La Coctelera

[marta mira alrededor]

existe un mundo donde me encuentro en mis ausencias...

5 Abril 2006

Relato 19: El Tercer sentido (Viaje a la infancia).

“EL TERCER SENTIDO”
(Un viaje sentimental a la infancia)

El tercero y más pituitario de mis sentidos será el que guíe este viaje. Guía y protagonista. Se lo merece. Y es que es gracias a él que aún conservo recuerdos profundos y entrañables de mi infancia. Porque son los olores precisamente los que mantienen la esencia de mis vivencias pasadas, los que me devuelven esos años que se fueron y los que hacen posibles breves pero intensos reencuentros con personas a las que yo amé, seres a los que no volveré a ver jamás, ni volveré a oír, ni volveré a tocar.

No. No es la vista, ni es el oído, ni es el gusto, ni tampoco el tacto, los que me hacen evocar de nuevo mi infancia. Es mi cordial y bien desarrollado olfato, el que, sin avisar, viene, da impulso a mi memoria y la levanta y conduce por los laberínticos senderos de mi existencia vivida, hasta poner delante de mis propias narices esas pequeñas cosas vividas, sensaciones conocidas y familiares, que están ahí, en alguna parte, y que no me visitan muy a menudo, unas veces porque ellas no quieren y otras muchas porque es a mí a quien no me apetece recibirlas. Porque esas sensaciones son numerosas y machaconas, y si se pusieran todas delante, tropezaría con ellas, me impedirían avanzar con holgura hasta por el pasillo de mi propia casa. Porque esas ideas son revoltosas y si, imagínate, jugando, se metieran por mis ojos y mi boca, no me permitirían ver con claridad, de puro llanto y, tal sería el nudo en mi garganta, que no podría ni tragar. Y, probablemente, me ahogaría. Por eso, a menudo, las evito.

Pero hoy sí. Hoy quiero recordar. Así, sin preámbulos, directamente, a pelo.

Recordar es una sensación placentera. Pero es dolorosa. Placer y dolor. Hace tiempo descubrí que, muy, muy a menudo, andan de la mano, y aparecen juntos. Como el amor y el odio. Como la verdad y la mentira. Como la vejez y la juventud. Como la risa y el llanto. Recuerdos y olvidos.

Recuerdos...cuerdos....cuerdos.... Oigo un eco suave, que se pierde. Y recuerdo. Recuerdo, sobre todo, olores. A plástico, a hule. A ceras, plastelina. A polvo de talco. A tierra... A madera, lluvia, pimientos, papilla, hierba, vacas, chorizo, tomillo, jara...

Recuerdo el olor de la boca de mi madre. Quizá, lo correcto sería decir “el olor del lápiz con el que se pintaba los labios mi madre”, pero yo lo recuerdo como su boca. Cogía mi carita entre sus manos, se acercaba mucho a mí y me hablaba bajito con palabras como caricias, tranquila, mi madre, con todo su amor... Y era ese olor de su boca que yo amaba. Y aún amo. Olores. Al cigarro de papá, haciendo aros en el aire. Señales de humo de indios. Un bisonte. Recuerdos. Y los jueves... Los jueves olían a mi abuela. Mi querida abuela. Su cuello blando y gozoso. Era sumergirme en él y ahí me perdía... Su risa y ese olor a mezcla de jabón y ternura. A ropa planchada. Olor a seguridad, a que estás en casa, y que no tienes nada que temer, cariño. Y su paella, los domingos. Y la Plaza Mayor. Olores. Imágenes en esencia.

Y el olor de los pies de mis hermanos varones... A niño sudado a la vuelta de una jornada de colegio y fútbol... A mi juego de química, siempre podrido... Mi juego favorito olía a pedo. Y cómo me gustaba. Recuerdo la pestilencia de los petardos y bombas fétidas de las gracias de esos cuatro vándalos con los que compartí infancia –hoy hombres hechos y derechos-.

Y un olor que me inventé: “a culo de vieja de autobús”. Era un olor a pescado... -¡Mira que eres cerda, Marta!. Mamaaaaá, mira lo que dice...- gritaba mi hermana entre enfado y risas. Me encantaba hacerla rabiar.

Y el olor a mi tía Mercedes. Ella olía a sangría. El hielo lo tenía en el alma. La pobre infeliz ahogó su soledad en vino y, para disimularlo, metía una rodaja de limón en su boca. Y la masticaba sin parar. Murió de cirrosis. Yo era pequeña. Entonces, no entendí. Olores. Sensaciones intensas. Ya recuerdo. Qué de historias... Olor a pueblo. A la lumbre en casa de mi abuelo. A humo. Mi abuelo olía a haber vivido mucho. Olía a guerra civil, a saber...

Y olores raros. A los hábitos de las monjas. La hermana Inmaculada...Olía a rancio. A iglesia. A cerrado. Apolillado. Cirio. Polvo.

Y olor a Historia: El Monasterio de El Escorial... De pequeña iba mucho, y se metió en mí su esencia. Ese olor a desasosiego. A piedra. A escalofríos... A poder desmesurado. Aligustre, humedad y muerte.

Olor a torrijas en Semana Santa y a roscón de Reyes. Boquerones en vinagre. Olor a divertido: el del bocadillo de tortilla y filete empanado de las excursiones. Las velas apagadas de mis cumpleaños. Olor a paso del tiempo. Olores que marcan. A fiebre y catarros, a “vicsvaporub”, a tinta china, barniz y pegamento –pequeños esnifadores...-, ¡esa goma de nata!, el mechero zippo de Javier, mi hermano mayor, curiosamente mezclado en la misma estancia con el olor a pises de Carlos, mi hermano pequeño. Diez años entre uno y otro. Un hombre y un niño, juntos. La vida y sus olores.

Y el pelo de mi padre... Sus jerseys. Los olías y era como si te abrazaran. Sí..., era esa colonia... Los hombres de una época olieron a Agua Brava. Qué gracia. Recuerdos...

Y, por último, mi propio olor... Probad a oleros. No conozco a nadie al que no guste su olor. Yo he olido mis manos, mis brazos, mi aliento... Pones una mano delante de la boca y expulsas aire. Ahora. Huele. Huele bien. Mi pelo huele a mí, a mí de niña y a mí de mujer. Hay cosas que no cambian.

Los recuerdos no huelen. Son los olores los que hacen recordar...

____________

Reflexión: Después de escribir esto, me he preguntado por qué son los olores los que más me hacen recordar mi niñez. He llegado a la conclusión de que la infancia es esa época en que somos cachorros. Pequeños animales, empezando a descubrir los recovecos de la selva. Sus bondades y sus peligros. Y ahí está el instinto. ...Y el olfato es primordial.

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