
La confesión
(Otros relatos)
Marta Sotillos.
-No, no..., por favor..., no...-susurré en un hilillo de voz.
-Ven aquí, ven con “pappá”...-baboseó él, aproximándose con una lentitud sobrecogedora.
Aquel “mostrenco” apareció de la nada y venía derecho hacia mí. Era la viva imagen de satanás, un ser anormal, desproporcionadamente grande, de aspecto grotesco y descuidado, con esa nariz gorda, picada de viruela y esos labios gruesos, desbordantes, flácidos, sembrados de llagas..., y me tenía acorralada y yo...yo, a pesar de ver a un numeroso grupo de gente allá, a lo lejos, bajo los arcos de la iglesia de San Bartolomé, gente que me podría haber oído y socorrido, me sentía sola e impotente....yo... no podía...escapar, ni gritar. Pero... cómo...no sé... No lo sé.
Cuando ya casi lo tenía encima, pude comprobar que era tan corpulento que su sombra me cubría por completo, y caminaba... con los brazos abiertos en posición de mortal abrazo. Entonces empezó a decir algo que yo no pude entender, porque escupía las palabras con una voz gangosa y profunda hasta los abismos del infierno, y porque entonces empecé a detectar aquel zumbido que crecía por momentos, como si del engendro de un huracán se tratara... Y ese ser reía y reía, mostrando una boca llena de dientes rotos, entre el amarillento sarro y la caries y la infección, tan oscuro como una alcantarilla. Padre, fue horrible.
Utilizaba un tono embaucador, y a pesar de haber podido resultar patético, a mí me sobrecogió. Y seguía acercándose hasta que ahí estuvo, cara a cara. Entonces me agarró del cuello y pegó un gran alarido, que me secó la boca y la respiración y me dió tal palmetazo en uno de mis hombros, que caí al suelo, de bruces y quedé arrodillada. Entonces, Padre, como única arma a mi alcance, como si ese hecho me pudiera evitar cualquier dolor, junté las manos delante de mi pecho y comencé a orar. Sí, Padre, empecé a rezar, mientras las lágrimas me empezaban a nublar la vista y a salar la lengua.
-Padre nuestro que estás en los cielos... Padre nuestro... Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...- repetía una y otra vez, una y otra vez, sin poder continuar, porque le juro que todo mi cuerpo se agitaba con fuerza y me era imposible razonar ni recordar nada, ni siquiera cómo había podido llegar hasta allí, hasta ese páramo abierto y yermo, azotado por aquel rencoroso viento, que venía dispuesto a llevarse todo lo que se le pusiera por delante. ¡Ojalá! ¡Ojalá me hubiera arrastrado en ese momento y me hubiera llevado con él para siempre!
-Ven mi virgencita negra, ven y verás...-susurraba ahora él.
-Dios...Dios...Jesús...no permitas...-le rogué al Santísimo.
Y esto me avergüenza contárselo, Padre, pero... mientras decía esas palabras... se desabrochó el grueso cinturón de cuero, tiró de él y dándole un gran impulso en círculos, lo lanzó a los cielos, por encima de nuestras cabezas, mientras blasfemaba, y, clavando sus ojos en los míos, soltó el botón y descorrió la cremallera y dejó que resbalaran por entre sus piernas como troncos, aquellos sucios y harapientos pantalones.
-Dios...esto no... no... –me decía a mí misma, intentando recordar alguna mártir en la que apoyarme, que hubiera muerto o padecido tortura en tales circunstancias. E intenté gritar, lo intenté, Señor, pero no pude, porque mi voz carecía de sonido alguno...
