La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

12 Mayo 2006

Relato 25: Mi dorogaya, querida...

Estoy en una sala fría e impoluta. Creo que se trata de un laboratorio de ciencias, de simétricos azulejos verdes hasta el techo, mesas corridas llenas de informes, computadoras, cientos de tablas y gráficos rarísimos, impresoras que no cesan de escupir información un tanto abstracta en forma de sugerentes montañas y valles, archivadores, urnas de cristal con alguna que otra rata estúpida dentro, que se pasea por laberintos o intenta subir por ruedas que giran, otras con conejos abiertos en canal, los pobres, y en el centro yo, llena de tubos que me salen por ventosas, de la cabeza a las patas, en compañía de dos seres extraños, de edad bastante, por no decir muy, avanzada, de pelo gris y batas blancas, que parecen clones, sentados ante una pantalla y que no paran de cuchichear, creo que sobre mí, porque me miran intermitentemente por encima de sus gafas. Yo definiría la situación como futurista, pero más bien de película aburrida.

Yo me mantengo bastante tranquila, porque a pesar de que empiezo a estar harta, dada la pinta que tiene esto de ir a prolongarse, no me molestan demasiado estas correas con las que me sujetan erguida, sentada en un taburete alto, ni parece que estos dos “einsteins” quieran hacerme ningún daño. Allá ellos, que sigan perdiendo el tiempo, porque, lo que es de mí, no van a sacar nada de nada, y espero que, en cuanto hagan un par de comprobaciones de rigor, permitan que me vaya. Si no es así, pienso que tendré que tomar medidas, pero eso me delataría y prefiero no hacerlo, porque entonces ya sí que no salgo de aquí ni de broma. ¡Anda! Ahora aparece en esa pantalla grande una imagen que me suena de algo. Vamos, que se trata de mí, cosa que ya no me sorprende, que me he visto muchas veces retratada en todos los medios habidos y por haber, hasta en los sellos de los correos de Rumanía y países de ese tono. Me miro, qué jovencita estaba. Lo bueno es que no va a ser fácil que me identifiquen ahora, porque en todo este tiempo he cambiado mucho, tanto, tanto, que hasta creo que mi ADN ya no debe ser el mismo. Es lo que tiene el vivir lo que yo he vivido y cómo y dónde lo he vivido. Está claro que sospechan sobre quién soy, pero probablemente todo quede en dar unos cuantos palos de ciegos y descartarán la posibilidad de que yo sea la que creen. Demasiado insólita mi historia para ser cierta.

Tengo motivos para considerarme peculiar, no rara, sólo diferente. Bueno, en realidad, siempre lo he debido ser. Si no, ¿de qué me iban a elegir a mí en su día para protagonizar aquella misión tan… “especial”?

—¿Qué dice el escáner lingüístico-cerebral? ¿Usted logra descifrarlo? —oigo que le pregunta, de pronto, el más calvo al otro. Hablan en ruso. Lo entiendo perfectamente…
—Sí, sí, espere… Estoy empezando a recibir señales…

… Lo entiendo perfectamente, más que nada, porque yo nací rusa.

—¡Por todos los zares! ¡Lo tenemos! —salta de pronto torpemente el que “estaba empezando a recibir señales”—. Espere… ahora, ahora… Profesor, eche, por favor, el cierre de seguridad a esa puerta, —dice señalando con mano temblorosa la única salida de la estancia— no quiero que nadie nos interrumpa en estos momentos.

El que parece menos entendido en máquinas se levanta y gira una palanca que hace que, de un golpe, los goznes del portón suenen realmente a hermetismo. Ya estamos envasados al vacío, pienso. Como aquella vez…

Los observo en cada movimiento. Pero… pero… ¿qué se proponen conmigo? Estos abuelos, no me irán a… ¡guau!, no pretenderán…

—Ya está. Cerrada. Continúe, lea, por favor, dígame…
—La leo, la tengo… toda su memoria… la puedo descifrar. Su disco duro está cargado de información. Un momento… ¡Vamos allá! —grita el otro limpiándose con la manga su sudorosa frente arrugada, mientras se reacomoda en la silla, acercándose aún más al monitor—. Esto nos hará famosos ¿Lo entiende, profesor? Famosos… ¡Madre mía!
—La fama ya no me importa… ¡No diga estupideces! Me importa esto, ella… Siga, haga el favor, siga… ¿qué ve?

