La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

19 Mayo 2006

Relato 26: Hacerlo, un verdadero placer

—Bueno, ¿qué os parece? —preguntó Oriol, sentándose en su puesto de cabecera en la gran mesa de juntas—. Va a ser así y creo que no hay más que hablar. Esto es nuestro, muchachos. La idea es cojonuda —añadió con la más retante de sus sonrisas, mientras enrollaba uno de los planos cargado de croquis a lápiz y anotaciones.

Aquel último término, ya distendido, provocó una algarabía general de comentarios y puestas en pie resolutas, de orgulloso gremio, y alguna que otra mirada directa al “jefe”, reafirmando auténtica complicidad. Oriol irradiaba pasión y eso él mismo se había encargado de contagiar a su equipo a lo largo de toda la propuesta. Se sentía como un líder de un ejército bárbaro y poderoso, arengando a sus tropas antes de la batalla. Todos a una, ése era el lema en aquel estudio de arquitectura que, gracias a su cabeza prodigiosa, estaba cosechando todos los premios y triunfos en un campo salvajemente competitivo y a nivel internacional.

Mientras se sucedían las felicitaciones y las palmaditas en la espalda, Oriol se sentía pletórico, aunque algo preocupado porque una idea fija le desafiaba en su cabeza, a modo de condición, sin la que, desde luego, todo lo anteriormente expuesto a “sus chicos” sería una enorme pérdida de tiempo, porque no podría ser de otra forma, porque tenía que ser ella y a él le asustaba su respuesta.

Cuando todos se fueron, se encerró en el despacho y marcó un número de teléfono en su móvil, pero no podía hacerlo, colgó rápido y se dirigió a por un vaso de agua a su baño privado, un pequeño aseo comunicado directamente con el resto de la estancia, llena de planos, maquetas y dibujos de edificios. Para intentar relajarse, él no sabía cómo ella iba a reaccionar, se tumbó en uno de aquellos sillones, dio un sorbo de agua y una exagerada bocanada aire de ansiedad y se dispuso a marcar de nuevo.

