La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

27 Mayo 2006

Relato 27: Los dos siameses

Acababa de salir de la oficina y me sentía agotada. Entonces, aún no sabía lo que me pasaba, pero no me encontraba nada bien, un malestar, ese mal cuerpo… y, además, aquel día había sido horroroso: mi jefe en plan déspota, más aún de lo normal, luego un malentendido con ese proveedor que me obligó a estar al teléfono tres horas discutiendo un tema de un cobro de facturas de lo más peliagudo y, para colmo de males, el puñetero aire acondicionado roto y dando un calor de asfixia, temperatura infierno, de ocho a siete y media de la tarde, a punto de derretirnos.

Cuando, por fin, pude recoger mi mesa, colgarme el bolso, ponerme la gabardina y decir hasta mañana y ya cerré tras de mí la puerta de ese maldito ascensor, que siempre se atrancaba y nadie movía un dedo por arreglarlo, y yo me moría dentro de la claustrofobia, ahí, al salir al descansillo, noté un poco de viento fresco, de puro noviembre, en mi cara, y, con él, un alivio increíble. Me paré justo a la salida del portal y respiré hondo el frío, mirando de izquierda a derecha, como poniendo en orden mi cabeza para ver hacia dónde debía dirigirme. Las ocho menos cuarto, noche cerrada de invierno, nada de tiempo por delante. Entonces recordé haber aparcado el coche, esa mañana, a unas cuatro manzanas de allí, porque había llegado tarde y el parking de la empresa ya estaba completo.
—Que le den por culo al coche —dije en voz alta, oyéndome un matrimonio, de ésos que parecen mimetizados, dos abrigos agarraditos del brazo, que pasaban, en aquel momento, por mi lado y así dándoles tema de conversación para un buen rato, mientras ella se giraba a mirarme, como si yo estuviera loca. Menos mal que no pude escuchar lo que decía aquella arpía, porque recuerdo que me sentía tan hastiada, que la hubiera contestado y, quizá, se hubiera liado una buena bronca, ya me imaginaba hasta al fiel esposo arreándome un helado bofetón, vamos, lo que me hubiera faltado.

Estaba nerviosa, me apetecía pasear, a ver si eso me relajaba algo, sabía que dejar mi coche allí supondría al día siguiente tener que madrugar algo más e irme en taxi o autobús, pero eso me importaba poco, necesitaba desconectar y no meterme en un atasco de hora punta que me terminara de poner histérica, así es que salté el alto peldaño del portal a la acera decidida a patear la oscura ciudad, ver gente, tiendas, hacer un poco de ejercicio, disfrutar de unos momentos de intimidad y, tal vez, comprar algo, sí, eso haría: comprar lo que fuera, mano de santo para mí. Descargar mis frustraciones, insatisfacciones y agobios a base de tarjetas de crédito, siempre había logrado ponerme de buen humor, aunque debería apurarme, me quedaban pocos minutos para hacerlo, ya que la mayoría de las tiendas cerraban a las ocho.

