La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

30 Abril 2006

Relato 24: Quien realmente fui

A mí nadie me dijo que él estaba aquí, acechante, que cuidado, que podía encontrármelo. Nadie. Y ahora, cuando he aprendido a fuerza de los años y los golpes, ahora ya es, y ni siento decirlo, demasiado tarde.

Mi vida ha sido un puro teatro de principio a final. No he expirado aún, pero hace años que estoy muerta. Yo di el primer paso inconscientemente hacia un terrible y quizá merecido escarmiento que me llevaría a la agonía y Él, su sentencia, y luego ellos, con esa mezquina crueldad, que jamás entendió de la debilidad humana, que ella misma supura por cada una de sus llagas, se encargaron de rematarme a base de risas y desprecio.

Ahora mismo me mantengo en pie, respiro, tengo frío, hambre, estoy agotada, necesito acurrucarme en cualquier oscuro rincón para dormitar un rato, pero ni siquiera un momento de descanso me está permitido, pareciera que vivo, pero ya queda poco dentro de mí. Recuerdos, vísceras y un vertiginoso vacío, que sólo intuirlo, provocaría náuseas de pavor al más valiente de los guerreros. Ni siquiera me siento demasiado prisionera del mero cuerpo que soy porque casi ya no siento nada, desde que se me murió el alma.

Nací en 1579, en Acumulo, región de Abruzzo, en pleno talón de Italia, el entorno más parecido a un buen sueño que el hombre haya podido jamás ni siquiera plasmar en el más onírico de los escritos, entre colinas, montañas y una flora rara e intensa, regada por las aguas azul zafiro del mar Adriático. Un valle donde la tierra se encargaba de que no nos faltara el alimento, buenas gentes, alegría y, sobre todo, paz, apartados de todos los vaivenes que azotaban a Europa por aquella época. Un mundo próspero y sin peligros, realmente creado a la medida de mi apellido paterno: Ventura. Mis progenitores a lo largo de su sencilla pero afortunada vida se habían amado con una ceguera tal que de esa pasión hecha carne brotó una niña bellísima y sana, de piel suave y nívea como su madre, de carácter bondadoso aunque inquieto como su padre, que poco a poco se fue transformando en una altivez y una arrogancia como la de nadie. Yo. Era un 25 de octubre, de ahí que me bautizaran Magdalena. Magdalena Ventura, la futura mujer más deseada y admirada de la comarca y alrededores. Mi infancia y juventud transcurrieron entre el amor, los mimos y los elogios de los míos, los generosos dones con los que me halagaba la naturaleza, cada vez más evidentes en mis facciones y mi cuerpo, la envidia que despertaba ante todas las jóvenes que me rodeaban y mi soberbia creciente entre espejos, peines y abalorios.

Esa luz tan intensa me ciega, me duele la espalda y las rodillas y tengo los brazos casi dormidos de este peso que no soporto. Me tienen mirando al frente, sin pestañear. Estoy entumecida. Le huelo. Continúa a mi lado, hace años que está ahí, un rostro mortecino vigilándome en la oscuridad. No le odio porque no puedo y porque, además, sé que él ha sido un simple peón, un objeto en manos del mal. Ambos aún lo somos.

—Ya somos viejos, cariño, tu madre y yo nos hacemos ancianos y… —me dijo mi padre cuando cumplí veinticinco años— deberías pensar en casarte y formar una familia. Nosotros pronto te faltaremos.

—¡No!. ¡No me pienso casar con ninguno de esos imbéciles de la aldea, padre! —le respondí— y le ruego que no me vuelva a mencionar más este tema. Sé que estoy predestinada a algo más, más gloria, dinero, fama… ¿Acaso no ve mi belleza? ¿Cree que mi suave piel está hecha para fregar y destrozarme en el campo, pariendo hijos y limpiando mierda?
—Pero, hija mía… —dijo mi madre, intentando que entrara en razón.
—No, madre, ¡olvídese!. —la interrumpí—. Sé que algún día aparecerá el hombre que cambiará mi vida. Un caballero fascinante y de posición que se enamorará de mí y me llevará con él. Lejos, muy lejos. Y seré condesa o duquesa… famosa… seré famosa y todos querrán venir a verme y mi marido me presentará a príncipes y a reyes, para que todos puedan gozar de mi extraordinaria presencia… jajajajaj… ya lo verá…— me fui riendo a carcajadas, satisfecha y contoneándome, ante la preocupada mirada de mis padres.