—¿Sí?— contestó, firme, una voz femenina.
—Hola, Tati ¿quién soy?
—Oriol…¿cómo estás? —con tono seco.
—Bien, bien, ¿cómo te va a ti?
—Perfectamente, gracias.
—¿Sigues enfadada conmigo?
—No —tajante—. ¿Estuve acaso alguna vez enfadada contigo?
—Pues sí. Eso creo.
—¡Ah! Pues no recuerdo —ahora cínica—. ¿Qué quieres?
—Tatiana…
—¿Qué?
—Quiero verte.
—¿Verme? ¿En qué sentido? ¿En el sentido bíblico o en el otro?
—Ja, ja, ja… Veo que sigues desplegando esa ironía tan sutil… ¡Ésta es mi niña! —. En ese momento, él se tranquilizó algo más, iban por buen camino.
—De “tu niña” nada, Oriol. No sé si recuerdas que lo nuestro se acabó hace tiempo.
—Lo nuestro no se acabará nunca y lo sabes —replicó ahora seguro—. Sólo te cabreaste conmigo por una bobada y punto.
—¿Una bobada dices? ¿Te parece una bobada el descubrir que, mientras te acostabas conmigo, lo hacías con otra zorra más?
—¡Ah!¿Te consideras una zorra acaso? —preguntó serio.
—¿Yooo? ¿Una zorra? —Tatiana estaba indignada, no podía dar crédito a lo que oía.
—No…—comenzó a explicar, conteniéndose la risa— como has dicho “otra zorra más”…
—Oriol, no tienes gracia. ¿A que te cuelgo? —lo amenazó ella.
—Ja, ja, ja. Perdón, perdón. Ya sé que no tengo gracia. Es que me lo has puesto a huevo, cariño… Tatiana —continuó, cambiando inmediatamente el tono—, sabes que no fue así. Tú me dejaste primero, enamorándote de ese imbécil.
—Lo de “ese imbécil”, como tú dices, fue después y te recuerdo que se llama Roger y que es mi marido.
—Ya, ya. El imbécil de tu marido, ya lo sé.
—Oriol, mira, estoy muy ocupada. ¿Me puedes decir para qué llamas? Dime ¿Qué es lo que quieres?
—Sexo —respondió para provocarla.
—Oriol Andrade: adiós. En serio, no puedo estar perdiendo el tiempo en absurdos.
—Qué poco sentido del humor tienes, “Tationcilla”.
—El que me queda después de que tú me robaras el resto.
—Vale, como quieras —contestó enfadado—. No te molesto más.
—¡No cuelgues! Dime qué querías.
—A ti, te quiero a ti. Quiero que poses para mí.
—¿Qué posé cómo?
—Desnuda.
—¡Eres la leche, Oriol! En serio. Yo alucino contigo.
—Pues creo que más vas a alucinar cuando te cuente de qué va el tema.
—Dispara.
—No, por teléfono no. Quiero verte.
—Está bien, ¿dónde?
—¿Comemos hoy? ¿Puedes, a las 2, donde siempre?
—Hoy no puedo. Tengo una comida con un cliente.
—Ok, ¿mañana entonces?
—Tampoco. ¡Estoy liadísima, Oriol!
—Entiendo —de nuevo, enfadado.
—¿Pero tú que te crees? ¿Qué estoy esperando a que suene el teléfono, sin hacer planes, por si se te ocurre llamarme para invitarme a comer?
—¿Y quién ha dicho que te vaya a invitar…?
—Ja, ja, ja… pero ¡qué rata eres!
—Uhmmm… ¡Bien!… Al menos he conseguido que te rías. Ten cuidado, pequeña, ya sabes que eso te desarma ante mí.
—Sí, lo llevas claro, que sepas que estoy blindada.
—Ja, ja, ja, ¿con ese sujetador de relleno tan “sensualmente acorazado” que te ponías siempre porque decías que te hacía el triple de pecho y también, de paso, hacía que yo no te pudiera meter mano y tocarte esas tetitas tan ricas? Uhmm…
—Eres idiota, niño. Y no digas “tetitas”, que pareces un viejo verde. Si estabas siempre tan salido no era mi culpa…
—Pues a mí me excita decir “tetitas” y “braguitas” y “coñito”, ¿qué pasa? Y recuerda lo que te gustaba que te llamara “perrita” o “mi guarrilla”.. ¿o acaso no?, así, todo en diminutivo. Y bien que disfrutabas con “este salido”. ¿Roger folla tan bien como yo?
—Deja en paz a Roger.
—Eso es un no. ¡Lo sabía!
—Tú sabes mucho, te crees el súper hombre, el súper todopoderoso…
—En la cama sí, no lo niegues. Ahora dirás que te lo pasabas mal con todos esos “jueguecitos” que te hacía…, bueno, y que tú me hacías a mí…—añadió, recalcando el “tú”.
—Pues no.
—Confiesa —le dijo él en tono firme, aunque cómplice.
—¡No!
—¡Que confieses, te he dicho!
—Vaaale, pero después cuelgas y me dejas trabajar, Oriol, ¡por Dios!
—Vale, hazlo. ¡Te lo ordeno! —siguió—. Hay que ver cómo te gustó siempre lo del sometimiento ¿eh?...sigues igual… ¡Uf! Tatiana, que me estás poniendo…
—¿El qué?
—La polla.
—Oriol, narices, ¡no seas tan bruto! Digo que qué quieres que haga…
—Que confieses que nadie te ha follado como yo.
—De acuerdo, tú ganas, lo confieso: Estuvo bien.
—¿Cómo que “bien”? ¿Sólo “bien”?
—Estuvo genial, Oriol, ¡maravilloso, brutal, sobrehumano…! ¿Contento así?
—Contentísimo, cariño. Me encanta oírtelo decir, como otras muchas cosas más…
—Bueno, Oriol, no te emociones, que te conozco. Si lo que pretendes es excitarte a mi costa, pues yo no puedo ahora, mejor llama al teléfono erótico y te haces ocho pajas.
—¡Qué bruta eres, amor! Pero eso ya es que me pone a doscientos… Siempre me calentó a lo bestia esa dualidad tuya, mezcla de niñita de colegio de monjas y minero de La Unión…
—Ja, ja, ja… ¡Te odio!
—Me amas.
—No.
—Lo sabes. Aún me amas y me deseas. Quiero penetrarte en este momento.
—Ori, para ya, en serio, he de irme.
—Vale, vale, ya te dejo. ¿Entonces has dicho que a las 8, en el Dylan?
—Bueno, lo intentaré. ¡Eres un pesado!
—Lo sé, mi niña, por eso te dejaré a ti arriba… Ya te imagino… uhmm… a horcajadas sobre mí, tus piernas abrazándome, tus desafiantes pechos y yo frente a frente, a ellos, de nuevo…
—¡Que no te hagas ilusiones, te digo!
—Y tú que no te blindes.
—¡Ay! ¿es que no puedes parar? Eres un obseso.
—Es broma, amor… o, quizás… no. Uhmm…como tú quieras. Un besazo, corazón. Hasta esta tarde.
—Hasta lueeego. —se despidió ella, simulando una paciencia infinita.

