera en sí misma. Era vaga y acomodaticia y, si le pedías ayuda, descuida, que jamás haría nada por ti.
La tercera era Gracia. Una buena hija, eso sí, pero siempre llorosa y taciturna ante cualquier situación, por muy banal que ésta fuera. Gracia también destacaba por su desgarbo y torpeza. Así es que, consciente de sus limitaciones, desde pequeña se había encerrado en la granja, a malfregar y a malbordar, y ya nunca más volvió a salir de allí.
A ésta, la seguía Dulce. Dulce tenía un carácter endiablado. Ya podía temblar el terreno cuando la cuarta hija de Vitorio aparecía. Y eso, en estado de excepción, porque, lo normal era ver a una Dulce amargada y entonces aquello era el espectáculo más agridulce y pintoresco que se pudiera presenciar, sobre todo por su forma de hablar arisca, ruda y descortés, más propia de un cabrero con sus cabras, que de una niña de tez clara y trenzas de oro.
La quinta y última hija, Esperanza, era triste hasta los confines del desánimo. En lo único que creía era en la nada, y, de ahí, que nada le hiciera ilusión, “ilusión, ¿para qué?” —decía mirando al infinito por el hueco del ventanuco de su habitación, a través de un cristal opaco de mugre del pasado—, mientras seguía: “Total..., nunca saldré de aquí, nunca seré feliz y nunca me casaré, porque nunca nadie me querrá jamás”.

Vitorio era un pobre hombre, arruinado y perdedor, pero listo como la necesidad y, un buen día, cayó en la cuenta.
—Dios mío, dime, por qué tanto yo como mi familia somos todo lo contrario a lo que rezan nuestros nombres...
—(...) —le respondió Dios.

En ésas estaba, cuando Justa le anunció la próxima llegada de otro hijo al hogar. A los siete meses —cosas de Justa—, nació una niña, prematura, fea y arrugada, como un higo chumbo, casi fruto seco. Entonces, Justa propuso:
—Aún estamos a tiempo, llamémosla Bella, así será preciosa —porque Justa, en su parcialidad de desmedido amor materno, consideraba que todas y cada una de sus cinco hijas eran exactamente lo que sus nombres decían ser.
—Pero mujer, ¿no te das cuenta de que es todo lo contrario? Mira, —y el bondadoso labriego se ponía como ejemplo, para no ofenderla mentando a sus hijas o a ella misma— yo sin ir más lejos, me llamo Vitorio, que viene de victoria ¿no?, y ¿qué soy, sino un vil fracasado? —le intentaba explicar, con paciencia, aquel hombre a su esposa. Pero viendo que era harto complejo hacerla entrar por la angosta portezuela de la razón, tuvo una idea que zanjaría el conflicto.

—Bien, ya lo tengo: la llamaremos Lucía —dijo él.
—De acuerdo —aceptó, esta vez, Justa— lucir es magnífico. Nuestra sexta hija, Lucía, lucirá.

Y así sucedió. Y la pequeña Lucía fue cambiando y creciendo, convirtiéndose en la niña más sana y preciosa de todas las niñas sanas y preciosas.
Y Vitorio medio sonreía, asintiendo con la cabeza, a modo de “hay que ver…”, mientras pensaba:
—Mis teorías eran certeras. Mi Lucía es tan hermosa porque el nombre, como a sus cinco hermanas mayores, la ha marcado: Lucía no es lucir, como piensa Justa; Lucía significa que ha lucido y ya no luce. Algo que lucía es algo que hace, más o menos, tiempo se apagó. Y, como en este asunto, parece ser que todo funciona al revés, por eso mismo mi tesoro brilla tanto entre todas las demás. Se lo tengo que demostrar de alguna manera a esta mujer, para que de esta forma, si Dios nos concede más hijos, pongamos tiento en la delicada tarea del escogimiento de cómo decirles.

Y así fue. Después de desgañitarse en explicaciones, ella lo entendió, porque, Justa podría ser injusta, pero no tenía ni un pelo de tonta y, al final, entró por donde él quería. Y entonces Vitorio, de puro alivio, también entró fuerte en ella, descargando toda la tensión acumulada por todas esas machaconas disputas nominales y, como lo que no tenía aquella mujer era precisamente mesura, volvió a quedar encinta, y a los diez meses del hecho conyugal —una vez más haciendo alarde de su naturaleza descalibrada— alumbró a seis bebés. Esta vez, todos de un empujón y todos varones.

Vitorio había pasado gran parte de la gestación intentando dilucidar el nuevo problema y, convencido de que sería otra hembra, se había decantado por Dolores. Así es que, ahora, vuelta a empezar: tenía que concentrarse en la ardua tarea de dar con seis nombres, propios, pero, más que nada, apropiados, para aquellos sus seis nuevos retoños.