Recuerdo perfectamente ese día, porque mi pequeño y vanidoso discurso fue premonitorio. En un futuro se cumpliría cada palabra pronunciada por mí. ¡Vaya si se cumpliría!

Y pasaron los años, gocé de los veintiséis, los veintiocho, los treinta… Y yo, Magdalena Ventura, cada vez más hermosa, cada vez más endiosada.

La semana anterior a mi treinta y dos cumpleaños, mi padre me llamó:

—Tesoro, siéntate. He de comentarte algo importante. ¿Recuerdas aquel cochero que vino hace días? Era un correo del mismísimo Virrey de Nápoles, uno de sus pajes, que traía una misiva. Aquí la tengo. Tómala —dijo mientras me tendía un pequeño pergamino enrollado—. En ella nos ruega que aceptemos su invitación a un acto que celebrará la semana que viene en casa del Comendador. Dice que ha llegado a sus oídos que en Abruzzo habitan doncellas cuya belleza supera todo lo inimaginable y ha invitado a cada una de las muchachas en edad casadera de la región, junto a sus familias. Quiere conoceros.

Me quedé helada por un instante y entonces lo vi claro.

—¡Padre, padre, lo que quiere es conocerme a mí! ¡Yo soy la más linda! ¿no lo ve? —respondí emocionada, dando un salto del asiento—. ¡Madre, venga, corra, madre! ¡Tenemos que organizarlo todo! ¡Dios mío! ¿Qué me pondré?
—Ándate con ojo, mi amor —me susurró mi padre, acariciándome el pelo—, dicen que ese hombre es el mismísimo demonio…, como todos los gobernantes que vienen de España… crueles y déspotas hasta la saciedad…
—¡Tonterías, padre! ¡Me casaré con él! Lo sé. ¿Qué título ostenta? —pregunté, apartando la mano de mi padre y atusándome mi larga y sedosa cabellera negra.
—Se trata del Conde de Lemos, Virrey de Nápoles.
—¡Condesa, virreina! ¡Virgen Santa! ¡Madre, voy a ser condesa y virreina! —gritaba yo—. ¿Y qué día dice que viene? ¡Padre, dígame…!
—El 25. El día de tu treinta y dos cumpleaños, hija mía.

Esa semana anterior al encuentro, mi casa fue un hervidero de actividad. Mi madre bordaba y cosía, sin importar que cayera la noche, ayudada de la escasa luz de un fanal, quedándose ciega, un vestido en gasa color marfil para mí. Yo también estaba cada vez más ciega, pero de pura ambición y pedantería. Mi madre tenía unas manos prodigiosas y me confeccionó un vestido que ya muchas princesas querrían para su ajuar, entallado a mi precioso pecho, de generoso escote y corte imperio, adornado con una gran capa dorada y púrpura, los colores de la enseña de mi futuro esposo. Había que sorprenderle. Aunque entre mis planes no estaba el caer rendida a sus pies desde un primer momento. Yo era demasiado orgullosa para eso, además él sabría usar bien la espada y las artes de la guerra, pero yo usaba como nadie otras armas de dama capaces de demoler caballos y hasta torres. Le pensaba hacer sufrir. Le volvería loco de deseo.

Entonces ni yo podía imaginarme los límites a los que ese ser podía llegar. Si hubiera escuchado a mi querido padre…