Oriol se dedicaba a la arquitectura como profesión y a la caza, en sus ratos libres, como verdadera pasión. Ahora, al colgar el teléfono, aún tumbado en aquel sofá, a solas, sintió que tenía la situación bajo control y, también bajo su cintura, pudo notar que ese cosquilleo, que había ido creciendo a lo largo de toda la conversación con Tatiana, se manifestaba en una fuerte erección. Era el mismo cosquilleo que le invadía cuando proyectaba un gran edificio y era también esa misma sensación la que le hacía temblar justo al ir a apretar el gatillo ante alguna de sus presas, cuando salía al monte. Ahora Tatiana sería de nuevo su presa y, más tarde o más temprano, caería, y él, como buen cazador que era, sabría esperar el momento oportuno. Fue entonces cuando empezó a fantasear con ella viéndola como una hembra de alguna codiciada especie, elegante y veloz, y él como el macho más enérgico y poderoso de la manada, ella rechazándole altiva y él persiguiéndola, ella resistiéndose y él acorralándola, ella sin aliento, ya sumisa, y él forzándola, montándola por detrás, por detrás…sí…así… fuerte, salvaje, atrayéndola vigoroso hacia él, agarrándola por el pelo, por los lomos, por donde fuera, y empujando una y otra vez, una y otra vez, con furor y cada vez más rabia, como un animal contra su culo. Su culo… y él abriendo su culo… Ese pensamiento le excitó enormemente y cerró los ojos para abandonarse a disfrutarlo, desabrochándose el cinturón y los botones de su pantalón y deslizando esa habilidosa mano diestra de creador entre los calzoncillos, encontrando su miembro, duro en extremo, de pura sangre, con todas aquellas venas hinchadas de deseo, casi a punto de salirse. El aumento de las caricias continuó pensando ya en nada. Él echaba mano de sus fantasías para iniciar aquellos momentos de onanismo, pero no para continuarlos. Cuando lo hacía con una mujer, sí se centraba en ella, y se imaginaba escenas, con protagonistas, encuentros y desenlaces, que solía poner en práctica para lograr un acto realmente sublime, pero siempre que lo hacía él solo, era así, sin aderezos, sólo al inicio. El resto, solo. Lo que se dice una relación directa de amor propio. Así de básico. Y así de rápido escupió en su mano y la cerró, disfrazándola de orificio, para adaptarla a su deseo, y entonces se frotó con fuerza de arriba abajo y otra vez de arriba y abajo y más y más… hasta que ya no pudo eso mismo: ya no pudo más. Y gimió agudo, desde sus entrañas, con expresión de dolor, un gemido de labios apretados, como si se tratara de un ventrílocuo herido, y lo que sudó fue adrenalina. Después, satisfecho y calmado, como buen hombre que era, automáticamente, se sintió, tal y como ella le decía, la leche, y se apretó con familiaridad, y en pinza, con el índice y el pulgar, la punta de su pene y, como si tal cosa -la única emergencia ahora era no salpicar nada-, se dirigió al baño y descargó parte de su virilidad sobrante por el inodoro. Aquello era lo más molesto de ese tema, odiaba tanto pringue, tenía que inventar algo, una sonda, algo, para evitar esos desenlaces tan… “viscosos”, pensó sonriendo, así es que abrió el grifo de la ducha y, bajo el agua, se sintió limpio y renovado. Mientras se remetía la camisa por el pantalón, ajustándose el cinturón ante el espejo, empezó a sonreír de nuevo, otra idea: ese juego simple y excitante entre ellos dos, pensó que a ella le divertiría, así es que agarró su móvil y escribió un mensaje:
Para: T. Giribet.
“Me acabo de masturbar diez veces seguidas pensando en ti…”
Lo envió.
Al momento, bip, bip, sonó su móvil. Un mensaje. Era ella. Lo sabía. Sonrió de nuevo, como un niño, pero de ojos de lince. Lo abrió nervioso y leyó:
De: T. Giribet.
“Ya serán menos Caperucitas, mi lobo”.

Él empezó a reírse a carcajadas y decidió seguir con el juego, no podía hacer otra cosa más que pensar en ella. Su compañera de los juegos más divertidos…
Para: T. Giribet.
“Te deseo, te deseo, te violo… y te vuelvo a desear”.

Bip, Bip. La respuesta.
De: T. Giribet.
“Eres un loco, estás enfermo, que lo sepas. Yo también te deseo, pero una pronta recuperación. Besos, Tati”.

—Ja, ja, ja, ¡Madre mía! —pensó—, esta mujer me va a matar, estoy otra vez…—y bajando la mirada— ¿empalmado?. ¡Uf, me tiene como un chaval! Cálmate, Oriol, cálmate, ahora la vas a ver —se dijo.