¡Joder! Me están… me están leyendo… No puede ser. Tengo que salir de aquí. Me revuelvo en la silla, intento desatarme, no puedo, no puedo… A causa del arnés que amarra mi mandíbula tampoco soy capaz de emitir sonido alguno, sólo algún vago gruñido. ¿Cómo voy a salir de ésta?

—Parece nerviosa… Tranquila, tranquila, bonita… no pasa nada… —me dice el que se hace llamar profesor con esa cara de… Esa cara… esas cejas repobladas… esa expresión grave y a la vez tierna… el caso es que no me es del todo desconocida… ¿Profesor? ¿Profesor de qué?... no sé… hace tiempo conocí a un muchacho, sí, nos hicimos amigos, los más amigos…, fue antes de que… lo recuerdo perfectamente... sí, se parece a él… se llamaba…

—Tranquila… —me vuelve a decir mientras me acaricia suavemente, despertándome de mis recuerdos y haciendo que, brusca, muy brusca, pase de la nostalgia a la indignación…

¿Tranquila? ¿Cómo que tranquila? ¡Si sois un par de viejos ambiciosos que me vais a robar de nuevo mi libertad! Ya una vez no os importó lo que me deparara el tremendo destino que algunos elegisteis para mí, pero yo logré salvar el pellejo sin que lo sospecharais ¿y ahora de nuevo? Me encontráis por casualidad ¿y pretendéis volver a intentar asesinarme? Que sepáis que si yo quisiera, podría soltar estas malditas cinchas y abalanzarme sobre los dos y destrozaros. Pero ¿a dónde voy? A ver, ¿a dónde? Estamos encerrados como en una caja fuerte. ¿Os mato? ¿Y después qué? No soy tan tonta. Eso sería mi condena segura. Tengo poderes que desconocéis. He visto otros mundos y he convivido con seres bastante más avanzados que todo lo que os podáis imaginar, con razas que respetan a los que vosotros llamáis animales, que los tratan de igual a igual e, incluso, los enseñan su filosofía, sus avances, sus poderes… Y he asimilado toda esa sabiduría y ahora mismo mi inteligencia supera a la de cien como vosotros juntos.

—Uhmmm… hay algún código erróneo, que provoca interferencias… A ver ahora… anulemos este baremo… A ver… ya…ya… dice…profesor, mire, dice…
“poderes que desconocéis… mi inteligencia supera a la de cien como vosotros jun… bip, bip, biiiiip…”.
—Pero ¡madre del amor hermoso, Igor! ¡Esto es lo más impresionante que he visto jamás! A ver, a ver… sigamos… ¿y si la dormimos?… quizá su propia actividad cerebral, al estar tan excitada, esté interfiriendo en la emisión de datos —señala el tal profesor, levantándose y desprecintando una especie de jeringuilla metálica, mientras se dirige hacia mí—. No pasa nada, no te vamos a hacer daño, ya verás, pequeña… mi dorogaya…

¡No! ¡No, por favor! ¡No me inyectes eso! Ya sé que eres tú, ahora estoy segura, nadie más me llamaba así, dorogaya, querida. Ha pasado mucho tiempo, ningún humano me trató jamás como tú lo hiciste, con ese amor y esa complicidad. Tú y yo, los mejores amigos, hasta que nos separaron… pero no me hagas esto ahora, por favor, no hagas que me descubran, sería mi fin. No puedes, ¡No! Ser… Y ahí no me dio tiempo a pensar nada más, porque de inmediato me vi sumergida en un profundo sopor.