El día del encuentro fue algo único. Previamente yo me había dispuesto tal y como me sentía: una novia de alcurnia. Dormí buenas horas la noche anterior e hice dieta a base de jugos de frutas para depurar, froté mis labios con piedra de pizarra y les apliqué aceite de olivo, blanqueé mis dientes con lana gruesa y sal, eliminé algún pelillo molesto de la comisura de mi labio superior con un cortahilos mientras limpiaba mi piel en profundidad, embadurnándola primero en barro y luego, una vez aclarada, en miel de romero, lavé mi pelo con huevo y limón y me sumergí divina en un baño de agua de rosas. Más tarde perfumaría todo mi cuerpo con esencia de azahar y recogería mi precioso pelo con una redecilla, formando un moño alto y suelto, que dejaría escapar ingenuamente algunos bucles sobre mi pecho. Cuando me vestí y e hice acto de presencia ante mis padres tan resplandecientemente bella, pude ver cómo a mi padre le asomaban las lágrimas en sus cansados ojos y cómo apretó la mano de mi madre. Él lo sabía y me lo advirtió. “Dicen que ese hombre es el mismísimo diablo”. Y yo no quise escucharle. Ciega y sorda. Así estaba. Ahora, muerta.

¿Cuándo terminará este suplicio?, me pregunto. Si intento moverme, me gritan como a un animal y hasta son capaces de castigarme severamente. ¡Malditos! No puedo más. Me voy a caer al suelo de fatiga. Ya mi cuerpo no es joven y padezco de los riñones. ¿Y si tengo ganas de orinar? ¿Qué hago? Llevo horas en esta postura, de pie, inmóvil, sin comer ni beber. El olor de él es nauseabundo, como siempre, y encima esa grasa maloliente con que ese pequeño español hace sus mezclas… Me agobia este pelo, estos ropajes, me angustia todo ya… Lo único que me salva en esta situación son mis recuerdos, mis recuerdos…. Los narro en mi mente como una historia más y no me hacen sufrir. Sólo me duele el cuerpo.

Pues tal y como estaba previsto, el 25 de octubre de 1611, el día de mi treinta y dos cumpleaños, tuve el honor de conocer al virrey Don Pedro Fernández de Castro Portugal y Andrade, Conde de Lemos. El honor y la desgracia, pero entonces yo eso no lo sabía, aunque no tardaría mucho en descubrirlo. Y, como era de esperar, en cuanto me vio él supo perfectamente a quién se referían las lenguas relatoras de la belleza existente en nuestra región. Esa noche no tuvo ojos más que para posarlos en mí, en los míos, en mi boca, en mis senos y hasta, pude notar, en mi alma. Esa primera noche, y sólo con besarme la mano, una ráfaga de desasosiego recorrió todo mi cuerpo, como una descarga, me sentí poseída por él y, por primera vez en mi vida, supe lo que era el temor. A partir de ese día, sus visitas a la aldea se hicieron constantes. No me invitaba, me sentía raptada y no permitía ni que un momento me encontrara yo a solas con nadie. Me convirtió en su prisionera. Fueron pasando los meses y comencé a sentir una especie de pánico envuelto en asco hacia su presencia. Era desalmado, fiero, brutal, se ensañaba con sus súbditos y los trataba con absoluta atrocidad. Demostró disfrutar con el sadismo a unos niveles insospechados y esas risotadas excesivas que le desdibujaban el rostro, convirtiéndole en un auténtico engendro. Yo le temía, pero nunca consentí que me besara ni bajaría la guardia ante sus continuos envistes amorosos.

—Tú eres mía y de nadie más. ¿Lo has entendido, Magdalena? —me decía amenazante—. Yo te amo y jamás permitiré que nadie te toque. Si no accedes a ser poseída por mí, te prometo, te juro ¿lo oyes bien? Te juro que no serás de ningún otro hombre.

Y yo lloraba en silencio. Me alejó de mis padres, recluyéndome en un monasterio cerca de Nápoles. Y el pavor y la honda tristeza que me invadían fueron apagando mi cara y mi cuerpo, y la piel empezó a tornárseme macilenta y mi mata de pelo a desprenderse a hebras, hasta despejarme patéticamente la frente a causa de unas grandes entradas de ya más que incipiente calvicie. Y ordenó a uno de sus sirvientes que me vigilara, que no me dejara sola ni un momento, ni siquiera para hacer mis necesidades fisiológicas. Es esa sombra que me acompaña siempre. Ese ser trágico, aunque ya conmovedor, que no se ha vuelto a separar de mí en veinte años.

Entonces tracé un plan para acabar con todo. Gracias a la necesidad por ganar algún dinero del hermano menor de una de las novicias, en una de sus visitas, le hablé y cerré con él un trato: si me conseguía algún tipo de veneno mortal, lo que fuera, yo no entendía de eso, lo que fuera, pero de propiedades capaces de matar a un caballo, yo le recompensaría con una buena cantidad de liras, que mi padre me entregó al partir. Y así fue. No sé por qué medios lo consiguió aquel muchacho, pero el caso es que lo hizo y a la semana yo ya escondía en mi celda un frasco con un líquido violáceo listo para su uso. Cuando un día llegó Don Pedro a hostigarme de nuevo, más que a otra cosa, yo me torné amable y complaciente con él y accedí a que por fin me besara. Fue meter su enorme lengua casi hasta mi garganta y cayó desplomado. Yo me había untado todo el interior de la boca con parafina líquida, que me quemó, pero al enfriarse eso se convirtió en una coraza dura y protectora. Entonces pude introducirme aquel mortal ungüento y fue rozarlo él y provocarle un trastorno interno definitivo. Pero antes de exhalar su último aliento, como despedida me escupió las siguientes palabras:

—Magdalena Ventura, eres un monstruo disfrazado de ángel y yo conjuro al infierno, para que a partir de ahora, tu apariencia física refleje lo que realmente eres…
—Lo siento, ya poco vas a poder hacer… —le respondí al oído, confiada.
—Desconoces mi poder, ramera, has de saber que esto no acaba conmigo, sólo con un cuerpo terrenal que un día poseí…—y tras arañarme temblorosamente la cara con sus garras, sufrió una brutal convulsión y ya no volvió a respirar.

Ahí fue cuando supe que aquel espíritu, en extremo inhumano, se trataba realmente del mismísimo Satanás. Mi pobre padre... Si yo le hubiera hecho caso…

Estábamos en 1616, y a mis treinta y siete años de edad, aún vital aunque no poco ajada de tanto pesar, la maldición de aquella bestia empezó a destruirme de inmediato. En cuestión de pocas lunas, y primero en forma de pelusa, un vello denso usurpó todo mi cuerpo, como si hubiera nacido varón, pómulos, bigote, cuello, pecho, manos… una abundante barba se apoderó de mi rostro, como la maraña de una hierba trepadora devasta y entierra las flores. Los intentos de poner remedio a tal desconcierto de la naturaleza resultaron inútiles. En aquella labor de poda conté con la ayuda de mi carcelero, Severino, el vigilante a las órdenes del maligno, que poco a poco, y no con el roce, que nunca hubo entre nosotros, pero sí con respirar el mismo espacio, creo me tomó cierta especie de anormal cariño. Si esquilábamos aquella maleza, ella rebrotaba con una fragosidad y un espesor renovados. Acometimos la lucha una y cientos de veces, hasta que dicho castigo pudo más que yo, y mis ánimos y mi alma cayeron sangrando, rendidos de muerte. Mi desgracia era definitiva.

A Don Pedro le sustituyó en el virreinato otro Don Pedro, pero éste de Téllez-Girón, que vino pronto a visitarme. No se dignó emitir palabra alguna, pero al clavar su mirada en la mía, supe, de inmediato, que era él. Había regresado.

No duró mucho en el puesto, porque mi odio se encargó raudo y por estrangulamiento de poner fin a sus funciones, tanto políticas como físicas. Al segundo Don Pedro le reemplazó Don Gaspar de Borja y Velasco, y a ése no le di ni la oportunidad de esbozar sonrisa alguna ante mi aspecto, ya que finó casi a la entrada del convento tras protagonizar un siniestro accidente: descendiendo del carruaje con el pie izquierdo, resbaló a causa de un emplasto de cera virgen que alguien olvidó en medio del patio al lustrar los suelos de mármol, desnucándose contra uno de los herrajes de su propia escalerilla.

A Don Gaspar le siguió Don Antonio Zapata, también muerto en extrañas circunstancias, y a éste Don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont de Navarra, duque de Alba, que como todos los duques de Alba sí demostró sin tapujos y ante el mundo entero que él era el mismísimo demonio.

Todos, todos los que se sentaron en el trono del Virreinato de Nápoles, a partir de aquel mortal beso, eran él. Lucifer reencarnado. Y a todos ayudé a pasar a mejor vida.

Ahora me encuentro aquí, en Nápoles, pasa lento, como una pesadilla, 1631, Severino y yo salimos hace unos meses de nuestro retiro por órdenes del actual virrey, Don Fernando Afán de Ribera y Enríquez, duque de Alcalá y, como sus antecesores, príncipe de las tinieblas. Tengo cincuenta y dos años y ahora el dañino ha decidido que me conviene pasear, ver gente y que me vean, y que se queden absortos observando mi trastorno y que se mofen y me ridiculicen, como lo harían con un simio de espectáculo circense. Me trae, me lleva y me luce a su antojo, ante el pueblo, ante príncipes y reyes. Soy famosa. No importa, también soy vieja, estoy enferma y esto va a llegar a su fin con no demasiada tardanza. Pero él no va a permitir que las cosas se queden como si nada hubiera pasado a mi muerte. Por eso estoy tan hastiada, porque llevo horas, días, no sé, ya he perdido la cuenta, de pié, posando, inerte, porque él ha ordenado que me inmortalicen en un lienzo y es precisamente eso lo que, en estos momentos, está perpetrando ese españolito, el tal José de Ribera, un hombre ciertamente tenebroso, que intenta asimilar como puede el hecho de que tan espesa barba caiga en cascada sobre el pecho de una mujer, y que sopesa aturdido mi esperpéntico volumen, mis luces y mis sombras, físicamente un bufón de mucho cuidado, aunque yo no soy quién para juzgar y he de reconocerle cierta habilidad con las manos y con la lengua, al mantenerla quieta, en silencio.

A mi derecha está Severino, presto, oigo su carrasposa respiración y no puedo dejar de notar su hedor, aunque ya familiar. En el centro yo, monumental en mi enjundia y vellosidad. Me han obligado a descubrirme un seno. Él mismo, Don Fernando, me lo ha extraído del corsé, lascivo y sonriendo de maldad y ahora nos escruta desde el frente. Para potenciar, si es que es posible aún más, el efecto grotesco de la escena, me hacen abrazar a un bebé, que no sé ni de quién es, tal vez de alguna de las doncellas con el propio señor. Creo que en la chanza quieren que parezca que lo he engendrado yo. Lo sostengo, acercando su boca a mi pezón, como si lo estuviera amamantando, y el niño chupa y me muerde, porque tiene hambre, pero no obtiene alimento alguno, ni nunca lo hará. Mi pecho, todo mi ser, está hinchado, parece relleno de algo, pero hace tiempo que se secó y en él reina el más absoluto de los vacíos. A mi izquierda un poyete de piedra sobre el que hay una escudilla con pan y moho. No entiendo el significado que buscan dar. Quizá que este antro parezca un hogar y Severino, el niño y yo una familia. Bonita mofa.

Sí, obsérvame, cabrón. Dijiste que si no era tuya, no sería de nadie más. Te equivocas. Precisamente ahora, con este testimonio de mi desgracia en manos de un pintor ya afamado, y que si el pigmento es bueno hará que perdure por los siglos, yo seré de todos, me mirarán y hasta estudiarán con admiración y quizá con algo de ternura, aunque es difícil que nadie llegue a saber jamás quien realmente fui.

________

Curso de Géneros Literarios.

Tercer ejercicio: Género histórico.

Marta Sotillos.
(Abril, 2006)

servido por martamiraalrededor 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

sssss

sssss dijo

Hola Sotillos,
Tu relato Nº 24...sobrecogedor, más que el propio cuadro, tan extraño.

7 Mayo 2006 | 10:15 AM

El Neumococo Chochiflán

El Neumococo Chochiflán dijo

Me han entrado escalofríos Marta. Sugestivo hasta niveles insospechados.

Saludos bacterianos.

9 Mayo 2006 | 01:33 AM

Marta

Marta dijo

Gracias. Era un ejercicio de escritura sobre ese cuadro. Yo hasta he tomado cariño a Magdalena Ventura...
Un beso no barbudo ¿eh?
Marta.

9 Mayo 2006 | 02:14 AM

Los comentarios están cerrados


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