Sí, ella siempre había sido su compañera de juegos, de los juegos más divertidos… Entre Tatiana y Oriol no existían tabúes en cuestión de sexo ni de nada, jamás habían puesto límites ni prohibiciones en su relación. Le podía contar todo y ella a él, contarle sus deseos, sus fantasías más descabelladas, sugerirle o pedirle cualquier cosa, por muy obscena, escandalosa, depravada o chabacana que pareciera. Y se respetaban mutuamente, eso no tenía nada que ver, ambos eran educados y cultos, pero, cuando daba comienzo uno de sus encuentros amorosos, verdaderas embestidas, entonces todo valía, mientras los dos estuvieran de acuerdo, claro, y, generalmente, lo habían estado, porque ambos disfrutaban con el sexo, ambos poseían un carácter hedonista y sensual y entonces se entregaban a todos y en todos los sentidos. Y se buscaban, se veían y se olían, se tocaban, se atacaban y se oían gemir, se saboreaban y después se morían juntos, fundidos, para volver a resurgir, entre caricias y risas, y vuelta a empezar, pero siempre diferente, siempre sugestivo y de cortar la respiración y pararse uno frente a otro y mirarse en silencio y desearse de nuevo. Así fue su relación con ella, pura pasión, sincera y desinhibida… Y eso no era tan fácil de encontrar y, mucho menos, de dejar perder.

A las ocho menos cuarto, Oriol aparcaba su Saab descapotable azul marino frente a la puerta del bar Dylan, aquel bar que tanto frecuentaban juntos en otra época. Vestía un pantalón de pana beige, camisa de sport celeste, americana de lana virgen verde Loden y mocasines granates. Era un hombre guapo y él lo sabía, moreno, con alguna cana incipiente, alto y corpulento, de ojos pardos como la caza. A sus cuarenta y siete años era una mezcla peligrosa de sonrisa de chiquillo, en una boca realmente preciosa, vitalidad y empuje de joven, un cuerpo ágil, a base de tenis y natación semanales, y una clara experiencia en muchos terrenos, de pura madurez, que le conferían un aspecto impecable, todo ello aderezado por un creciente, y ya reconocido, incluso en las más altas esferas, prestigio en su carrera profesional como arquitecto, que le hacía pisar terrenos peligrosos con pies de verdadero aplomo.

Oriol entró en el bar, se acomodó en uno de lo sofás rinconeros del fondo y pidió al camarero un gin tonic. Al cabo de un momento aparecía ella, siempre puntual, extraño en una mujer, pensaba Oriol, y ahora se dirigía hacia él, con paso firme, rápido, mirada seria y media sonrisa en su boca. Él le sonrió también, aunque se sentía nervioso y pensó que ella era capaz de hacer que le pudiera temblar la voz. Y es que ella ejercía un poder sobre él del que nadie más era capaz . Y volvió a sentir el inicio de esa sensación medio burbujeante, pero esta vez que le bajaba por la espalda y le agarraba por las ingles, desde atrás.

Tatiana era una preciosidad de treinta años, hecha mujer. Sus facciones no eran perfectas, pero precisamente esa cara redondita, con hoyuelos al reír, ese pelo tan claro y demasiado rebelde, esa nariz un poco alargada y esos labios, quizá algo gruesos de más, unido a unos grandes y expectantes ojos casi transparentes, de puro claros, con su ceño tan a menudo fruncido, hacían que el conjunto fuera verdaderamente encantador. Conservaba su carita de niña, pero de sonrisa inteligente, medio irónica siempre. Era alta, fuerte y bien formada, aunque algo entrada en carnes, de pechos grandes, voluptuosa.

—Hola, Oriol, perdona —dijo con urgencia—, tengo que ir al baño ya.
—Bonito saludo… dame un beso, por lo menos.
—¡Ay, si! ¡No puedo más! Venga… —y le besó la mejilla.
—¿Tan rápido te has excitado que tienes que huir al baño ya? Ja, ja, ja.
—No seas tonto, vengo haciéndome pis. Cuídame el bolso, anda —y le lanzó una pequeña cartera de piel junto a una de sus miradas más infantiles y seductoras—. Ahora vuelvo.
—Venga, “meoncilla”, vete, corre…

Mientras Tatiana se dirigía al baño, Oriol la pasó revista, de arriba abajo y otra vez arriba, porque ese jersey rosa con escote en V dejaba entrever el inicio de sus voluminosas tetas y eso era algo a lo que él nunca se pudo resistir.
—¿Esta vez será producto del “blindaje” o natural? —se preguntó.
Al pensar eso, volvió a desearla por enésima vez en el día y se imaginó arrancándola en el baño ese pantalón blanco que llevaba, ese jersey tan sensual y se imaginó lanzando sus zapatos de tacón beiges contra el espejo, mientras la izaba muy húmeda sobre el lavabo y la penetraba frenéticamente, forzándola, y ella con toda su larga melena despeinada y gimiendo de placer, mientras él le pellizcaba con fuerza ambos pezones, para rechupárselos, baboseándolos luego, con verdadera glotonería….
—Va a ser que ella tiene razón y que estoy realmente enfermo —se dijo, casi en voz alta, mientras daba un gran trago a su copa. La fría ginebra en su garganta, le calmó algo.