Lo tenía ahí, delante de mis narices, desnudo. Y no llevaba ropa interior. Bajé la cabeza para evitar verlo, pero entonces aquella bestia me sujetó del pelo, tirando hacia arriba, obligándome así a mantenerme erguida y a mirar. Y cogiendo con ambas manos su...su...su enorme... su enorme miembro viril, empezó a hacer movimientos que yo... que yo... no puedo ni describir. Con las piernas muy abiertas y arqueadas, como un oso. Todo pelo, todo sudor, todo suciedad e inmundicia y hasta eso asqueroso y blanquecino, como mantequilla, que según el veterinario, se llama...se llama... ay! no, no lo puedo decir… esmeg… esmegma, creo, porque, ¿sabe, Padre?, los gorrinos del corral a veces lo han tenido y un día...bueno, un día Don Tomás nos lo explicó, que era de pura mugre, que era de..., bueno eso no viene al caso...bueno, no sé, Padre, no sé... No puedo continuar, pero necesito contárselo todo y liberarme de una vez de este tormento que estoy viviendo. Me mortifico dándole vueltas y necesito el perdón de Dios.
Yo intentaba no mirar, se lo juro, se lo juro por lo más sagrado. Entonces, yo... me giré para ver si podía escapar, pero atrás, bajo mis pies se había abierto la tierra, un inmenso escarpado, formando un gran cañón, un precipicio... que me dejó perpleja, porque por estas zonas no hay ningún abismo igual, ¿no, Padre?, y abajo una... una grandiosa pila bautismal, en medio de un jardín renacentista, como de La Anunciación de Leonardo, verde y cuidado, con fuentes de agua clara y rodeado de sauces y cipreses y plantas en flor. Y hasta con… hasta con un puente con un arco de medio punto. Precioso, Padre… el paraíso. Creo que era el paraíso, Padre. Me hubiera podido tirar, pero sentí miedo, Señor, un miedo que me tenía paralizada. Temí a la muerte.
Y, miré hacia arriba, y vi los ojos de esa fiera, oscuros hasta hacer daño, inyectados en sangre, como el anticristo hecho carne, como el propio lucifer, y dispuestos a vejarme, dejándome así marcada para toda la vida.
Lo peor de todo es lo que pasó a continuación. Lo peor de todo fue lo que entonces sentí... Dios mío, noté como si aquel enajenado me hubiera escupido, ¡una gran baba chorreando por mi cabeza y mi frente!, un líquido caliente sobre mi cara, le miré estupefacta y lo ví. ¡Virgen Santísima! Estab... estaba...estaba eyac...se había... Había arrojado ese líquido... su semen, encima de mí. Por mi toca y mi hábito negros, se abría paso densamente aquella secreción trasparente y blanquecina, como clara de huevo... Sentí que se me revolvía el estómago y me encogí, intentando despegar lo más posible mi cuerpo de mis ropas, en un acto de profundo asco, qué ingenua, como si pudiera alejarme de aquello de ese modo. Dios mío! Dios mío! El muy repugnante...
Y eso es todo, Padre. Eso es fue todo.
Ahí, por fin, pude gritar y creo que me desperté a causa de mi propio aullido, un “noooo” tan estremecedor que me retumbaron hasta las entrañas. ¿Se acuerda? Fue lo que dijo haber oído Sor Angustias, atribuyéndolo erróneamente a un jabalí, cuando decidió subir con más alambrada la cerca del corral.
Y me incorporé, quedando sentada en la cama. Miré, aturdida, a mi alrededor. Todo había sido un sueño. El corazón me latía con furia. Bum-bum, bum-bum, bum-bum... Me dolía la garganta, me sentía exhausta. Estaba empapada en sudor y mi boca tenía un sabor amargo. Como el pecado, Padre, amargo como el pecado.
Esa noche, eran tales mi congoja y mi desasosiego, que le pedí a Dios que no me volviera a permitir soñar más. Se lo supliqué con todas mis fuerzas, de todo corazón, le recé más de cien padresnuestros y Él me escuchó. Y, aunque, como puede usted ver, aquella pesadilla me sigue hostigando -de ahí que me haya decidido a confesarme de una vez- han pasado ya más de doce meses desde aquel mal sueño y no se ha vuelto a repetir.
Pero Padre, necesito su auxilio, porque nuestro Señor, al despojarme de mis malos sueños, me arrebató también los buenos y con éstos se alejaron mi ilusión y mi alegría. Y mis ganas de seguir viviendo. Porque dígame, Padre, dígame por el amor del Santísimo...qué puedo hacer yo en un convento tan lúgubre como éste, con tantas horas al día, tantos días al año, tantos años..., si no es soñar...aunque sea despierta...