Mi primer reposte de energía fue en el kiosco de prensa de la esquina, adoraba esos tenderetes llenos de papel, texto y fotografías, tras husmear un poco, hojeando alguna nueva publicación, compré un par de revistas, una de historia y otra de decoración, un paquete de cigarrillos y seguí. Crucé la calzada y me metí por una calle estrecha y un tanto solitaria, como de pueblo tenebroso italiano, por sus muros desconchados e inquietantes ventanales de cortinas entreabiertas, que yo no recordaba haber recorrido nunca a pie. Una droguería, no, una taller de costura, no, una horrenda boutique de barrio, una zapatería, una panadería, tampoco, un letrero dorado al halo de dos lamparillas verduscas, como de bronce ajado: Antigüedades, ¡sí!, eso me apasionaba. Compañía Francesa de la China y el Oriente, leí, y sin pensármelo dos veces, entré, dispuesta a hacer un inventario rápido de aquella pequeña almoneda. Un tintineo de campanillas, como de final de acto sacramental y comienzo de otro, me acompañó en mi llegada. Cerré la puerta y saludé a nadie, porque es que no vi a nadie, tampoco es que se viera mucho, la verdad, dado el escaso alumbrado, y empecé a deambular solitaria entre camastros y poltronas de teca, tapizadas en sedas y brocados, biombos de caña y bambú y algún boureau de madera maciza, hasta llegar a una zona más despejada, si es que una tienda de esas exiguas proporciones, con tal apiñamiento y multiplicidad de objetos, pudiera considerarse como “despejada”, alguna vez. Eché una ojeada rápida al conjunto y decidí continuar mi periplo fondeando en la esquina más misteriosa y recóndita del local. Entonces los vi reflejados en aquel lienzo pardo, de formas arabescas, que cubría la pared: dos cuerpecillos simétricos a modo de magníficas sombras chinescas, distorsionadas por un quinqué llameando tembloroso. Bajé la mirada, buscando el objeto de tales sombras, y ahí estaban ellos, dos figuras de porcelana, con forma de sirvientes chinos, o malayos, o tailandeses, pensé, porque mientras cogía uno y lo observaba en mi mano, me di cuenta de que a pesar de lucir una larga trenza negra a modo de cabello recogido, que le recorría toda la espalda hasta el inicio de las piernas, y que hubiera hecho suponer que se trataba de un hombrecillo de raza china, sus ojos no eran nada rasgados, su nariz era más bien puntiaguda y su piel, cetrina, a tono de aceituna malagueña. Parecían una mezcla de razas, yo no entendía mucho de etnias, pero hubiera jurado que eran medio indios, medio chinos, quizá de la Polinesia o algún sitio así… yo qué sabía… igual que cuando los toqué, y rasqué un poco con mi uña, sí me di cuenta de que no eran de porcelana, sino de madera policromada, seguramente de teca, por lo oscura que era la base inferior que lucía sin teñir. Madera muy bien pulida y perfectamente pintada, envejecida, no sé si por la pátina del tiempo o por algún betún de Judea. Yo había pintado algo, hacía años, y usaba ese acabado para matizar, aunque no consideré que en un negocio de antigüedades, como se presentaba aquel comercio, pudieran vender trabajos manuales como los que yo hice en su día.

La estancia estaba muy oscura y casi no se distinguían los colores, así es que me acerqué al pequeño candil con ambas figuras en las manos, agachándome, para estudiarlas detenidamente. Las comparé, eran casi idénticas, aunque una ligeramente más alta que la otra, pero apenas imperceptible, una tenía la carita quizá más ancha y la expresión más dura, un poco sólo, tal vez por los trazos del perfilado. Se trataba de dos sirvientes, o eso parecían, de una palma y pico mía de altos y muy esbeltos, delgados, hieráticos, de ojos fijos al frente y ambos con los brazos en ángulo recto y las palmas de las manos extendidas hacia arriba, como en acto de ofrecimiento, portadores de sendas bandejas redondas negras, sobre las que se apoyaban dos cuenquitos de cristal transparente, también redondos, con dos velas achatadas naranjas en su interior. Las figurillas hacían función de candelabros. Ambos serecillos vestían una especie de kimono largo, hasta las rodillas, de escote doble y cruzado, entallado a su cuerpo, verde musgo, bordado con motivos florales en oro, sobre un pantalón marrón, estrecho y tobillero, medias blancas y zapato oriental negro. A los dos les cubría la cabeza un gorro rojo, como una boina ajustada desde la frente a la nuca, estampado con letras doradas chinas y rematado en su coronilla por una pequeña borlita, roja también. Ese birrete, de perfil, parecería una teta gruesa y su borla el pezón erecto, pensé. Me hizo gracia, yo siempre con esas ideas tan mías, hasta en esta siniestra tiendecita, que daba para pocos excesos humorísticos, la verdad.

No podía parar de mirar la expresión de esas dos caras, tan rígidas, tan inexpresivas y, al tiempo, tan enigmáticas, como de respeto traicionado, como de ocultar un gran secreto. Una fuerza extraña me atrajo hacia ellos desde el primer instante, quizá ese servilismo que mostraban en su postura, ese protocolo, ya era hora de que alguien me sirviera a mí, me dije, y me los imaginé postrados ante mí, yo como una gran señora, su princesa, sin mirarme al rostro, trayéndome agua con nenúfares o flores de loto flotando en sus recipientes, para mi aseo personal y mi deleite, o tal vez un plato exquisito a base de arroz, verduras y caza, o tal vez… la cabeza sesgada de algún traidor… Aquellos misterios me fascinaban, la verdad, aunque nunca lo reconociera porque me daban escalofríos, y dejé de dar vueltas a esas fantasías para centrarme en el tema práctico: sabía que quedarían ideales en ese ambiente medio hindú, medio oriental, que intentaba dar a mi apartamento. Ya los veía presidiendo alguna cena, entre aquellas copas de cristal de colores que acababa de adquirir en mi viaje a Marrakesh, los bajoplatos sudafricanos que me regaló mi hermana Sara y ese mantel de satén rosa y verde que, curiosamente, había encontrado en el mercadillo central de Salzburgo. Sí, darían un toque ecléctico. ¡Perfectos!