Ella apareció de pronto, colocándose la ropa y peinándose con los dedos, como si realmente hubiera sucedido en ese baño lo que él acababa de imaginar. Su sonrisa también era amplia, como la que hubiera tenido después de…

—Ya —le interrumpió ella, como si leyera sus pensamientos, y se sentó frente a él, pidiendo al camarero una copa de vino blanco.
—¿Cómo estás, gordi? —le tendió una mano él para que ella se la cogiera.
—Tú lo has dicho: gordi.
—No estás gorda, amor. No empieces con eso. A mí me encantas así. Tus redondeces siempre me pusieron bruto, lo sabes. Además, aquí el entendido en proporciones soy yo.
—Pues una de tres: o estás miope, o eres un viejo verde o eres moro. Porque sólo a los abuelos y a los árabes les gustan gordas.
—Ja, ja, ja. Eres una boba, anda, ven, mi preciosa —dijo mientras la agarraba por ambas manos y la levantaba, atrayéndola hacia él y dándole un tierno beso en la frente.
—Hola, papi —susurró ella, irónica, ante ese gesto.
—Hola, amor mío —respondió él mimoso, acercándosela aún más, hasta abrazarla, intentando rozar sus pezones. La densidad delantera de ella acoplándose al tórax de él, a Oriol siempre le había parecido una pieza de ingeniería perfecta, de un acople extraordinario, o como un puzzle escultural de Botero, también pensaba. Y un latigazo, de nuevo, corrió provocante por su entrepierna.
—Bueno, dime ya de qué se trata, qué es eso tan interesante que no me podías contar por teléfono. ¿Para qué me necesitas? —cortó ella.
—Siempre te necesito, lo sabes.
—Pues tú dirás en qué puedo ayudarte, a ver, ¿qué quieres que haga esta vez?
—Uhmm… te veo sumisa ¿eh? —dijo él, pero ante la mirada de inicio de enfado de ella, continuó— Vale, ya, ya paro. Iré al grano. Me presento al concurso para el diseño del nuevo Museo de Arte Contemporáneo de Milán.
—¡Ah! ¿y quieres que te sirva los capuccinos mientras tú proyectas o qué?
—No. Quiero que te desnudes para mí, para mi edificio, mientras yo proyecto, sí. El Museo va a tener la forma de una mujer desnuda tumbada boca arriba. Y quiero que seas tú.
—¿Có-mo? Ja, ja, ja, ¡Tú estás como una cabra!
—Puede ser, pero te juro que lo haré y que voy a dejar al tribunal con la boca que no la van a poder cerrar en mucho tiempo. Y lo voy a ganar. Lo vamos a ganar.
—¿Y por qué yo? ¿No hay acaso tías que se dedican a posar para artistas? Pues contrátate a una de ésas...
—No. Esta idea se me ocurrió hace tiempo y fue precisamente pensando en ti. Tú lo inspiraste y tú lo harás. El Museo eres tú.
—¿Y si me niego?
—Pues si te niegas, será una putada para mí, porque no lo pienso hacer con ninguna otra mujer.
—Oriol, por favor…
—Por favor te lo pido yo, cariño. Ayúdame en esto.
—Está bien. Lo pensaré ¿Cuánto pagas?
—Ja, ja, ja. Lo que tú me pidas.
—Interesante… ¿Y qué tendría que hacer?
—Posar desnuda en la postura que yo te diga y cómo y donde yo te diga.
—Desde luego… No me extraña que seas famoso en tu carrera. Supongo que ahora lo que se llevan son esas ideas lunáticas… ya vi el casco de fenicio de Calatrava hecho auditorio en Valencia…
—Alucinante, sí. Pero en este caso, es una idea venusiana, amor —dijo posándole la mirada en la entrepierna, con descaro.
—Muy gracioso —respondió sacándole la lengua y cerrando las piernas, mientras se cubría con una mano.
—Uhmm… Adoro que me saques la lengua. Hazlo otra vez y te la como de un beso.
—Oriol, para. Estoy casada y feliz.
—Pues observo que no llevas anillo —le dijo Oriol, acariciándole el dedo anular, cuando ahora ella se disponía a dar un sorbo a su copa.
—No. Me hace daño.
—Ya, a mí también me hace daño.
—Pero si tú no estás casado…
—Por eso. Porque me hace daño.
—Muy sarcástico.
—Ja, ja, ja. Sí, los matrimonios suelen ser muy sarcásticos.
—No me refería a eso…
—¡Ah! ¿Te referías a los anillos? ¿Tú crees que puede haber anillos sarcásticos?
—Oriol…
—Dime, amor…
—Estás tonto.
—¡Y tú estás guapísima…!