—Mire en su historia reciente, últimas modificaciones…
—Si espere, profesor, no se altere, que nos va a dar algo... Ya. Bueno, —apunta al teclado, mientras revisa— esto que veo ya lo sabemos. Nos cuenta dónde y cómo la encontramos. Lo tiene archivado. Leo textualmente:
“Nairobi, Kenya. 2005. El pasado 9 de mayo, una perra callejera salvó la vida de un recién nacido después de encontrarlo abandonado en un bosque, llevándolo a través de kilómetros y haciéndolo pasar por una alambrada de púas, para depositarlo finalmente junto a unos cachorros que amamantaba otra perra, según han informado los testigos de los hechos. El bebé está bien, respondiendo al tratamiento. Se halla en condición estable tras recibir antibióticos —dijo a The Associated Press Hanna Gakuo, portavoz del Hospital Nacional Kenyatta—. El bebé ha recibido el nombre de Ángel. Esto ha sido un milagro —añadió”.
—Sí, es verdad, ¡un milagro! yo fue el ver su imagen en aquel periódico y pensar inmediatamente en ella… ¡era parecidísima! Han pasado cuarenta y ocho años, pero no la olvido… Yo entonces tenía veinticinco y estaba realmente entusiasmado con toda aquella misión, excepto con que se la llevaran a ella... ¿Usted qué edad tenía, Igor?
—Yo… uhmm… diecinueve, no, no, veinte. Entonces yo aún no trabajaba para la agencia y no llegué a conocerla. Pero ya le dije que no puede ser, profesor. Ella nació en 1954 porque el proyecto fue en el 57 y entonces contaba sólo tres años, entonces, ahora, en pleno 2005 superaría los cincuenta… Eso Usted bien sabe que no es posible…
—No sé si será posible o no y me importa una mierda lo que pueda ser o no posible, hace tiempo que soy capaz de creerme cualquier cosa, mientras yo lo vea con mis propios ojos, y yo le juro que vi con estos ojos muchas veces los de ella y eso, su mirada, jamás podré borrarla de mi mente. Y la tenemos delante ¿es que no lo ve? Si algo soy, como buen científico que me considero a estas alturas de mi ya extensa carrera, amigo mío, es buen observador y sé que no me equivoco, que estamos ante ella. Le digo que la conocía perfectamente y su aspecto ha podido cambiar, como el mío o el de Usted, pero hay cosas que permanecen y se lo voy a demostrar, ¡y dejémonos ya de pamplinas y de perder el tiempo con sandeces e intente dar con sus propiedades internas! Eso nos dirá de dónde viene y quién es. Propiedades avanzadas. Busque ahí…
—Su IPG está blindada, tiene un código de acceso encriptado. Esto es rarísimo. Nunca me encontré con algo semejante. Es algo fácil de descodificar en cualquier ser vivo.
—Pues desencríptelo, o desembróllelo, o como se diga. Para eso le he traído, ¿no cree? para que me solucione este tema. Usted es de los mejores en esto, pues demuéstremelo, ¡por la leche de todos los zorros esteparios, Igor, y dese prisa!.
—Vale, vale, profesor, no se impaciente, se lo ruego. Estoy en ello.
—Disculpe mi tono, estimado camarada, pero compréndalo. Si fuera ella… ella… la preciosidad que tanto me dolió perder, tantos años de culpabilidad por haber permitido que la sacrificaran así…, tantos años de dolor, esa terrible carga de conciencia… recuperarla ahora sería… Me parecería un sueño.
—Aquí está.
— ¿Ya? ¡Bravo!¿Y qué dice? Vamos…
—Siéntese, por favor, Sergei Nikolaievitch, creo que Usted estaba en lo cierto. Es ella. Transcribo:
“Me llamo Laika. Soy una perra de raza indefinida, lo que se dice un perro callejero. Nací en 1954 en Moscú. Mis dos primeros años de vida los dediqué a vagabundear por las calles hasta que en 1956 unos hombres me capturaron y me llevaron a un centro de investigación. Allí me alimentaban y el trato era bueno, vivíamos felices, pero eso pronto se acabaría cuando junto a dos de mis compañeras, Albina y Mushka, fui elegida para una extraña misión en el espacio, cuyo objetivo era investigar los rayos cósmicos y la radiación solar y analizar su temperatura y su presión. Durante un tiempo nos probaron y entrenaron, resultando yo la favorita para ser la primera en subirme a esa nave, cuyo nombre era Sputnik 2”.
—Lo sabía, lo sabía… —susurró el profesor, mientras le resbalaban una a una grandes lágrimas por su rostro.
—¡Dios mío! ¿Esa perra que tenemos ahí dormida es la famosísima Laika? No me lo puedo creer. Esto no puede ser…
—Lo es, Igor, lo es. No me pregunté el cómo ni el porqué, pero ahí está. Mi Laika…
—¿Cómo que “su” Laika, Sergei?
—Siga, se lo suplico, luego le contaré una historia y lo entenderá.
—Está bien, sigo:
“…cuyo nombre era Sputnik 2. Era una nave de forma redonda pero achatada en sus bordes, con el interior acolchado, supongo que para evitar golpes, y presurizado, eso lo repetían constantemente, les preocupaba mucho aquello de que la presión funcionara bien. Me subieron allí varias veces antes del día elegido. Y mientras me preparaban para la misión, designaron a uno de los científicos más jóvenes para que me cuidara. Se llamaba Sergei y pronto nos tomamos un gran cariño mutuo”.
—¿Lo entiende ahora, amigo mío? —preguntó el anciano profesor, más calmado.
—Profesor… yo… sí, ahora lo veo claro. Lo siento, de verdad. —dijo, posándole una mano en el hombro.
—Siga, siga. No interrumpo más hasta el final, se lo prometo. Quiero saber…
—Sí, veamos todo esto sin pausa, antes de que despierte y oponga resistencia en la transmisión sensorial:

“Sergei Nikolaievitch. No había un sitio donde yo fuera al que no me acompañara él, era joven y divertido, jugábamos constantemente, hasta los duros entrenamientos él los convertía en una fiesta para mí, haciendo que fuera más fácil el acostumbrarme al entorno que encontraría en mi viaje, como eran ese espacio reducido de la cápsula, los ruidos, vibraciones y posibles aceleraciones. Comíamos y dormíamos juntos, me bañaba, me acariciaba, y él me solía llamar dorogaya, querida. Y a mí eso me hacía feliz. Así pasaron los meses. Yo notaba a Sergei cada vez más preocupado, pero nunca me reveló la razón. Mientras, mi existencia era confiada, iba a ser la primera tripulante de una nave y eso, para el espíritu aventurero sin límites con el que nací, era todo un logro. Sé que Sergei se llegó a inventar hasta una supuesta enfermedad coronaria mía para que me sustituyeran por Albina, pero los electrocardiogramas le dijeron que desistiera de ello, que yo estaba sana y fuerte y que me subiría allí de todas todas.

Dos días antes del feliz viaje, Sergei fingió estar enfermo, lo sé, y no acudió a la gran cita. No quiso desearme un buen vuelo y nunca nos pudimos despedir. Su sustituto se encargaría de colocar por todo mi cuerpo una serie de electrodos, para controlar mis constantes vitales, y atarme a mi posición en la nave con un arnés especial. Me pusieron alimento y agua en el interior de la cabina.

En medio de una gran expectación, partí hacia no sé dónde. El despegue me asustó un poco, pero luego ya me calmé y comí y bebí agua mientras dormitaba de cuando en cuando. Tanto revuelo para tan poca emoción, pensaba yo, porque he de confesar que ese primer viaje cósmico fue de lo más tedioso. Sé que mantenía el contacto con la tierra, pero hubo un momento en el que todas aquellas voces cesaron y me sentí perdida.