—Buenas tardes —me sacó de aquellos pensamientos de decoradora aficionada una voz a mis espaldas.
—Buenas noches —contesté por inercia, girándome, aún en cuclillas, y descubriendo, entre las sombras, detrás de mí, a una señora ya mayor, elegante y menuda—. Estaba viendo estas figuras —añadí, a modo de disculpa por haberlas movido de su sitio.
—¡Ah! Sí, las recibimos el mes pasado, junto con otras reliquias. Yo no soy aquí la más entendida, mi marido le podrá decir, pero creo que son de los mares del sur o Tailandia o… —dijo la señora, muy amable, acercándose más a la débil luz, bajo la que yo me encontraba.
—Siam, querida, Siam —interrumpió una temblorosa y ronca voz masculina—, bueno, en realidad es lo mismo, Siam pasó a llamarse Tailandia en 1939, pero esas efigies representan a dos criados siameses, no porque estén unidos por sus cuerpos, como puede usted apreciar, sino porque son originarios de allá —me explicó mientras asomaba de la penumbra aquel anciano, de pelo blanco y gafas caídas, enjuto y fibroso también, como su mujer—. Son unas piezas de una calidad extraordinaria, de coleccionista casi… es más, se los considera con ciertos poderes que…
—Me gustan y ya —le corté seca, levantándome y mirándolos de nuevo—. Yo no creo en poderes ni en historias —mentí—. Si me los llevo es porque me han encantado nada más verlos, nada más —dije contundente.
—Está bien, señorita, como usted desee —repuso él—. Yo sólo quería…
—Ya, ya… —atajé. No estaba yo para rollos históricos ni cuentos chinos, y nunca mejor dicho, pensé—. ¿Y cuánto dice que cuestan?
—¿Los dos o uno sólo? —preguntó.
—¡Pues cada uno! —este anciano ya me estaba hartando con tanto dar vueltas al asunto, y eso que no le había dejado apenas hablar.
—Uhmm… a ver… —titubeó, consultando una pequeña etiqueta en la base de uno de ellos, que a mí, hacía un momento, me había parecido indescifrable del todo—. No son caros, trescientos euros cada uno, pero… —y reaccionando al ver mi expresión de asombro— llévese la pareja, hágame el favor, y se los dejo en cuatrocientos cincuenta euros los dos.
—¡Uf! Me parece un poco caro. Me llevo sólo uno —dije.
—¡No! —respondió él de una forma que no pude comprender, desmesurado, brusco, como asustado, sobresaltándome a mí del grito que dio—. No —repitió ahora más sereno—, bueno… no… es que yo… bueno… llévese ambos, se lo ruego, deben permanecer juntos. Se los rebajo a trescientos euros los dos, pero no los separe.

La mujer le miraba con la misma cara de extrañeza que la mía, a cuento de qué esa rebaja tan exagerada, a cuento de qué tanto misterio, entonces ella argumentó que era una buena oportunidad, que sí, que sería una pena separar a la pareja, que me quedarían divinos en una mesa bien puesta o en las mesillas de noche, a ambos lados de una gran cama, o en el recibidor o donde fuera, cosa que me agradó, porque ella y yo hablábamos el mismo idioma, en cambio, a ese viejo no había quién lo entendiera. “¿Deben permanecer juntos?”, había dicho, ¿cómo que “deben”? ¿y dejármelos a mitad de precio sólo por no separarlos? En fin, pensé, estará “chocheando”. Los valoré una vez más, la verdad es que me habían encandilado, casi hechizándome, y yo estaba todo el día trabajando como una esclava y no solía tampoco gastarme mucho dinero en nada, pues ya era hora de darse un capricho, me autojustifiqué. Así es que le pedí que me los embalara bien, que me los llevaría, pagué al anticuario, que ya parecía aliviado tras mi decisión, y me fui con ellos. Con los dos siameses.

Cuando llegué a casa, después de aquella caminata y con mis dos estatuillas bajo el brazo, me sentía como nueva. Las saqué de su caja, desenvolviéndolas con cuidado del papel de seda que las protegía, y, acariciándolas, las coloqué en la mesa alta del recibidor, junto a unas fotos mías y una pila de libros. Después, las observé durante un rato, alejándome, satisfecha.