En momentos como ése era cuando Oriol se convertía, a ojos de ella, en el ser más inteligente, gracioso y encantador que hubiera conocido jamás. Adoraba esas bobadas suyas tan agudas. Él sabía cómo hacerla reír, sí. Aunque ella se esforzaba en disimularlo para no demostrarle que seguía tan enganchada a ese pasado en común. Cuando su relación se rompió, ella sintió que él había dejado un vacío en su alma comparable al hueco de la escalera de un bloque de cien pisos… Y eso aún le dolía.

—Bueno ¿lo harás? ¿Ese silencio es un sí?—dijo él, volviendo al tema.
—Sí. Te ayudaré. No entiendo que tu edificio tenga que ser una señora y encima gorda, pero si tú quieres, para mí un honor tener un museo con mis formas. Lo bueno es que tendrá mucha capacidad para el público, ja, ja, ja, lo digo por mi volumen —rieron ambos con ganas y, cuando él hizo un gesto afirmativo, ella se enfurruñó diciéndole que una cosa es que lo dijera ella y otra que lo dijera él, le amenazó con no hacerlo y le advirtió que como se le ocurriera hacer algún comentario grosero al verla desnuda, que se iría y se quedaría sin modelo, a lo que él respondió que ella sabía perfectamente que él adoraba su cuerpo y que la había visto desnuda cientos de veces y que soñaba con volverlo a hacer. Ella le preguntó que dónde iban a realizar el trabajo, ya que él tenía dos estudios, uno en el centro y otro en las afueras, en plena montaña. Él la informó de que sería en el segundo, que habría más paz y más luz, que lo malo es que estaba a unos sesenta kilómetros de la ciudad y el ir y venir sería tedioso y dificultaría el trabajo. Entonces él le sugirió que dijera que se iba de viaje una semana, por temas de trabajo, ella era marchante de arte, y se escapara con él esos días, así avanzarían lo más posible, a lo que ella, en un primer momento dudó, para luego, ante los lógicos argumentos de él, pasar a considerarlo, hasta terminar accediendo. Él la llamaría a la semana siguiente, ya que aún estaban en pleno proceso de inscripción y tenía que acondicionar y limpiar el estudio, así como las habitaciones, y comprar material de dibujo y comida. Por último, al despedirse, él le dijo a ella que no se olvidara de un pequeño detalle, que se depilara, y ella le preguntó que si todo, todo, y él dijo que sí, que como una muñeca Nancy, imagen que a Oriol le hizo sufrir otro enérgico espasmo en aquella zona tan, últimamente más aún, sensible, ella se rió al verlo, porque lo vio así, porque se le notaba un gran abultamiento y andaba raro y se despidieron y al irle a besar en la mejilla, él giró la cara y ella le besó en la boca, ante lo que él se sintió feliz y ella fingió estar ofendidísima, para disimular cuánto le había gustado rozar sus labios de nuevo. Así es que se separaron, hasta dentro de muy poco.

Llegué tarde. Fue una semana de agobio total. Me llamaban desde Londres, París y Roma, mi móvil sonando sin parar, mensajes de Oriol, de Roger, de todos. No pude venir antes, creo que llego tres días después de lo previsto. Debe estar cabreado conmigo. Durante el camino he intentado relajarme, pero estoy histérica, arrastro toda la ansiedad de estos días y, además, el reencontrarme con él, en esta situación, me pone nerviosísima. Cuando me lo contó, me quedé seca, pero la verdad es que la idea es maravillosa y creativa y me parece de lo más excitante posar para él. Me veo gordísima, pero me da igual, quizá se trate de hacer una venus de la fecundidad, además me va a venir la regla y me siento hinchada y dolorida. Mis labios no pueden estar más carnosos, ni mis tetas más inflamadas e hipersensibles. También es cierto que siempre, justo antes de cada menstruación, me noto una subida de la libido bestial. Estoy peligrosa, lo sé. Mira, me da lo mismo, que pase lo que tenga que pasar y punto. Creo que nos vamos a juntar el hambre y las ganas de comer. Pues, que sea lo que Dios quiera…

Ahora aparco el coche en la puerta de su cabaña. Está oscuro. Nadie me sale a recibir. Saco el bolsón con mi ropa del maletero. Llamo a la puerta y nada. La veo entreabierta y entro. Inspecciono la cocina y la primera habitación y nada. Llego al salón, todo está en tinieblas, menos unos flexos encendidos al fondo que dejan entrever una larga mesa vacía, me recuerda a los altares de los sacrificios antiguos, contrarrestando con un tablero de dibujo de última generación, planos por el suelo, libros, lápices, reglas, fotos de edificios, manuales… Se nota que ha habilitado todo para el trabajo, pero él no está. Dejo la bolsa en el suelo, me quito la chaqueta y estas sandalias que se me clavan y me hacen polvo, quedándome sólo con un ligero vestido de gasa verde estampado de florecitas, descalza, no sé si tengo frío así, me inclino distraída a mirar unos croquis, que me sorprenden por la decisión en sus trazos, el cuerpo desnudo de una mujer, recostada, abandonada, como en éxtasis, soy yo, y, de pronto, le veo aparecer, una fuerte sombra, los focos me ciegan. Oriol. Me salta el corazón por los pezones y me noto, ahora, húmeda. ¿Me habrá bajado la regla así, de pronto, al verle? No, lo que estoy es excitada.
—Has venido…—me susurra, sin que casi pueda llegar a oír mi nombre pronunciado.
—Sí, aquí estoy, perdóname. No pude…—intento disculparme, pero él se acerca a mí y me tapa la boca con su mano, su mano….esas manos que tanto adoro… su olor… Y me agarra por ambos brazos y me besa en la mejilla. Sé que quiere más, y yo también y me ablando, le deseo más que nunca, pero me aparta brusco y me mira entera.
—¿No crees que ya nos hemos retrasado bastante? —me empieza a regañar, enfadado.— ¿Crees que mi trabajo es un juego, Tatiana Giribet? ¡Pues no! Ya está bien, en serio. Me has hecho perder demasiado tiempo. Dilo ahora, de lo contrario, te vas inmediatamente y lo olvidamos: ¿Lo quieres hacer o no?
—No me hables así —respondo asustada.— Por favor… Oriol… Sí lo voy a hacer.
—Pues desnúdate. Ya estoy harto de tus tonterías. —Oriol enfadado me daba miedo. —¡Te digo que te desnudes! ¡Hazlo ya!

A punto de ponerme a llorar, quizá por la tensión acumulada en la semana, o por los días previos a sangrar, o tal vez porque no me esperaba ese recibimiento tan cruel, me desabrocho temblorosa uno a uno los botones delanteros de mi vestido y lo dejo caer suave al suelo, mientras él me observa.
—Entera — me ordena, impasible.
Me suelto el sujetador, sin mirarle, con pudor, y me bajo avergonzada las bragas. No, no mancho. Estoy helada y noto que mis pezones se endurecen aún más y también que mis pechos están a punto de estallar, de gruesos y de ganas de acercarse a él, de que me toque, me mime y me diga que no pasa nada, que tranquila. Le miro, no me quita ojo, serio. No sé lo que está pensando.
—Túmbate ahí —y me señala la gran mesa. Yo, obediente, me doy la vuelta, en silencio, para dirigirme hacia donde él dice, pero no veo mi ropa amontonada a mis pies y tropiezo y caigo en la alfombra de rodillas, contra una pila de libros, haciéndome daño al caer y de verdad que ya no puedo más y rompo a llorar, a cuatro patas, como un perro, tirada en el suelo, desnuda y llorando, cubriéndome la cara con las dos manos.

Entonces él corre hacia mí, me abraza por detrás, para intentar levantarme, retira como puede los libros, pero no me levanta, me tiende en el suelo, girándome, boca arriba, para observar si estoy herida.
—Tatiana, mi amor, mi tesoro, ¿te has hecho algo? ¡Tatiana! —grita a mi lado, asustado. —¿Dónde te has hecho daño? ¿Dónde te duele?—me explora, angustiado.
—No, no… no pasa nada… —respondo aún llorando, mientras él me abraza, me besa, retira el pelo de mi cara, acariciándome, ambos temblando.
—Te quiero, te quiero, perdóname, cielo…. Estaba enfadado contigo, por eso me he comportado así, perdóname… —me suplica.
—Estoy bien, amor —y le llamo “amor” y cuando me doy cuenta de eso, él me está besando, está casi sobre mí, levantándome la cara y arrullándome en sus brazos, acariciándome las mejillas, el cuello, limpiando con su mano mis lágrimas, y yo me siento segura y arropada por su peso, su calor, y deseo que nunca más se mueva de donde está y le busco y veo su mirada muy brillante, él también está a punto de llorar, nunca le había visto así, entonces beso su ojos y su boca y sus manos húmedas de mi lloro y le abrazo y quiero que seamos uno y le desabrocho el pantalón y le toco y siento crecer al hombre que es y me muero de las ganas de tenerle y sé que él también de tenerme a mí y se incorpora y, nervioso, se desnuda por abajo y veo su miembro, que me busca, perdido, loco, y con auténtica desesperación me encuentra y penetra en mí, fuerte, así, por delante, así… amor… sigue, más, más, más… necesito ser toda tuya…
—Tú eres mi museo en vivo, amor, muéstrame la entrada, todas tus entradas, quiero recorrerte entera… —me susurra al oído.
—Sí, todas… Ven aquí…— y me giro y le giro, cambiando de postura. Él es un pesado y tiene que estar debajo, recuerdo nuestra complicidad en ese momento y, sonriendo, le tumbo y deslizo mi boca húmeda entre sus piernas, rozando sus testículos, y se agita, y subo, y beso su pecho, bajando por el ombligo hasta alcanzar sus ingles, suaves, enervadas, que tiemblan, saboreándole en una larguísima caricia con mi lengua, con mis dientes, que ahora le lamen, que le muerden, y agarro su sexo, sin tragar saliva, y abro bien mi boca y le muestro otra entrada… y hago que entre y salga y vuelva a entrar… unas veces directo, otras en círculos… Volvemos a ser los mismos, nuestro juego… y esto sólo es el comienzo, entre nosotros, el trabajo puede esperar.

El Museo Tatiana de Arte Contemporáneo de Milán se proyectó, con no pocas interrupciones “de fuerza mayor”, según sus creadores, en otoño de 2006, en primavera de 2007 el jurado le otorgó el primer premio, obteniendo una inusitada resonancia a nivel mundial, de hecho, aún se pueden ver los originales de los bocetos y su desarrollo estructural en una exposición permanente organizada por el Museo Guggenheim de Nueva York, dado el carácter sorprendentemente vanguardista e innovador de la obra. Su construcción dio comienzo a mediados del verano de ese mismo año. Es un edificio orgánico, de una singularidad, una voluptuosidad y un realismo increíbles, capaces de dejar al mismísimo Frank Lloyd Wright o a don Antonio Gaudi, padres del naturalismo arquitectónico, absortos, hasta el punto de que un pequeño lago enmarca su frondosa entrada principal (Tatiana no te has depilado “toda” —ya se ocupó Oriol de reprenderla, entre risas, a lo que ella contestó que si no quería una mujer real) y cada mes, durante tres o cuatro días, de ese lago brotan unas sorprendentes fuentes de agua roja, a modo de menstruación, con dos grandes cúpulas de cristal que coronan el conjunto desde el otro extremo, representando los pechos femeninos, así como una gran cubierta en su zona central, que sólo una vez desde su inauguración, precisamente en estos momentos se puede disfrutar, y por un periodo de nueve meses, ha sido transformada, como si el propio edificio tuviera vida, arqueándose su estructura paulatinamente y en extremo y proyectando en su interior, por medio de gigantescas holografías, el desarrollo de la vida humana desde el inicio de una gestación, una verdadera obra de arte. Dos años han tardado en levantar a esta mujer tumbada. El proyecto Tatiana.

Cuando ahora le preguntan a su creador, el famosísimo arquitecto Oriol Andrade, cómo se le ocurrió semejante idea, él se limita a decir, mientras levanta y gira la cabeza, a través de los flashes de los fotógrafos y los micrófonos de los periodistas, buscando la mirada cómplice de una mujer que está al fondo de la sala, embarazada, donde se desarrolla la rueda de prensa en el nuevo Museo de Arte Contemporáneo de Milán: “Esto es y será lo mejor que me ha pasado en la vida. Lo de Tatiana fue un tema de profunda pasión personal, y hacerlo, les puedo asegurar, un verdadero placer”.

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Curso de Géneros Literarios.
Quinto ejercicio: Relato erótico.
Marta Sotillos
(Mayo, 2006)

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Guisantin

Guisantin dijo

Molan estos cursos!!

19 Mayo 2006 | 03:07 PM

KAROLA

KAROLA dijo

AHORA,,, SOLO LO MEDIO LEI,,, SE VE ESTA FUERTE BUENO,,,, DEBO TRABAJAR,,,,, PERO MER ENCANTO... HACE UN BUEN QUE NO LEIA ALGO ASI,,,,,,,,,,,EN LA NOCHE LOSEGUIRE LEYENDO,,,,,,,, PERO BUENO,,, FELICIDADES...............

8 Agosto 2006 | 06:16 PM

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