La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

25 Abril 2006

Relato 23: Benetton no sabe.


-¿Por qué no te callas de una puñetera vez, negro de mierda? –me interrumpió con un claro y afilado desprecio, del que sólo él era capaz.

Ese blanco me odiaba, como muchos blancos odian a los de color, simplemente porque sí. Pero yo no me iba a quedar callado, permitiendo que me pisoteara como otras veces. Yo no era Kunta Kinte, ni esto era Raíces. Y los negros hace tiempo que adquirimos los mismos derechos que los blancos y si no, que se lo pregunten a la guerra ésa de secesión y en qué quedó el asunto…

-Vaya, vaya, ya estamos con el desteñido... –le respondí con mi rabia contenida envuelta en sorna-. Mira, especie de criatura ilógica, yo quizá sea “un negro de mierda”, como tú dices, pero por lo menos pinto algo en esta historia ¿Lo sabes, verdad? Sé que eres un resentido, pero te entiendo, amigo, tranquilo, porque es que lo tuyo debe ser muy doloroso… Eso de que te consideren un cero a la izquierda, en un grupo tan creativo como éste, debe dar su buena rabia...

Tengo que empezar diciendo que formo parte de un grupo con aspecto de bien avenido, pero que la realidad es muy distinta, que entre nosotros no nos llevamos muy allá desde que nos conocemos, que ya de eso hace tiempo, que, vamos, que no nos podemos soportar, que es algo que nadie sospecha, como tantas otras cosas que no se aprecian a simple vista o se dan por sobreentendidas y, sin embargo, ahí están. Que, quizá, el motivo principal sean los celos que nos traen a maltraer, que...

-Vale, ¡dejarlo ya! Lleváis años peleándoos. ¿Es que no os ha quedado suficientemente claro que tenéis que aguantaros aunque no sea de vuestro agrado, que formamos un todo? –me cortó una voz aterciopelada.
-¡Hombre! ¡El que faltaba! ¡El maricón! No puedes ser más lila... ¿no?-añadió otro.
- Lo que no puedo es másss, ¡soisss unos energúmenossss...!-protestó el anterior, con un ademán ciertamente amanerado, con un seseo descontrolado de puro nervio.

Como de costumbre, ya estaba montada la refriega. Y en estos casos, no había otra opción que discutir. A menudo se iniciaba así, con un exabrupto o un comentario hiriente de uno de nosotros hacia cualquier otro y, enseguida, todos nos lanzábamos de punta, en una lucha sin sentido. Pasábamos demasiado tiempo juntos, alineados en un espacio angosto y sin posibilidad de escapar. De vez en cuando, nos sacaban, nos utilizaban como les daba la gana y nos volvían a encerrar. Como las putas, éramos prisioneros de nuestra propia habilidad. Y todos soñábamos con una vida diferente, plena de trazos de pasión. Éramos diez o doce. Éramos… los colores de un estuche. Así de simple y así de agobiante.

- Chicos, ¿Por qué no lo olvidáis y jugamos a los palillos chinos? –sugirió una voz ronca, pero cálida.
- Tú siempre igual de pasado de moda y de rollazo... ¡Menudo marrón!
- Pues sugiere tú algo, so gafe, que cada día estas más amarillo, cualquiera diría que padeces una grave enfermedad de hígado...
- Yo no tengo hígado, caca de perro, ¡soy un color! –contestó el amarillo con una de sus seis caras prismáticas demudada por la ira.
- Eres un dolor, sí.
- ¡Ya está! Podemos jugar... podemos jugar…. Uhmmm….a la caza... ¡a la caza del rojo!, como el octubre ése o como en Reds… –propuse yo. Era mi juego preferido. Jugar con nuestras connotaciones políticas. No lo podía evitar. Y es que el rojo me lo ponía a huevo…
-Ni os lo soñéis, a mí dejarme en paz –protestó el aludido, colorado rabioso.
-Tranquilo. Dejarle tranquilo... pues vaya, se suponía que era éste el pura energía… Menuda garra que le echa… –intervino de nuevo el lila. Y luego dicen que yo tengo mucho de él… pues no lo veo.
-¡SILENCIOOOO! ¿No tenemos unas reglas? Pues que decidan ellas qué hacer, que para eso están las reglas. Para cumplirlas.
-Oye, grafiteros, a nosotras no nos impliquéis en esas rencillas que os montáis a palo seco – dijeron las dos al unísono, cómplices siempre, como escuadra y cartabón que eran.

Fue en ese preciso momento, al ver que no había ya reglas que valieran, cuando todo el grupo entramos en abierta confrontación. Corea. Todos a por todos, descolocándonos, saliendo de nuestras posiciones y encaramándonos contra el más cercano. Nunca habíamos llegado a tales extremos. Esto era una auténtica batalla campal: la guerra de los colores. Los lapiceros, pura artillería, afilados y a pleno estoque. El blanco contra mí, el rojo contra el lila, el marrón, el verde, el naranja, el azul, el rosa, el amarillo... El grupo entero luchando para y por nada, los colores sin color, y nada de banderas gays que nos pudieran unir en algo, el tema era sacar punta con nuestra propia punta a todo lo que se nos pusiera por delante. Los unos, sin hache y sin atila, contra los unos, así, en plan guerra civil, y los unos también contra los otros, ¡qué más daba!. Esto era producto del hastío de pertenecer a un grupo tan cerrado y tan encerrado, tan estanco y tan aparentemente perfecto y feliz. Que los mundos felices sólo existen en alguna novela y es entonces cuando predomina el rosa y la cosa se pone demasiado pastelera o, sin haber apenas color, es cuando nos plantamos en un futuro gris y nada esperanzador y empezamos a llamarnos con nombre de letra griega y también eso es terrible. ¿Quién dijo eso de Colores Unidos? Sólo lo podría decir alguien que no nos conociera, la verdad. Porque por mucho que nos intenten alinear en jerséis de mil rayas, incluso de forma diferente y revolucionaria como el tal Evo, por mucho que nos mezclen, no tenemos el mismo tinte, no combinamos bien y esto termina desentonando. Y siempre alguno intenta destacar, siempre alguno intenta ser el preferido, aunque en ello desluzca a todos los demás. Es una cuestión de matices entre nosotros. Todos somos estupendos y nunca ha habido un líder, en ningún tratado se dice que el rojo sea superior al morado, siempre nos ha faltado una cabeza visible y ese sistema de igualdad total no funciona, eso está claro. ¿United Colors of… what? ¿de qué, hombre, de qué? Benneton no sabe.