En aquel silencio vagué por la galaxia unas dos o tres horas, hasta que, de pronto, pude notar un fuerte golpe en el exterior. Algo parecía haberse adosado a mi nave y ahora ese algo intentaba forzar la única entrada. Me aterroricé hasta que vi aparecer a unos seres medio transparentes, que sinuosamente empezaron a pasearse, como danzando, por la cabina. Su aspecto no era nada agresivo, al contrario, en su conjunto eran como un viento suave y tranquilizador. Tras unos instantes de incomprensión por ambas partes, parece ser que dieron con mi código lingüístico, eran extremadamente inteligentes y así me lo demostraron desde un primer momento. Mientras uno de ellos lo inspeccionaba todo, hasta mi comida, que, por cierto, luego me revelaría el hecho de que una de las raciones contenía en su composición altas dosis de un veneno mortal, con lo cual deduje que lo que pretendían mis lanzadores era matarme tras finalizar algún experimento, otros me desataron y de un abrazo etéreo me llevaron con ellos. Ahí abajo tuvieron la seguridad de que yo había muerto a los pocos días del lanzamiento y que, posteriormente, mi cuerpo se había quemado, junto con el Sputnik 2, el 14 de abril de 1958 cuando el cubículo entrara otra vez en contacto con la atmósfera. Pero no fue así. Yo estaba viva, fuera de la nave y fuera de peligro.

Con esos irisados y casi vaporosos seres conviví muchísimos años, casi hasta ahora. Eran afables y de una bondad infinita y sé que se dedicaron a estudiarme, sí, pero jamás me sentí molesta ni prisionera, muy al contrario, hicieron de mi vida algo realmente placentero y satisfactorio, en todos los sentidos. Me enseñaron sus costumbres, me adiestraron en el arte de la mente y sus secretos y me transmitieron una fuerza interna que fue creciendo día a día. Mi capacidad vital se multiplicó por cien y mi ser se transformó tanto física, como mentalmente. Con ellos tuve ocasión de conocer nuevos mundos, otras galaxias. Ellos eran una especie nómada y viajábamos sin descanso, visitando diferentes formas de vida, totalmente desconocidas e ininteligibles para la capacidad mental humana. Cuando hube alcanzado el grado de sabiduría y habilidad que consideraron apropiado para mi esencia, me comunicaron que debía abandonarlos y regresar a mi habitat, que no era deseable contradecir a la propia naturaleza y pasar más de un determinado tiempo fuera de ella. Así es que una noche caí en un plácido sueño y cuando desperté me encontraba en medio de un bosque, cerca de un pequeño atillo de ropa del cual emanaban gemidos. ¡Se trataba de un bebé humano! Parecía tener hambre y, ahora, mi misión era ponerlo a salvo, así es que sin pensar en aquella extraña situación ni por un momento, lo agarré como lo que soy. Una perra lanzada. Bueno, lanzada al espacio, sí, pero ¿qué más daba eso ante semejante emergencia? Yo aún tenía ese alma de heroína que los de la Agencia Espacial Soviética me había inculcado bien y, ya que ellos no me permitieron ni demostrarlo, ahora había llegado mi momento”.