-¡Sor Olvido! -dijo una voz a mis espaldas.
Entonces paré de hablar y de un sobresalto, me giré, aun sabiendo perfectamente de quién provenían aquellas palabras. Seguía arrodillada en el frío reclinatorio, y miré a ambos lados como para ver a qué Sor Olvido se refería, aunque, que yo supiera, sólo había una. Y ésa era yo.
-¿Sí? – contesté, temerosa de que alguien, "ella" , hubiera oído mi retahíla.
-Sor Olvido, dígame... –dijo autoritaria- ¿Qué se supone que está haciendo ahí?
-Vera... yo... yo…, Hermana, pues...confesarme...
Se trataba de Sor Severa, la superiora de la congregación, una monja férrea, mayor y amargada, con un carácter de armas tomar y fría hasta la saciedad, que se acercó hacia mí, escudriñó con curiosidad el oscuro cubículo entre los diminutos rombos que formaba la celosía de cáñamo del confesionario y, como intentando leer en mis adentros, respondio furiosa:
-¿Confesarse? ¿confesarse? ¡pamplinas! ¿Y se puede saber con quién se confiesa, si el Padre Don Bonifacio ha salido y no regresará hasta mañana?. Déjese de ensoñaciones, y no sea tan vagabunda, y vamos, ¡a trabajar!, que hay mucho que hacer en un convento como éste y son ustedes una panda de...
Y empezó a dar órdenes.
- Limpie con amoniaco todas esas vidrieras, pase un paño por los bancos, saque brillo a los candelabros, cambie el agua de las flores del altar. Cuando termine, diríjase a la huerta y ayude en las tareas de canalización del riego de las judías. Y, por último zurza la ropa del cesto de labor, sábanas, enaguas y calcetines. Y si, después de todo, le queda un rato, venga a verme, se aproxima la semana santa y querría que usted se encargara de ilustrar en cánticos y lecturas a los mozalbetes del colegio del Sagrado Corazón. Eso le supondrá desplazarse cada día tres kilómetros de ida y tres de vuelta. Se puede llevar el burro. De paso, visitará y llevará alimentos a algún enfermo del pueblo que yo le diga. También me gustaría que fuera ya pensando alguna obra de teatro para la próxima Navidad. Vendrá el obispo y tenemos que lucirnos. Y otra cosa, hoy ha llegado una novicia nueva. Sor Julieta. Compartirá celda con usted. Enséñela nuestros horarios y nuestras costumbres y ayúdela a adaptarse. Eso es todo. Puede retirarse...
-Como usted mande, Sor Severa –dije, levantándome de un salto y aliviada porque la superiora no hubiera oído nada de mi confesión. Bueno, no era de extrañar, aquella agria anciana estaba sorda como el vacío. De hecho, uno de nuestros, reconozco pueriles, juegos preferidos en el comedor consistía en repetir sus palabras en tono de burla y ella ni se inmutaba. Es que la pobre no se enteraba de nada ya, de lo contrario en este momento me las estaría viendo con ella, me hubiera reprendido severamente y hasta, quizá, aislado en aquella maldita celda de meditación, como ella gustaba llamar. Gracias, Dios mío! Gracias.
En fin, que todos aquellos mandatos y tareas por delante, curiosamente, en vez de ahogarme, me animaron e hicieron resurgir de inmediato en mí una especie de excitación, cercana a la euforia. Algo que no sentía hacía tiempo. Milagroso.
-Sor Olvido...
-¿Sí, Hermana?
-¿Me permite un consejo de perro viejo?
-Sí...sí, claro...
-El concentrarse en el duro trabajo del día a día, el no tener tiempo ni de apenas respirar y caer uno rendido a la noche... ¡obra prodigios!. No lo olvide.
-Lo intentaré...
-Otra cosa, Sor Olvido, dígame..., usted que parece docta en letras...
-¿Sí?
-Qué significa exactamente la palabra…
-¿Qué palabra?
-uhmmm….. mostrenco.



