Relato 22: Jugador de chica...

Ya era hora, coño! Ya era hora! Por fin empieza la juerga. Estoy realmente asqueado de estar aquí, entre mondas de naranjas, compresas sucias y toda serie de despojos y deshechos indescriptibles. Debo apestar, con lo repulido y aseao que siempre he sido yo... Reconozco que no tengo paciencia y menos en esta situación. Pero es que esta vez no me ha quedado otra que esperarlos. No he podido ir yo. Mira que son inoperantes estos tíos. Llevo trabajando con ellos bastantes años ya y lo puedo jurar: son una panda de gilipollas. Lo tienen delante de sus narizotas y no lo ven, nunca lo ven, siempre preguntando a terceros, hasta que se lo das mamao y entonces es cuando dicen “aaaahhh… migo!! Y saltan las esposas y los flashes y se cuelgan las medallas y venga de ascender a enanos mentales y venga de palmaditas en la espalda y de soplagaiteces. Y el siguiente y el siguiente y el siguiente caso, igual, igual, igual… vamos, casi siempre el tema es mortal, pero más que nada de puritito aburrimiento.
Los observo desde una posición un tanto complicada y no puedo ver más allá de un apestoso brik de tomate frito orlando teñido de moho y tres chuscos de pan empapaos en un líquido pegajoso, que prefiero ni averiguar de que coño se trata, pero sí oigo las sirenas de las lecheras y los derrapes de las ruedas contra la gravilla. ¡Estos tíos! Siempre jugando a “mayami vais”… ¡Ay, bendito! Un padre alcohólico y chulo putas, una madre doblada por dos jodidas hernias y ni un pavo en casa, para matar la gazuza de a diario, les daba yo a todos estos pijos de placa “tarnisilieada” en cartera de “loeve” y pelo engominado a lo gardel. Una vida perra como la mía, cinco hermanos de moco colgando, cara y uñas renegridas y boca siempre abierta como polluelos abandonaos, ávida de unas migajas de lo que fuera, de-lo-que-fue-ra, les daba yo a estos mamones arrogantes para que supieran lo que vale un peine, lo que es tener que sacarse las castañas del fuego para dar de comer a siete bocas y dar de beber a cuatro, porque mi padre, el cabronazo insaciable, bebía como cuatro cosacos y encima no segoviano, que al señorito nada de garrafón, que o le conseguías un buen alijo de güisqui del de Escocia o me ponía la cara como un “ecehomo” de guantás y unas palizas de no te menees, que me dejaba en la cama inmovilizao, después de la peta, uno o dos días. Y luego, cuando la santa de mi madre cascó, que Dios la tenga en su gloria, descansando la mujer, el borracho se colgó, gracias a un andamio bien puesto que se cruzó en su camino, y ya pude, que quieras que no, colocar a mis cinco ya no tan pequeños lastres por otros puertos, tres de peones, una de reina (porque la Anita se casó con el hijo del constructor del pueblo y si te he visto, no me acuerdo, la muy desarraigada) y otra de chica para todo (que nunca quise saber el significado exacto de eso de “todo”), y entonces voy y me lío con la más bella de las hembras de la calle, la más bella y la más bestia. Como el rollo del Disney ése congelao, pero dos en uno. Que mi Rosi es muy completa. Es lo que tiene. ¡Ay, mi Rosita! ¡Qué mujer! De armas tomar… que lo digo yo. Pero qué bruta y qué envalentoná que me salió…
Oigo voces que se acercan. A ver… eeee… sí. Los conozco. Conozco a dos de ellos. El tercero no me suena, será un becario, de ésos que sólo saben chupar pollas y que les den, pero ése que habla ahora, el del acento vallecano de jota marcada, es el inspector Perales. Un zote de mucho cuidao. Graciosillo el tío cuando le da la gana, pero un pedazo animal. El otro es su “guatson”, el mendrugo del Paco. Paco el loco, le llamamos, por sus ocurrencias fuera de todo tono. Que yo de tonos sé un rato, y de lo que conviene decir o callar, y cómo de alto decirlo o si lo dices al oído o cantas por bulerías a voz en grito, que para algo he sido veinte años cantaor.
Se van a cagar cuando me vean… Ellos saben perfectamente quién soy, quién es Benito boca ancha, que así me llamaban. BB, para los amigos, como la Bardot, artista de la vida y sus vaivenes, mago, por el hacer aparecer y desaparecer objetos de todo tamaño y condición y por lo aficionao a echar polvos, que así me luce el pelo, y, sobre todo poeta. Soy un poeta. Un trovador de ésos que cantaban y contaban las hazañas de otros, que uno es muy leído y resabido. Ellos, los maderos, dicen que soy un soplón, pero eso lo dicen para bajar mi autoestima, que yo lo sé, que juegan con los sentimientos de uno para hundirle, pero conmigo ellos no han podido, me han necesitao y me han usao y yo a ellos. Era nuestro juego. Un juego de envites y faroles, de guiños de ojo y morderse la lengua y que nadie más te viera, así, disimulando, como el mus, pero a lo burro, porque los amarracos eran tu vida y si llevabas juego, pues guiñabas el ojo y ellos sonreían de medio lao y todos tan contentos, y si encima ibas muy potente a grande, mejor que mejor, pero un mal órdago y a la trena, o al hoyo, que es peor, porque está más oscuro y además se acaba el juego. Aunque dicen que al final del túnel se ve una luz… pero eso es una puta mentira. Que lo sé yo. Lo malo es que el menda esta vez ha jugado a chica y ya se sabe… He jugado a chica con una chorba, con una fiera. Mi fierecilla sin domar… creo que aún la quiero. Me ha demostrado que con ella nada de tonterías, así, con dos cojones. Ésa es mi chica. Me la ha jugado pero bien. La verdad es que la admiro, pero me ha dejao completamente destrozao.