Esa noche venían nuestros mejores amigos, Juan e Inés, y ya era tarde, así es que me dispuse rápido a preparar la cena. Haría coliflor a la crema, que les encantaba. Abrí la nevera para sacar la coliflor, cuando lo estaba haciendo me di cuenta de que esa nevera estaba rebosante, qué extraño, tan llena, si casi me hubiera tocado hacer la compra ya, y ahí pude ver que, detrás de la primera coliflor, había otra. ¿Dos coliflores? Esto sí que era raro… Yo juraría que sólo había comprado una el otro día… bueno, no sé… No le di mayor importancia.

La cena transcurrió con normalidad, con música de fondo, una amena charla de amigos y un buen vino, a la luz de las velas de mis nuevos candelabros con forma de sirvientes, muy elogiados, por cierto, por Inesita, pero nada por Juan y Hugo, mi marido, que, como de costumbre, exagerando, dijeron que eran repulsivos, que parecían pequeños seres demoníacos.

Al terminarse uno de los discos, me levanté a cambiarlo. Pondré algo más suave, me dije, y tras un rápido vistazo al montón de “cedés”, cogí una de mis últimas adquisiciones.
—¿Qué vas a poner? —me dijo Inés, acercándose por la espalda.
—Frank Sinatra.
—Toma, aquí está —y levantando la mano, lo alcanzó de la estantería.
—¡Si ya lo tengo…! —le respondí yo, enseñándoselo.
—¡Andá! pues tienes dos discos iguales de Frank Sinatra…
—Qué curioso… —los escruté, meditando—. Sí. Es el mismo… Será de Hugo. ¡Cariño! —alcé la voz para que me oyera—, ¿tú has comprado algún disco de Frank Sinatra?
—¿Yo? ¿De ese mafioso cantando con voz de pastelero?... ¡Ni loco! —contestó.
Inés se echó a reír y se fue con ambas carátulas a reunirse con los hombres, entonces todos bromearon acerca de “flan sin nata”, que así le llamaban, acerca de mi mala memoria y acerca de si me sobraba o no el dinero y mi curiosa forma de gastarlo. Yo no le di importancia, tampoco esto la tenía, aunque me vino a la mente mi repleta nevera sin sentido, la coliflor y los dos siameses, no sé el porqué.

Cuando se fueron, me sentía tremendamente cansada, volvían a invadirme esas ganas de vomitar, que ya hasta empezaban a preocuparme en serio, pero me apetecía leer un rato antes de ir a dormir, entonces oí que Hugo debía estar en nuestra habitación poniéndose el pijama, así es que le pedí, por favor, que me trajera mis gafas, que estaban en el cajón de mi mesilla.
—Sí, cariño, ya voy ¿cuáles?
—¿Cómo que cuáles?
—Es que hay dos.
—¡No van a ser las de sol, coño, Hugo! —le respondí ya un tanto alterada—. Pues las de ver, lógicamente, amor —le expliqué, suavizando el tono.
—Aquí las tienes —dijo, tendiéndomelas—, pero que sepas que había dos.
—Vale, como quieras —corté el tema, distraída, mientras me recostaba en el sillón y abría el libro.