Esa semana nadie aró la tierra.

Y los llamó: Valentín, “que así será un hombre, no poco, sino en extremo valiente”, Cándido, Pánfilo, Severo, Primitivo y, al último, Facundo, “éste para que no tenga tantos hijos como yo, que es espantoso” —razonó con satisfacción, seguramente confundiendo “Facundo” y “fecundo”. En fin, de niño, Vitorio había ido a la escuela y se defendía con la lectura y la escritura, pero no pidamos peras al alcornoque.

Cuando ya contaban seis hijas y seis hijos, Justa comunicó a su esposo que ya no podrían tener más descendencia, que no le había vuelto la menstruación, que sería por la edad, que...
—Demasiado cabal para venir de ella, seis y seis, ya veremos... —receló aquel hombre, a quien la fría experiencia había arropado ya con una grasa capa de escepticismo.

Al año siguiente, la mujer parió tres varones más. Tres pequeños que permanecieron sin nombre los primeros meses de vida, porque el confuso y ya superado por las circunstancias, Vitorio, no encontraba, en el arte de exprimir su no tan jugoso vocabulario, los adjetivos adecuados para dar a sus hijos nombres de bien. Y pasaba día y noche, sin poder conciliar ni el sueño ni las ideas, dándole vueltas y más vueltas a los apelativos y, más que nada, calificativos, y se desesperaba y se decía algo así como…
—Honesto no, que me saldrá ladrón; Plácido no, que no gozará...
—...Bienvenido, Bonifacio, Constancio, Benigno, Próspero, Salvador, Fortunato, Clemente o Modesto, tampoco me valen… Les tendré que poner nombres que no signifiquen nada y dejar al destino que actúe a su arbitrio. Dios mío, ¿por qué no me iluminas...?
—(...) —le contestó, esta vez , Dios.

Esa semana nadie sembró la tierra.

Pero Vitorio, y a pesar de esto, tuvo suerte y al cabo de unos días, la creatividad, ante el yermo del terreno y más que conmovida frente al esfuerzo y constancia demostrados por aquel granjero, de la mano de la desesperación, y de un soplo, vino a ampararle, a sus campos y a sus desvelos, y Vitorio entonces bosquejó un plan. Fue a la ciudad y allí se hizo con un grueso manuscrito de Historia y leyó, leyó y leyó, sin cesar...
—… cesar… César… no… no me vale… ¡Jesús!... éste tampoco, ni éste, ni este otro…no, no… Juan, no, Ju… Ju… Judas… ¡sí! Judas… ¡Judas!… —y empezó así, poco a poco, lenta y suavemente, como se debe hacer, a tirar del hilo de la deducción— ¡La Virgen! ¡Ya está! ¡Ya está! —gritó alterado—. Los llamaré… a uno, Judas, a otro, Caín y al tercero, Iván, ése que fue tan terrible…

Y aquel hombre salió de la casa, feliz, convencido de su triunfo, dando brincos de alegría, rejuvenecido, y dispuesto a arar y cultivar, por fin, la tierra, toda la Tierra, porque ahora se sentía el rey de ella, porque él era, ante todo, un buen padre y lo había demostrado, y porque ahora que todos sus hijos ya tenían nombre y, con él, un futuro algo más prometedor, tendrían que tener también algo que llevarse a la boca, de esa cara, de esas cabezas, de esos cuerpos, de esos seres, con esos nombres...

Corría el año mil ochocientos cuando Vitorio descubrió aquel filón inagotable en la Historia. Si elegía nombres de personajes sanguinarios, malvados o locos, sus hijos serían cabales y hombres como Dios manda, aunque ya dudaba hasta de que Dios pudiera mandar otra cosa que no fueran criaturas a diestro y siniestro o puntuales y desesperantes silencios…

Y aunque él no tuvo más que esos quince hijos, cada uno de ellos tuvo otros quince, y éstos, a su vez, otros quince más, y la teoría de los nombres del abuelo pasó de generación en generación.

El transcurrir de los años, con sus vaivenes, fue facilitando la elección de nombres para los descendientes de Vitorio. Cada progenitor, según su personalidad o creencias, se inclinó por uno u otro. Hubo para todos los gustos.

Así, en el año dos mil y pico, un tal Marcial, nieto de un tataranieto de aquel campesino, venerando también la tradición familiar, bautizó a algunos de sus hijos varones con nombres tan inocentes como Adolfo, Augusto, Benito o Francisco.

Eso, Vitorio nunca lo hubiera entendido.

_____________________

Curso de Géneros Literarios.

Séptimo ejercicio: Género fantástico

Marta Sotillos

(Mayo, 2006)

Ilustración: Mathius Wilder (mi pseudónimo, en muchas cosas...) de "Anciano con un libro", Leyden,
Copia de Gerrit Dou (1613-1675).

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