-Rojo, más que rojo...-decía el uno.
-No le llames así, tira más a caldero...-contestaba el otro.
-¡Chicos, tenemos otro julai en el grupo, como el lila! –apuntaba un tercero.
- Callaros, que no me dejáis concentrarme: “Hare krishna; Hare rama; Rama, rama; Hare, hare...”
- Ja, ja, ja, aquí cada loco con su tema, el naranja se ha vuelto tarumba. ¿Y tú, viejo verde, no tienes nada que decir? -comentó el azul con retintín.
-No, celeste, no pienso intervenir en vuestras infantiles disputas. Yo soy de otra clase, soy un Staedtler y los Staedtler no nos mezclamos con los Alpino, que sois todos una panda de gañanes. De Soria teníais que ser...
-¡Oh! Perdóneme Barón Von Verde, olvidaba vuestros aristocráticos orígenes germanos. Me despunto ante su alteza –respondió teatral, de nuevo, el azul.
-Ni orígenes ni gaitas. Yo soy un color tranquilo y solidario.
-Tú lo que eres es un egoísta desde que te crearon: Todos los árboles, las plantas, los campos... todo para ti.
-Bueno, creo que tú precisamente no puedes quejarte, tienes el cielo y el mar.
-Sí, ja, ja, el cielo cuando le dejo yo –intervino ahora el rojo.
-Y yo – dijo el naranja.
-Y yo –ahora el rosa.
-¡Y yo! –se apuntó el alegre amarillo, chillón.
-No seáis cretinos, por naturaleza el cielo es suyo de día y mío de noche –argüí yo, más negro aún todavía ya de tanto comentario fuera de tono.
-...”Señoras y señores, ha hablado el optimista del grupo” – apostilló el rosa, que ahora se dedicaba a hacerme burla.

Y en ésas estábamos, cuando se oyeron voces en el exterior. Todos guardamos silencio como lo que éramos. Los lapiceros no hablan.

-Mamá –gritó una voz infantil- ¿Dónde está mi estuche de colores?

Dentro se hizo un silencio muy oscuro.

-¿Tus lápices, cariño? Encima de mi escritorio. Los he sacado punta y te los he estado ordenando.

De un brusco movimiento, se descorrió la cremallera y se hizo la luz, mientras aparecía una gigantesca cara de niño de boca abierta.

-Pero mami, ¿Qué es esto? ¡Están rotos!

La madre se acercó al pequeño, miró hacia el interior del estuche. Su rostro era el puro asombro, pero de narices, y dos ojos de par en par. Todos los lápices estábamos fuera de nuestros fajines, desordenados y en pelotón, los unos encima de los otros, a quien más y a quien menos nos faltaba la punta. Romos unos, astillados y huecos los otros. Esquirlas de minas de grafito de nuestros diferentes tonos se amontonaban y esparcían por los recovecos del estuche de loneta de plástico, entre las reglas, la goma de borrar y el sacapuntas, como si fueran pequeños confetis que apuntaran a una triste resaca de final de fiesta.

La madre se quedó mirando al niño y éste a su madre, sin pestañear. Mudos.

-Hijo, yo...yo juraría... –empezó a disculparse la asombrada mujer, pero no pude oír nada más porque una mano me agarró por abajo y, con gran brío, encajó mi cabeza en el agujero de esa maldita máquina con cuchilla, mientras empezaba a girarme con fuerza... ras...ras...ras...Y yo, ahí, desvirutándome de dolor, a causa de ese cruento castigo medieval, que en poco tiempo, y sin lugar a dudas, haría que me convirtiera en un enano objeto, ridículo e inútil. Casi como un blanco.

________

Curso de Géneros Literarios.

Segundo ejercicio: El humor en la literatura.

Marta Sotillos
(abril, 2006)

servido por martamiraalrededor 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

El Neumococo Chochiflán

El Neumococo Chochiflán dijo

Quizá por algo mi color favorito es el turquesa. La mezcla es buena hasta para los colores.

Y tus textos tienen para todos los gustos.

25 Abril 2006 | 01:42 PM

Marta

Marta dijo

gracias, Neumococo, por comentar mis textos. Con este relato no estoy nada contenta, la verdad. Creo que mi estilo es otro, más duro, más como Jugador de chica. Éste, quizá por el tema, lo veo muy infantil y con poca sustancia, pero de todo se va aprendiendo... ¡un saludo!

25 Abril 2006 | 02:04 PM

operadoor

operadoor dijo

Me ha llevado de una guerra racial a un divertida paleta de emociones

25 Abril 2006 | 10:03 PM

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