A la mañana siguiente, me levanté más temprano de lo normal, por mi condenado coche abandonado en la ciudad, pero, antes de irme, sonó el timbre. Qué raro, tan pronto. Era Lucila, nuestra asistenta de turno. Mi casa parecía ya la “onu” de tanta nacionalidad en el servicio que había pasado por ahí. Ésta era filipina y “artista”, según se definía ella misma. Yo aquel día, ya a esas horas, tenía poca paciencia, mucha prisa y ninguna gana de hablar, además Hugo me había entretenido un montón porque me hizo curarle un par de cortes que se había hecho al preparar las tostadas del desayuno. Para colmo, me acababa de telefonear Inés pidiéndome que, por favor, pasara con el taxi a buscarla porque las ruedas delanteras del coche de Juan habían aparecido rajadas, sin explicación alguna, porque estaba en el garaje, y él se había ido a trabajar en el coche de ella. Demasiadas cosas para ser las siete y media de la mañana, me parecían ya.
Al abrir la puerta, Lucila, que sólo se enteraba de lo que le daba la gana, se fijó de inmediato.
—Pero ¡Qué maravilla, señora! ¿Esto es nuevo? —dijo, agarrando por los pies una de las figuras de los siameses.
—Sí, tenga cuidado. No las rompa.
—¡Uy! ¡Por supuesto! Tendré cuidado al quitarles el polvo.
—No tienen polvo, eso negro es de antiguo, mejor déjelas.
—Vaya… son antiguas…¡Qué bonitas! Parecen de mi tierra… Y digo yo que serán muy valiosas…
—Sí, mucho, muchísimo —exageré—, adiós, Lucila, me he de ir —respondí molesta por tener que darle tantas explicaciones. Además, Lucila ya me tenía hasta las narices, era holgazana como ella sola y, en cuanto yo me daba la vuelta, se dedicaba a tumbarse en mi sofá, ver mi televisión, comerse mi chocolate y beberse mi coca-cola y, luego, yo llegaba y me llevaban los demonios al encontrarme papeles de plata y botellas vacías, eso sí, colocadito todo en su sitio, como si nada. Las asistentas son como los noviazgos, pensaba yo, empiezas de buen rollo e intentando agradar y terminas abandonándote y aburrido hasta decir “basta” y me temo que ese “basta” no tardaría en llegar entre nosotras, vamos, que hoy no, porque no tenía tiempo, pero a Lucila le quedaba un telediario en mi casa.

Ese mes, nuestra vida hogareña transcurrió con una obsesiva Lucila intentando sacar un lustre —que nunca tendrían—, a los siameses del Siam, y yo medio enferma, tanto física, como emocionalmente, porque no paraban esas ganas de vomitar y tampoco paraba de observar fenómenos extraños a mi alrededor. Fenómenos extraños traducidos a que ya no es que empezara a sospechar, sino a estar plenamente segura de que en mi casa muchas cosas se duplicaban. Hugo decía que eso eran bobadas, que era yo, que estaba distraída y que compraba las cosas dos veces, sin darme cuenta, pero yo no era tonta, ni estaba ida, y comencé a atar cabos: la nevera llena de yogures de dos en dos, dos botes de mayonesa, dos docenas de huevos, la coliflor duplicada, los dos discos de Frank Sinatra, otros dos de Enya —que aparecieron más tarde—, mis dos pares de gafas —que Hugo tenía razón y no eran las de sol—; luego, ésa mañana, los dos cortes en el dedo de Hugo, las dos ruedas del coche de Juan —destrozadas en su propia casa—, dos batas mías de cachemire, idénticas, colgadas juntas, de pronto, en mi armario, dos cajas de galletas de jengibre, que sólo le gustaban a Lucila —de qué iba yo a comprarle dos—, dos almohadones de terciopelo burdeos —cuando sólo traje uno, porque no me cabía en la maleta, en mi escapada a Venecia—, dos maravillosas macetas de orquídeas en la cocina, cuatro zapatillas de ante color camel de Hugo —que en un principio eran dos, claro—; el doble de billetes en mi cartera cuando fui a sacar dinero al banco y me di cuenta de que llevaba bastante encima, sin yo saberlo…

Pero eso no fue lo peor, lo peor fueron esos dos clientes que perdió Hugo en un día, sus dos viajes de dos semanas —seguidos, uno tras otro— y yo sola, muerta de angustia y de malestar, porque, de verdad, que no me encontraba bien, no dormía, apenas comía y, cuando lo hacía, vomitaba; luego, lo peor fueron esas dos llamadas del médico de mi madre dándole cita para hacerle sendas radiografías porque le habían detectado, repentinamente, dos bultitos tanto en el intestino delgado, como en el grueso; yo también había ido al médico y aún esperaba los resultados de esos dos análisis, de sangre y de orina y estaba aterrada, me temía lo peor…; y lo peor fue también esa otitis que atacó a Juan, dejándole completamente sordo de ambos oídos y hasta tuvo que pedir una baja en el trabajo e Inés preocupadísima; esas dos goteras que, en cuestión de horas, una noche, descargaron todo el agua del diluvio del universo sobre el despacho de Hugo, dejándole todos sus archivadores inundados y cientos de papeles chapoteando, inservibles… y todo eso, todas esas rarezas y todos aquellos desastres desde que… —me invadía un terrible pánico sólo el hecho de pensarlo—: desde que compré aquellas estatuillas. Los dos siameses.

