Relato 21: El Libro de Simón.
EL LIBRO DE SIMÓN
(Marta Sotillos)
-¡Tonto, más que tonto, toma esto, a ver si lo coges! –grita aquel muchachote gordo haciéndose el gracioso ante los demás chicos a la salida de la escuela, mientras lanza con fuerza a los aires un globo lleno de agua que va a estallar justo a los pies del pasmado Simón.
Simón se agacha y se dispone a secar pacientemente con la mano la pernera de su andrajoso y ahora calado pantalón, mira a los chicos de reojo y, con una sonrisa forzadamente bobalicona, levanta la pierna mojada haciendo un esperpéntico movimiento similar al que haría un chucho al disponerse a mear. Los está provocando. Lo hace aposta. Lo sé.
-¡Dejarle en paz! –increpo yo mientras me acerco a él, objeto de las burlas y risas histéricas de todos mis compañeros.
- ¡Y no le llaméis tonto! ¡Simón es más listo que todos vosotros juntos, que lo sepáis, piara de estúpidos! –añado en el preciso momento en que le agarro del antebrazo para evitar que caiga de bruces al suelo.
-¿Verdad que no eres tonto, Simón? Demuéstraselo, venga –le insto en un susurro cómplice.
Pero él está asustado, o eso parece, y entonces hace un movimiento soez con el trasero remendado, como si se tirara un pedo, y sale corriendo, acompañado de una risotada general.
-Simón... Esto ya es demasiado... –pienso con amargura.
En la huida se le descuelga el libro que suele llevar a la espalda sujeto de una vieja correa de loneta a rayas, con tal mala fortuna que va a aterrizar en un charco de agua sucia y barro. Ahora es un coro de niños verduleros el que ríe y le insulta. Y yo, ahí, solo. Me vuelvo, les clavo mi mirada con una mezcla de furia y vergüenza y hasta lástima, porque sé lo equivocados que están. Porque nadie más lo sabe, sólo yo. Y el propio Simón, claro está. Y es que Simón no es tonto, aunque sea considerado por todos como el tonto oficial del pueblo, de Carabaña, que es donde vivimos él y yo con nuestra familia. Simón es de mi familia, es mi tío, hermano de mi madre, y a veces me espera a la salida del colegio.
-¡Tonto, tonto...! –corean los chavales.
-¡Sobrino del tonto, sobrino del tío tonto...! – ahora más fuerte, apuntándome con sus dedos índices pegajosos, de uñas negras.
Intento no escucharles y saco el libro del barro y lo limpio como puedo, con el impoluto pañuelo blanco que mamá me mete cada día en la cartera. Y miro aquel grueso tomo. Lo he visto cientos de veces, y sé lo que hay en él y lo que no, pero nunca había tenido esta oportunidad de hojearlo. Es el libro de Simón, encuadernado con guardas en cuero negro, cuarteado y brillante por el paso del tiempo y por el constante roce con las, siempre, ropas mugrientas de mi tío. Lo abro por la mitad, lo sujeto con la mano izquierda y dejo resbalar mi dedo pulgar derecho por el canto de las hojas, redescubriendo la nada, su contenido, porque es un libro de unas setecientas páginas en blanco, ya amarillentas. Ni una letra. El vacío más vertiginoso jamás descrito. El libro de Simón.
Ante la falta de respuesta, los camorristas se van yendo y yo me quedo ahí, en medio de aquel descampado, haciendo memoria. Desde que conozco a mi tío, no se ha separado ni un solo momento de éste su, en apariencia, huero ejemplar. Come, duerme y va al retrete con él. Lo lleva a todas partes. Creo que es un miembro más de su cuerpo, como el hígado, o el bazo.
-Pobre Simón –pienso- en su carrera lo ha perdido. Me lo imagino en estos momentos tan afligido y desorientado que me dan ganas de gritar. Y grito.
-¡Simón! ¡Ven! ¡Lo tengo yo! ¡Tu libro, lo tengo! –vocifero, mientras me dirijo hacia el pinar por donde lo he visto desaparecer.
-¡Tío! ¡Vuelve! ¡Está a salvo, no le ha pasado nada! ¡Tu libro! ¡Toma!