—¡Uf! —respiró el profesor Sergei, mientras se levantaba de su asiento, estirándose con libertad, como si hubiera permanecido años doblado, dolorido, por un gran peso aplastante.
—Madre mía! ¡Qué aventura! ¡Esta perra! —contestó el tal Igor—. ¿Qué vamos a hacer ahora con ella? Laika… ¡Inaudito!
—Nada, no vamos a hacer nada.
—Pero, profesor, ¿Usted se imagina la resonancia a nivel mundial que conllevaría este descubrimiento?, que Laika vive, que nosotros hemos dado con ella… Eso nos daría la fama…
—No.
—¿Me puede explicar que significa ese “no”?
—A mí no me hable en ese tono, se lo ruego. No significa no. Y punto. Aquí nadie va a contar nada y lo que vamos a hacer es desatar a esta perrita en cuanto se despierte y la vamos a dejar en libertad.
—No lo consentiré… ¡No! ¡Esto es demasiado importante para mí! Tengo ya sesenta y ocho años y soy joven aún y esto supondría mi gloria científica —respondió levantándose y plantando cara al profesor.
—Sí lo consentirá —le respondió el profesor con calma—. Yo tengo setenta y tres años, soy un anciano y estoy enfermo, sí, como lo oye, y en fase terminal, un cáncer ¿le suena esa palabra?, con una metástasis galopante, justo el objeto de mis estudios y desvelos a lo largo de toda mi carrera científica. Será que me he aproximado demasiado a él y sabe que, por fin, lo tengo acorralado y ha decidido atacarme y quitarme de en medio rápido, antes de que yo pueda combatirlo totalmente.
—¿De qué está hablando? ¿Quiere decirme que Usted… que Usted ha descubierto…?
—Sí, señor. Exactamente eso es lo que le estoy afirmando. Durante casi cincuenta años, y como bien sabe, he dedicado mi soledad y mis conocimientos al estudio de la mutación de las células cancerígenas ante entornos luminiscentes aeroespaciales y he dado con una vía que, estoy convencido de que no será, sino que es, el principio del fin de esta tremenda enfermedad, aunque le parezca increíble.
—Pero…
—No hay “peros” que valgan. Le propongo un trato que no podrá rechazar. Escúcheme bien…

Un hombre ya anciano conduce una pequeña furgoneta Volga rusa a través de un sendero que bordea un bosque donde nace un lago. Junto a él, en el asiento del copiloto, va dormido un perro. El hombre se muestra satisfecho y, en su mirada, se refleja la paz, mientras tararea una conocida y agridulce canción de la posguerra soviética que habla de compañeros y reencuentros.

—La próxima vez que despiertes, estarás en otro mundo, Laika, mi querida perrita, pero esta vez conmigo. Todos estos años me sentí terriblemente solo sin ti y me encerré en la ciencia. Algo realmente bueno he sacado de todo ello, ésa es la verdad. Lo que sí es mentira es lo que le dije a ese cretino. Tengo cáncer, pero no tan terminal. Además, ahora, será el propio Igor Alexándrovich, gracias a “su descubrimiento”, el que hará posible mi recuperación y, quizá, me dé algunos años más de vida. La fama sí que es una enfermedad incurable, tesoro, que te asfixia lentamente, te lo puedo asegurar. Yo no quiero eso y supongo que tú tampoco. Aún podemos recuperar algo de nuestro tiempo arrebatado y disfrutar como hace cuarenta y ocho años, ya lo verás, te recompensaré por todo lo que te hicimos pasar, te lo prometo, mi dorogaya, querida…

_________

Curso de Géneros Literarios.
Cuarto ejercicio: Novela de aventuras.
Marta Sotillos
(Mayo, 2006).

servido por martamiraalrededor 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

El Neumococo Chochiflán

El Neumococo Chochiflán dijo

Nunca la frase "¡Qué vida más perra!" me había parecido tan falsa como después de leer tu cuento.

Una vez más es fabuloso. Es un placer inmenso leerte.

Saludos bacterianos.

18 Mayo 2006 | 02:29 AM

Caminante

Caminante dijo

Tienes una capacidad de fabular realmente impesionante. No solo lo digo por este Marta, por todos!!!

18 Mayo 2006 | 09:49 PM

Marta

Marta dijo

Gracias a ambos!!!
Me gusta que os gusten mis "incursiones" literarias... Yo me divierto muchísimo, la verdad...
un abrazo!!

Marta

21 Mayo 2006 | 11:42 AM

Los comentarios están cerrados


Sobre mí


free web counter
web counter

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner


www.flickr.com
Elementos de Marta mira alrededor... Ir a la galería de Marta mira alrededor...





 Search: 
 for    


Inches to Millimeters conversions
Enter Inches
Value in Millimeters


Page Graphics

Categorías

Amigos

Enlaces

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera