Relato1: Martín León o el binomio fantástico
Martín León era ejemplar. Tocaba el piano desde los tres años y había recorrido Europa con sus bellas melodías, con su madre, su institutriz y su defecto. Aunque lo de Martín no era un defecto lo que se dice defecto. Era...
-¡Una costumbre muy fea! Eso es lo que tienes, Martín. -le reprendía constantemente la señorita Cecilia, su amargada profesora de piano. -¡Una costumbre MUY FEA!
-Hijo mío, ¿no podrías, al menos, intentarlo? Venga, Martinchi, hazlo por mamá, y por tu padre... Sabes que sólo queremos lo mejor para ti... Cariño... –y era entonces cuando a la madre de Martín le brotaban las lágrimas y le cogía y le apretaba contra su pecho y entonces le cubría de abrazos y de besos, mientras montaba un dramón del ocho.
Mamá podría haber sido una actriz destacada –pensaba Martín- Y se la imaginaba en medio de una gran escalera, en blanco y negro, entre plumas y flashes, con los labios rojos, oscuros, fumando un cigarrillo, en una boquilla muy larga, con uñas muy largas, guantes muy largos y un vestido muy largo... Y es que para el pequeño Martín, el glamour era algo que, por aquellos días, le venía básicamente muy largo. Entonces, off, de pronto saltaba el automático de mamá, paraban los sollozos y las súplicas, y hasta la próxima.
Martín era un chico obediente. Le satisfacía complacer a los demás. Tenía diez años y todo hasta ahora en su vida lo había hecho precisamente para eso, para agradar a sus padres y a la seño. Menuda era la seño, ¡diez años obedeciéndola! pero esto... esto que le pedían era demasiado. No podía dejar de hacerlo. Para él, nunca había sido un defecto, ni una costumbre fea....Hasta entonces era... una necesidad. Sí, eso. Una necesidad fisiológica, como lo de ir al baño.
No entendía qué era tan horrible. Total, era una parte más de su cuerpo. Sin ir más lejos, mamá el otro día, cuando se pinchó bordando, lo primero que hizo fue llevarse el dedo a la boca Se estaba comiendo su sangre y nadie dijo nada. Y todo el mundo tragaba saliva constantemente... E, incluso, él había observado que los mayores se chupaban, a veces, los unos a los otros. Y si no que se lo preguntaran a Rosita, la criada, que le chupaba la lengua y los labios al Nico, el imbécil del cartero. Los había visto a escondidas miles de veces. Pues si eso no era repugnante, tú me contarás... -en éstas pasaba Martín las horas muertas, construyendo su defensa.
-Y es que hay que decirlo: “Martín León se comía... ¡los mocos!”
- ¡Me como los mocos porque tengo que hacerlo. Es mi deber, déjame en paz!.–le decía a la señorita, a veces, ya enfadado. Ella lo miraba con su cara de “niño estúpido, te dejo por imposible” y se iba taconeando, a ritmo de indignada.
Sí, Martín León era un genio, un pianista de renombre que... ¡se comía los mocos! Bueno, en realidad, los devoraba, tal era el ansia y la urgencia que ponía en deglutir esos deshechos de su nariz. Al principio, lo hacía por gusto y porque le relajaba pero, desde hacía un par de años, todo había cambiado. Ahora él consideraba que era su deber. Sólo así estaría a salvo, él y mucha gente inocente. Todavía se le ponían los pelos de punta cuando recordaba aquello. Fue su culpa. Él, el único responsable de todas esas muertes. Aún temblaba de espanto.
Londres, 1982. Noche. Concierto de piano en el Royal Albert Hall. Un niño. Martín León interpretando un preludio de Chopin.
Los dedos regordetes de sus manitas de siete años se deslizaban por las teclas del piano con tal naturalidad, con tal maestría, que hasta él mismo estaba sorprendido. Ese instrumento y ese niño eran uno. Algo grande. El público absorto, mudo y emocionado ante aquel despliegue de belleza y sensibilidad. Y de repente, lo notó. Ahí, acechante, gordo, provocador... Éste sí que era enorme.