Y entonces veo cómo se revuelven unas jaras, y su jorobada figura aparece de repente y, como si de una fierecilla salvaje y perseguida se tratara, se lanza hacia mí y agarra su libro y lo abraza con fuerza, lo estruja con pasión contra su pecho, mientras las lágrimas le caen por la cara dejando regueros de suciedad a su paso. Parece un payaso pintado y preparado para hacer llorar, en vez de reír. Un escalofrío recorre mi espalda cuando sus brillantes ojos negros se posan en los míos para así, sin palabras, darme las gracias. Él sabe que yo sé su secreto. Lo sabe. Lo sé. Todo. Sé que Simón no es tonto. Puede que esté un poco loco, pero no es tonto. Se lo hace. Para él es más cómodo así. En su día, no tuvo que estudiar, ni ahora tiene que trabajar, se escaqueó de la milicia, está exento de cualquier obligación o devoción. Su única tarea es su libro, guardar su secreto, su tesoro. Porque es lo que tiene: un tesoro y de un valor incalculable. Y nadie lo sabe, excepto yo, que un día lo descubrí todo. Porque fui testigo de una confesión. Único testigo. Bueno, y Cirilo. Pero él no puede hablar.
Aquel día, de hace ya tres años, seguí a Simón por el bosque y desde lo alto de unas ramas pude contemplar atónito una escena que me abrió los ojos. Simón hablaba con su mejor amigo, Cirilo. Cirilo parecía entenderle, pero yo creo que nada más lejos de la realidad. Cirilo es el perro de Simón. Le sentó ante él y le empezó a pedir que le acompañara en un largo viaje por... ¿la ruta de la seda?. Yo no daba crédito a mis oídos. El muy tonto estaba tramando largarse de casa, lejos, lejísimos, nada más y nada menos que a Asia. Pero pronto entendí de qué se trataba. Simón tenía un libro que se lo había regalado su abuelo, y a éste su abuelo y a este otro su abuelo, así de generación en generación, tres o cuatro más atrás. Un día Simón había descubierto que su libro era mágico, que se podía sumergir en él como si de una profunda charca se tratara. Se metía en él, de pies a cabeza, y se empapaba de sus historias y aventuras. Y él era el protagonista... siempre.
-Es fascinante –decía Simón a Cirilo.
-¿Fas-ci-nan-te? Vaya vocabulario utiliza el tonto... -pensé yo.
-Sí, Cirilo, -continuó Simón- he aprendido mucho en estos años, he viajado por medio mundo y he adquirido grandes conocimientos acerca de las ciencias de la naturaleza, de la historia, de la literatura, del lenguaje y de la religión. Ya no soy tan bruto, pero no se lo digas a nadie, que me quitarían mi libro y lo llevarían a analizar muy lejos, lo deshojarían, para luego dejarlo expuesto en un museo tras un cristal, y yo tendría que explicarlo todo y trabajar para ganarme la vida, y ya no podría recorrer mundo ni vivir experiencias como las que he vivido.
-Mira , Ciri –prosiguió mi tío Simón, mientras abría el libro- tu lo ves en blanco, pero lo cierto es que cada página es diferente. ¡Un mundo! He viajado con un gran hombre llamado Ulises por mar y por tierra, desde Troya hasta Ítaca, he ido al centro de la tierra, he recorrido parte de América con mi amigo Huck, sé cuestiones de amor por Romeo, el de Julieta ¿sabes? y de desamor por Cyrano, un tío con una nariz muy grande, casi tan feo como yo; he viajado a un mundo irreal de verdades como puños de la mano de un pequeño príncipe; he visto como mataban a emperadores de Roma, con hongos o por la espalda...; he recorrido continentes, sus bosques, sus ríos y sus océanos; he estado en más de una revolución y hasta he ido a la Luna en una nave espacial. He hecho de todo, amigo. De todo. Y pienso seguir haciéndolo, si tú me guardas el secreto...
¡Dios mío! Mi tío Simón había vivido tanto, contaba con tal cantidad de experiencias y había visto tantos hechos históricos y fantásticos que ahora no sólo no era tonto, sino que se había convertido en un ser verdaderamente ilustrado. Y simulaba torpeza y falta de talento y cordura para que le fuera permitido el seguir disfrutando de su libro de páginas blancas. Un libro donde no había ni principio ni final, un libro infinito, sin acotaciones ni numeración, en cuyo grueso podía ocurrir cualquier cosa, pasada o futura, donde nada tenía límites ni etiquetas, y donde él era un héroe, o un caballero, o un golfillo..., o un enamorado más.
Nadie lo sabía. Y Simón seguía siendo ante todos el tonto de Carabaña. Y desde aquel día, ante mí, el hombre más sabio y sensible que yo tuviera jamás el placer de conocer.
La gran pérdida es que él siempre sería mi tío y yo jamás heredaría aquel libro, ni el don de poder sumergirme en sus hojas vírgenes y bucear en todas aquellas abisales vidas y hazañas.