Los empecé a tener, más que manía, pavor. Así es que decidí guardarlos en dos cajas de zapatos, atadas con gruesas sogas, y bajarlos al desván del sótano, para olvidarme de ellos. Y que alguien me explique cómo, porque yo no lo sé, aparecían de nuevo a presentarse ahí, frente a mi vista, en pleno recibimiento. Llegué hasta a quitarle las llaves del trastero a Lucila, pensado que podía ser ella la rescatadora, pero no, aún así, los encerraba y volvían, como plantándome cara, rebelándose. Pensé en romperlos, astillándolos, o tirarlos a la basura o a la chimenea, pero ya me daban tanto miedo, que eso se manifestaba en insufrible respeto y ya no me atrevía ni a tocarlos. Un día, los cubrí con una tela, para no verlos, y la tela apareció al rato hecha harapos, desgarrada, en el suelo. Yo no era creyente de maleficios, o tal vez sí, no lo sé, pero el caso es que me parecía absurdo caer en ese juego paranoico. Recordaba constantemente las palabras del anticuario: “Se los considera con ciertos poderes… Deben permanecer juntos…deben permanecer juntos…”. Aquel hombre sabía algo que no me había contado porque yo no se lo permití, tampoco iba a ir a preguntárselo en aquellos momentos, me daba horror lo que me pudiera revelar. Así es que mi vida de objetos y circunstancias duplicadas continuó. Mejor no dar tanta importancia, resolví, lo mejor sería ignorarlos. Yo esperaba que así aquello parase. Y claro que paró, ¡y de qué manera!

Sucedió una tarde, al regresar del trabajo y pasar de largo por el hall, girada yo de lado, sin mirarlos, y encontrarme, en la cocina, una nota de Lucila, en ella se despedía, me decía que últimamente yo estaba insoportable y que sólo hacía que regañarla y que se iba, que no aguantaba más, que no me molestara en buscarla, que regresaba a Filipinas, con su familia, y que, aunque fuera casi final de mes y no la hubiera pagado, que no me preocupara por el dinero, que ya ella se lo había cobrado con creces… ¿Cómo? Ahí, primero me quedé parada, sintiendo una terrible descarga por todo mi ser, de auténtica alarma, lo que se dice terror, y mis pensamientos más sobrecogedores corrieron por mí aún más rápido de lo que yo lo hice hacia la entrada. Ahí estaba… un sirviente siamés, ¡sólo uno! Lucila se había llevado el otro porque yo aquel día le dije que eran valiosísimos, además ella sabía que últimamente no me gustaban nada. ¡Uno! Ella los había separado y ahora ¿qué podría suceder?
“Deben permanecer juntos…deben permanecer juntos…” —oí al anticuario, una y otra vez, una y otra vez, machacante, dentro de mis entrañas.
—¿Por qué? ¿Por qué siempre juntos? ¿Se acuerda de mí? Yo le compré hace un par de meses aquellos dos candelabros de los sirvientes del Siam. ¿Por qué usted me dijo eso? —le pregunté nada más llegar a la tienda, histérica, y agarrando a aquel viejo por las solapas de su áspera chaqueta de espiguilla gris, como mis presentimientos.
—Tranquilícese, por favor, señorita, y cuénteme lo qué ha pasado… —me contestó, quitándose mis manos de encima y apartándose un poco para ofrecerme asiento ante una mesa camilla con libros y una vela encendida y sentarse él también frente a mí.
Entonces le conté todo lo sucedido, mientras él me observaba sombrío, frotándose agitado, los ojos, la nariz, su escaso cabello, y agarrando con una mano, roja de puro apretada, un cuaderno negro, no muy antiguo.
—Verá, señorita… —empezó carraspeando, al finalizar yo.
—¡Señora! —dije, sin que viniera a cuento en tales circunstancias de tensión, el tratamiento que me confiriera.
—Perdón, señora —rectificó él—. Cuando usted me compró aquellas figuras, yo intenté contarle algo que yo sabía acerca de ellas, pero usted no me dejó, entonces desistí, pero lo que le iba a decir es que yo estoy convencido de que esos sirvientes son una especie de geniecillos, que tienen poderes, que sólo actúan si su dueño cree en ellos y, usted, es obvio que me mintió, me dijo que no creía en esas historias, así es que yo me quedé tranquilo, si usted no creía, ellos no se manifestarían, y así quedó el asunto, y comprenda que yo no quisiera insistir para no molestarla o, tal vez, inquietarla.