Noto que algo se mueve. ¡Joder! ¡Me están empujando! ¡Eh! Sin avasallar… siempre ese trato tan delicado de la madera, ya, ya lo conozco…. ¡Coñó! Veo más luz. Veo, veo… leñé… ¡el Perales! Me mira, le miro, yo con los ojos abiertísimos, como el de la naranja mecánica… qué peliculón, ¡qué miedo, coño! Joder… ¡está palidísimo! ¿no me irá a vomitar ahora encima de la cara? Eso espero, leches, era lo que me faltaba… que este tío, a estas horas de la mañana, que debe ser tempranito por el sol, va y me vomita las magdalenas regadas con orujo y colacao y me muero del asco del potaje…
Tres, ahora cuatro, otro más, cinco, me están mirando alucinados… Tío, Peritas, ¿no me vas a saludar? Sé que no estoy muy presentable, pero… podías decir algo ¿no? Que han sido muchos años de confidencias inconfesables y de secretitos al oído, como las viejas, y de hacer levantamiento de vidrio en todos los garitos de la ciudad, colega… Ah! Ya lo entiendo, está con los del grupo de homicidios de la acera de enfrente, no porque sean maricones, que alguno habrá, como en todos los saraos, sino porque así llamamos a los de ADN. Ésas ratas de laboratorio, venga de analizar guarrerías y jugos de todo tipo…pises, semen, saliva… ¡unos cerdos, vamos! No, Perales no va a cantar, el experto en cante jondo era yo… él niega con la cabeza. “No, no le conozco”, dice, como Pedro pero una vez y rotundo. ¿Pobre diablo? ¿he oído “pobre diablo”? ¡tu padre, cabrón! Una cosa es que hagas que no me conoces, que lo puedo entender, porque no está bien visto el que se sepa que parte de tus escaleras, hasta el puesto que ocupas, te las he subido yo en brazos y otra es que vengas ofendiendo… No, si es que no te puedes fiar de nadie. A la mínima te niegan, o te crucifican o te cortan en tiras… que eso es lo que me ha pasado hasta con mi amor, como para no pasarme con este capullo de poli engreído…
Te advierto que yo también prefiero que éstos hagan como que no me conocen. ¿cómo explicarle a mi Rosita que su rebelde, valiente y agitanao hombretón era en realidad un cantor de vena hinchada, el soplón “namber uan” de la pasma? ¿cómo explicarle que lo hacía por la guita, a menudo muy suculenta, pero también porque en el fondo uno tiene sus principios y cree en la señora ésa de la balanza con los ojos vendados? ¿Cómo? ¿Cómo iba la pobre a entender que esto era de vocación, que yo desde chico, en los juegos con mis hermanos, era la ley entre cacos, pero que no pudo ser porque precisamente todo el alcohol que cayó en mis manos me hizo no estar limpio como la patena, como se espera de un poli y no poder pasar la prueba del algodón de la academia? ¿Con qué jeta mirar a algún paisano traicionado porque se estaba ya pasando de la rosca? ¿Con qué careto volver a mirar a mis colegas de “Los Cantos Robaos”, el grupo melódico-rock que nos montamos en el corral del Manu, que tan pronto estábamos en misa, birlando carteras de los ricachones de derechas, como repicando a los rolling? No me lo perdonarían en la vida…mi grupo de artistas, mis amigos… pienso con tristeza que las palabras ésas con las que nos saludábamos siempre ahora toman más sentido que nunca. “Pasa, tronco.” Ahora sí que soy un tronco. O debo serlo, porque no me veo entero. No estoy entero, pero fijo que éstos de las autopsias, me van a probar como puzzle encima de una de sus gélidas e impolutas mesas de mármol. Vamos, de eso estoy seguro, porque mira que son infantiles y les gusta un huevo jugar a las piececitas y los rompecabezas… Casi lo mismo que a mí follar. Todos disfrutando como enanos. Los enanos de un puñetero circo, que es esta vida, un circo de mierda, de carpa asfixiante, que no nos deja ver el cielo, ni el sol, ni horizontes lejanos…
Hay que joderse, que mientras tengo un corro alrededor de polis y trajeados y números de la benemérita que no me quita ojo, tenga que salir mi vena poeta. Si es que lo llevo dentro… Ahora noto que me agarran y me izan, muy lentamente, dos manos enguantadas, así, por los dos carrillos… como cuando mi Rosita me mimaba… ¿No me irán éstos a besar ahora? ¡Coño!, no, me están envolviendo en un papel albal del de los fiambres, ahora ya si que no veo ni un pijo… ¡Ay! ese gesto tan cariñoso de las manos en mi cara me ha provocado nostalgia y no quiero caer en ella, porque eso sí que es un sin vivir. Que lo sé yo.