-No lo hagas, no...-pensó Martín, asustado, mientras seguía tocando.
Pero no lo podía evitar. Era algo superior a él. Y¡zas! Con un movimiento rápido, Martín izó su mano derecha y lo sacó con maestría. Los años de práctica. Nadie se dio cuenta, ni siquiera la bruja aburrida, señorita Cecilia que, para luego regañarle por lo que fuera, entre bastidores, no le quitaba ojo. Pero claro, si ya la extracción había sido una proeza, hubiera resultado heroico el haber podido llevarlo a la boca. Con lo que el magnífico concierto de piano siguió adelante, y con bastante éxito, por cierto, sin que nadie sospechara lo que pendía del dedo índice del artista: un gran moco verde, de un centímetro de diámetro.
Antes de que se diera cuenta, y mareado por los vaivenes, abrazos, enhorabuenas y zarandeos, Martín se encontraba saludando a la primera ministra británica que, dándole la mano y con un ademán muy afectado, le felicitó por su maestría ¡y a esa edad tan temprana!
-“Maigod! Guonderful! Fantastic!”-la inglesa hablaba atropelladamente y miraba su reloj de pulsera, con insistencia. Dijo que “sorry”, que tenía una cita muy importante. Y llegaba tarde. Había quedado a cenar con un mandatario sudamericano, argentino dijo, para tratar de unos temas que traían a ambos de cabeza.
A la semana siguiente, dio comienzo la famosa Guerra de Las Malvinas.
En el desayuno, papá le contaba a mamá un cotilleo que corría de boca a oreja por la redacción -papá escribía en uno de los dos periódicos más importantes de la ciudad-. Pues bien, parece ser que esa señora, parecidísima, por cierto, a mi tía Pura, quedó una noche, en un restaurante muy elegante de Londres, con el presidente argentino. Parece ser también que se disponían a firmar un acuerdo de no agresión para intentar evitar un conflicto armado en no sé qué zona, en América, al sur. Papá dijo que se peleaban por unas islas.
Nada más entrar en el restaurante, ambos mandatarios estrecharon sus manos con desgana y por obligación. Maldita la gracia que le hacía al de los tangos rozar siquiera a ese bloque de hielo, “hija de la Gran Bretaña” –pensó, haciendo un alarde de creatividad´- mientras ella le sonreía con una prepotencia y una soberbia de tal grado, que lo suyo era preguntarse con qué le pensaba sorprender esta vez.
Fue cuando el gélido saludo hubo concluido, que el argentino observó incrédulo cómo en plena palma de su mano derecha, ella le había plantado... “¿un? ¿un qué? ¡un... enorme moco verde!”. Eso era el colmo de la desvergüenza. No se lo podía creer. “Maldita frígida... Cómo osa... “ Pues que al orgulloso presidente le empieza a hervir la sangre y que no se contiene, y que va y le atiza un solemne bofetón en toda la cara, nada más y nada menos que a la de hierro, a la tal Margarita. Dejándola plantada en medio del restaurante, con sus secretarios, sus escoltas y con dos cosas muy claras: un claro moco verde en plena mejilla y una clara decisión de invadir las Falkland.
-Martín... -dice mamá, con su cara de pensar mucho más allá- ¿no fue la noche del concierto en Londres, cuando saludaste a esa dama, que ella dijo que tenía una importante cita con el presidente argentino?
-Sí, mamá ¿y...?
-Nada, cariño, nada.
Un escalofrío agitó a mamá. Y ese mismo escalofrío me heló a mí. Han pasado tres años y no he conseguido recuperarme. Nunca más volvimos a hablar del tema, pero esa mañana yo, Martín León, comprendí que comerse los mocos no sólo no estaba mal, si no que había que comérselos y rápido. No hacerlo podría llegar a ser muy, muy peligroso.
Marta Sotillos