De pronto, empecé a hallarme indispuesta de nuevo, esas nauseas, esas ganas de devolver y un sudor cálido y pegajoso por mi frente y mi labio superior, me hacían sentir mareadísima, esa debilidad…, pero no dije nada. Acababa de recoger los resultados del médico y éste me tranquilizó afirmando que todo aquello era normal, que, tras un tiempo y algún tratamiento para aliviarlo, todo se acabaría. Supongo que el anticuario me debió observar pálida, como yo a él, y más ante la frágil luz de aquel ya gastado cirio, pero no era para menos, ante lo que me estaba narrando, aquella horrible noche.

Las figuras no sabían fecharlas ni ubicarlas con exactitud, aunque aquel anciano entendido me confesó que él no consideraba que se tratara de las originales, que sí eran unas réplicas perfectas, tal vez del siglo XIX, utilizadas, hasta nuestros días, en las ceremonias rituales similares a las ancestrales, pero que no serían tan baratas si fueran un tesoro así, a no ser que alguien intentara deshacerse rápido de ellas —que también podía darse el caso—. Eran calcos de unas estatuillas extraviadas que él databa en el mil doscientos y pico, en pleno siglo XIII, y, como yo ya sabía, en Siam. Me contó que, con toda probabilidad, representaran a dos esclavos siervos de la tribu Thai, quizá pertenecientes a algún ajuar funerario. Sabía que habían tenido varios dueños y que, por unas causas u otras, habían ido pasando de mano en mano, hasta que las compró un marchante de arte que moriría en extrañísimas circunstancias, nada más y nada menos que de dos infartos consecutivos, mientras conducía su automóvil, perdiendo el control de éste y siendo arrollado por dos camiones que circulaban en sentidos opuestos, aplastándolo en medio, tras un choque frontal entre ellos —me narró.

—En el diario del marchante —indicó a continuación, mostrándome el pequeño libro que tenía en sus manos— se pueden leer las conclusiones a las que éste llegó, mire: “Estas esculturas —leyó el anciano en voz muy baja, como de confesión, susurrante— tienen terribles facultades, son de carácter retorcido y caprichoso, tanto con sus dueños como con los enseres de sus dueños. Si uno es de su agrado, no le harán daño alguno, sólo ligeras travesuras. Les gusta jugar y juegan adueñándose de las pertenencias de sus amos, pero al tratarse de dos, y ser de naturaleza en extremo celosa, aquello con lo que se encaprichen lo multiplicarán, para poseer siempre una unidad cada uno.” —Levantando la mirada, cerró el libro—. Pueden ser de lo más absurdo —continuó diciendo—, como usted ha podido comprobar, esos caprichos pueden ir desde una coliflor, a unas gafas, pasando por un almohadón o unos yogures, pero… —y ahí se quitó sus lentes con parsimonia y con gesto realmente preocupado— pueden llegar también a la desmesura, como el hecho de multiplicar dinero, como acto positivo; pero si usted les insulta, les trata mal o notan algún tipo de animadversión hacia ellos, se mostrarán malévolos y crueles sin medida, bueno —corrigió—, algo de medida sí, porque siempre mantienen sus pautas de duplicidad, al ser dos, cada uno con su propia e idéntica venganza, como las ruedas destrozadas de su amigo, las dos goteras del despacho de su marido —que ya me ha contado usted que ambos, tanto su marido, como su amigo, los rechazaron—, o… la posible y descomedida represalia con los dos quistes de su madre… ¿Su madre los vio alguna vez? ¿Qué opinión tenía de ellos?
—Sí los vio —respondí, recordando—, y me impresionó su exagerada reacción ante ellos, los aborreció desde un primer momento, dijo que eran feos, exactamente los llamó “enanos chinos grotescos”, y, casi como en actitud paranoica, dijo que no le daban buenas vibraciones, que los apartara de su vista. Mi madre no es muy culta, pero sí muy religiosa y otras creencias o culturas demasiado lejanas para ella son tema tabú. Me rogó que me deshiciera de ellos cuanto antes.
—¿Ve? —afirmó—. Eso es. Por otra parte, ahora usted me cuenta que uno de ellos ha sido sustraído por la doncella.
—Sí, se lo ha llevado, dice en su nota que a Filipinas, pero yo no sé su dirección de allá, ni nada, sólo su nombre y primer apellido: Lucila Siguro.
—¡Pues búsquela, vaya a la policía, a la embajada, al consulado, donde sea…! Búsquela inmediatamente para que le devuelva su estatuilla, porque estoy seguro de que cada uno de esos enrevesados seres intentará llevarse consigo lo que considere que le pertenece, y el problema es que nuestra imaginación no es capaz de predecir de lo que han podido apropiarse durante este tiempo de convivencia entre ustedes —dijo, con expresión siniestra y grave.
—¿A qué se refiere? ¡Diga! ¿A qué?—me levanté aterrada, incorporándome sobre el anciano y chillándole frenéticamente.
—Usted encuentre la pieza que falta, con urgencia —dijo frío, a modo de emisario—. Hasta ahora ellos han duplicado lo que les apetecía del entorno y sólo existía una unidad; que desaparezca el segundo par de gafas, o el segundo batín, o un bote de mayonesa, no es problema. Lo tremendo puede ser que…
—¿Qué? ¡Esto es una locura! ¿Qué? ¿Qué pretende decirme? ¡Hable! —le grité, desesperada y conteniendo la respiración ante su, más que segura, espeluznante respuesta.
—Señora, piense: el siamés que se ha ido, intentará llevarse lo que él considere de su dominio, ya lo verá, irá desapareciendo todo lo duplicado hasta ahora, pero todos tenemos cosas dobles, en las que apenas reparamos, dos ojos, dos manos, dos piernas… eso ellos, en caso de haber querido poseerlo, no lo han tenido que duplicar… ¿lo entiende ahora? No sabemos hasta dónde su codicia puede llegar y, más ahora, que, con certeza, saben que usted los detesta.