Mi Rosita… con lo que yo te quería, mujer… Mi madre ya me anunció que perdería la cabeza por tu amor. Nunca pensé que la vieja pudiera llegar a ser tan literal… Me has destrozado, estoy hecho pedazos, ¿tan mal te sentaba que yo me metiera en otros catres? Siempre me amenazaste: “A la próxima, te mato, Benito, ándate con tiento”. Y yo que me creí que ibas de farol… ¿qué hubieras hecho entonces conmigo si te llegas a enterar que al mangante chantajista de tu hermano lo entrullaron porque yo canté por soleares, o fandanguillos, ya no recuerdo bien el tono, para que te dejara tranquila una temporadita, cosa que tú agradeciste, que incluso te desapareció aquel molesto ras cutáneo que tanto te afeaba la cara? Mujer, no se me ocurre nada más burro que lo que has hecho ahora simplemente por un divertimento de unas cuantas noches con dos zorritas revoltosas. Vale, tres. Lo reconozco. Es que seis tetas tiran más que seis carretas, entiéndelo mujer, que uno siempre fue muy hombre y eso bien que te gustaba de novios y me lo repetías y me lo repetías, “¡Qué hombre eres, Benito! ¡Ven pa acá, mi hombretón!” ¿o no te acuerdas?
Lo que más me duele en estos momentos, no es la herida del cuello, ni los brazos o las piernas, que es que no sé ni por dónde andan, lo que más me duele fue tu premeditación y alevosía, amor. Me duele que al menos no fueras tan pasional como era mi chica cuando yo la conocí y me mataras de un golpe bien dao. Te volviste fría y calculadora. Pasaste de ser mi oronda Rosita, cantinera de taberna, descarada y calentorra, a Doña Rosa la cruel carcelaria polaca y gorda cejijunta.
Me dijiste que mañana íbamos a jugar a la gallinita ciega. Ya sabes lo juguetón que soy yo de propia naturaleza y cómo me emocioné fantaseando todo ese día con una sesión de inolvidable sexo a tu vera… te imaginaba desnudita sólo para mí, yo bebiendo de tus grandes, erectos, y últimamente blindados, cántaros, persiguiéndote a ciegas por el pajar y alcanzándote y poseyéndote con ansias… yo calentando motores y tú también, cariño, pero el tuyo de dos tiempos, Rosita, yo húmedo por mi hembra y tú, tú, mientras echándole gasofa a la “husguarna”… ¡Joder, Rosi, joder...! con una motosierra! ¡Hay que jorobarse! Que te la compré por el día de la mujer trabajadora para talarte el seto y que tuvieras el patio más bonito de tol vecindario… Y me tapaste los ojos, me ataste al cabecero y los pies de la cama, con la pitón de la montesa y tres cuerdas y ya sólo oí encender un motor conocido y un dolor breve pero muy intenso a la altura de mi nuez, mientras la acariciabas. Qué zorra, Rosi. La gallinita ciega y la zorra fuimos tú y yo, mientras me decías: “Te lo dije, cabrón, te lo dije”.
Pero tienes suerte, amor. Sin imaginarlo, tienes juego, treinta y una. Guiña el ojo, anda, que puedes. Tú no sabes que a mí me la tenían jurada muchos, te creíste lo de la fábrica de repuestos con horario de diez a ocho. Pero yo, por mi cante, tenía mucha enemistad. Ha podido ser cualquiera. Nadie se va a fijar en la pobre viuda desamparada. Yo era cantaor y tú eres muy bella y muy buena. Llorarás y sacarás todo el negro posible de tu armario y te lo calarás en ese cuerpo serrano y, a pesar de lo oscuro, estarás más resplandeciente que nunca. Además, Perales, que siempre te observó de lejos con ojos lascivos, que lo sé yo, te irá a dar el pésame en secreto, cada tarde, de cinco a siete y, si tú le dejas, cerrará pronto el caso, no lo dudes. Le interesas tú, no airear ciertas cosas. Y yo ahora, para algunos, soy Benito boca ancha trapo sucio. Jugador de chica, perdedor de mus.
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Curso de Géneros Literarios.
Primer ejercicio: Novela negra.
Marta Sotillos
(Abril, 2006)


operadoor dijo
¡Uuuufff! ¡Qué buen texto! Marta, por Dios, es muy raro que lea un texto largo, pero este se ha llevado todas las palmas
¡Felicidades!
21 Abril 2006 | 06:58 PM