Ahí me traspasó con violencia una terrible ráfaga de pánico, desde mis sienes al estómago, un brutal zumbido de tímpano a tímpano, un frío desesperanzador me caló cada músculo del cuerpo, me sentía irremediablemente supeditada a un inmerecido suplicio, mi vista se nubló de vértigo y lágrimas, viendo dos ancianos y cuatro brazos que se aproximaban a mí, andando indolentes, como sin atmósfera, y varios ecos que me preguntaban espantados “qué le sucede, qué le sucede, cede, cede…” y ahí cedí, cedí, sí, pero antes de poder caer al suelo, el anciano me alcanzó, sujetándome como pudo, por las axilas, y yo, de golpe, desestructurada entre su pecho y su cuello, pude también alcanzar sus ojos, revelándole en un balbuceo desesperado la esencia de mi horror:
—¡Dios! ayúdeme… se lo suplico… estoy embarazada de dos meses y… hoy… el doctor me ha confirmado que son…
—¿Qué le ocurre..? Dígame… ¿qué son? —pude aún escuchar a lo lejos.
— Dos. Son dos.

Y noté esa última “ese” en mi boca, asoladora hasta el vacío, como un chasquido de dientes, una riada de desaliento, arrastrándome con ella. Dios, dos…

______

Curso de Géneros Literarios.

Sexto ejercicio: El relato de miedo

Marta Sotillos

(Mayo, 2006)
Ilustración: Mathius Wilder (mi pseudónimo, a veces...).

servido por martamiraalrededor 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

karina

karina dijo

pork tienen k nacer asi es una ingustisia para el ser humano por eso me da mucha penita bueno bay bay y odia para la naturaleza mal usada

10 Junio 2006 | 03:51 AM

marisaab

marisaab dijo

muy bueno martuki, el título tendría que ser los siameses de siam, no?

27 Junio 2006 | 06:40 PM

Marta

Marta dijo

Marisaab, oyyyeeee, aquí ná de inventarse títulos ajenos!!! aunque he de reconocer que me gusta eso de los Siameses de Siam, pero es que es más importante en el relato lo del número "DOS", por eso lo metí en el título, shiquilla! (por cierto, ya sabrás que tú eres la Inés de mi relato ¿noooo???, jajajjaja, ¿recuerdas el día que encontré los dos discos de Frank Sinatra, cómo estaba yo de alucinada???, bueno, tú saliste ganando, que te quedaste con uno de ellos ¿ehhh??? No se te habrá reproducido de nuevo ¿no?).

Un besitooooo!

27 Junio 2006 | 08:39 PM

Los comentarios están cerrados


Sobre mí


free web counter
web counter

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner


www.flickr.com
Elementos de Marta mira alrededor... Ir a la galería de Marta mira alrededor...





 Search: 
 for    


Inches to Millimeters conversions
Enter Inches
Value in Millimeters


Page Graphics

Categorías

Amigos

Enlaces

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera