Como me llamo Julián
Marta Sotillos.
Esta es la historia de un hombre que no perdió un pie. Porque ésta es también la historia de un hombre que no permitió que otro hombre perdiera un pie.
Manuel es ganadero. Cría toros bravos. Le gusta su trabajo y además está bien pagado. Tampoco, a estas alturas, sabría hacer otra cosa. Y es que lleva treinta, de sus ya cincuenta años, cuidando con pasión a esas imponentes y pesadas bestias de pezuña férrea y mirada roja. De pura sangre. Manuel es corpulento y, a pesar del tiempo, aún fuerte, con mente abierta, barba cerrada y olor a campo. Un buen hombre humilde, noblote de raza y trabajador hasta las cachas, acostumbra a robarse horas de descanso para poder ofrecer mejor dos trozos de pan que uno, mejor dos sacas de patatas que una, a los suyos. Así lleva adelante a cinco de familia. Su mujer no trabaja, padece una enfermedad de corazón, los chavales aún son pequeños y todos han de comer.
Julián soy yo. Soy un hombre joven de cuarenta años. No soy médico. Pero como si lo fuera. Empecé la carrera de medicina por auténtica vocación y no la terminé porque mi padre, en un acto de egoísmo sin límites, se negó a costearme los dos últimos años de facultad.
-¡Hale, hale, ¡suficiente!, ¡A trabajar que ya está bien de pasar la aguja sin hilo! -gruñía sin ni siquiera mirarme, enrocándose tras su periódico.
Le recuerdo intercalando esa frase con la de la sopa boba. Yo entonces no tenía un duro, así es que tuve que dejar todo a mitad de camino y quedar en practicante. Amo mi profesión, pese a no estar bien pagada. Hasta el mediodía, la ejerzo en un hospital, por las tardes, tres días en semana, en una clínica y dos, visito enfermos. Las noches, en que no surge ninguna operación o no hay guardia, las dedico a profundizar en el estudio de todo lo que, relacionado con el cuerpo humano, se me ponga por delante, sobre todo músculos y huesos. Soy especialista en rehabilitación y traumatología.
Sé como el que más de medicina gracias a mi inquietud y a alguna eminencia, como el doctor Santiago Vaquero, mi maestro, con el que tengo el placer de colaborar en diagnósticos, curas e intervenciones quirúrgicas. Pero, en ésta profesión, estoy harto de ver cosas que no me gustan. Me sorprendo, y es entonces cuando me hierve la sangre y la ira se apodera de mí, al comprobar cómo algún compañero o jefe, médico o practicante, actúa sin criterio, con negligencia e ignorancia, aplicando su despropósito en seres humanos y cuerpos ajenos, causando, en ocasiones, irreversibles daños.
-¡Julián, ven rápido, tenemos una urgencia!- gritó de repente Sara, una de las enfermeras, asomándose a la antesala del quirófano, donde aquella noche empezábamos la guardia.
-¿Qué ha pasado? -respondí, con las manos ya embadurnadas en desinfectante, ya bajo el chorro del agua, mientras Isabel, la nueva de prácticas, me ataba la bata verde por detrás.
-Un hombre. Creo que le ha pisado un toro. ¡Quinientos kilos...! Pie derecho...¡Rápido, pierde mucha sangre! Ana, Isa, venir. Llamar a Juan. ¡Todos al quirófano! ¡Vamos!
-¿Dónde está el doctor Vaquero? –le pregunté, ahora ajustándome los guantes
- Hoy, libra. Está Don Carlos -gritó
-¿Don Carlos? ¡Dios, no! – me dije, recordando la última discusión que habíamos tenido por un desacuerdo en cómo corregir una fractura de cadera. Recordando cómo, por un error absurdo, ese tuercebotas de “Don Carlos” estuvo a punto de dejar coja de por vida a una chica muy, muy, joven.
Me tomé un momento para imaginar lo que me esperaría en la habitación contigua, la sala de las decisiones sin vuelta atrás, de los ultimátums precipitados, el parqué de la vida, donde la actividad solía ser frenética porque las acciones de la muerte podían bajar o subir en cuestión de segundos. Respiré hondo, estaba preparado y entré. En la camilla, yacía un hombre recio, de unos cincuenta años, desnudo de cintura para abajo, sus partes cubiertas con una sábana y una pierna envuelta en sangre.
Aquel hombre estaba inmovilizado y no se quejaba, pero su mirada era el reflejo de lo que hay más allá del dolor. Una súplica. Esa mirada negra, de ojos enormes me evocó al niño indefenso a punto de ser duramente castigado por algún superior, cruel en extremo, yendo de un lado a otro, buscando una salida, a la desesperada. Aquel hombre negaba con la cabeza. ¡No, por favor, no!, parecía querer decir. El sudor había empapado su frente y el arranque de su pelo como si estuviera recién duchado o se hubiera untado fijador, mostrando esa palidez angelical, que siempre he admirado porque ilumina la cara de los heridos, de los recién muertos y de los novios el día de su boda, y los rejuvenece y hace que brillen.
Y aquel hombre no se quejaba. Le habían practicado un torniquete para detener la hemorragia y ahora una enfermera le estaba limpiando la profunda herida que presentaba en su pie. Me detuve delante de él para observarlo, alguien me pasó su radiografía, la eché un vistazo a la luz del foco...Tenía las falanges y las cuñas destrozadas, pero a ver...¡A ver! Ahora el que buscaba con urgencia la mejor salida posible era yo.
-¿Qué opina, Don Carlos? -dije girando la extremidad con cuidado, y palpando aquel desaguisado, haciendo balance del estado de cada uno de los huesecillos y tendones, para estudiar el caso con rapidez, pero en profundidad. A ver...
- Está machacado. Lo veo muy feo. Julián, ¡amputamos!. –fue su fría respuesta.
-¿Pero qué está diciendo? ¡Espere! ¿Ha mirado bien esto? ¡Conserva los metatarsianos, el calcáneo y el escafoides!–las palabras me salían como escupidas, mientras, con brazo firme, alzaba la placa por encima de nuestras cabezas, como si de un panfleto revolucionario se tratara y yo fuera el líder de la causa.
-¡Dormirle! ¡Amputamos al inicio de la tibia! –gritó ahora despótico.
-¡Noooooooooo! -fue ahí cuando el hombre lanzó ese alarido animal. Le miré a los ojos y entonces su pesado torso incorporado se desplomó, inconsciente. Se había desmayado, pero antes de quedar fuera de juego, me había pasado la pelota, esa última mirada.
Si unos instantes atrás había albergado dudas sobre la posible recuperación del miembro, ahora lo tenía claro.
-Este paciente puede salvar su pie. La radiografía así lo demuestra. Conseguiremos reconstruirlo. No va a haber amputación. ¡No lo voy a permitir! ¿Se entera? –grité, acercándome a Don Carlos y enfrentándome así abiertamente con él.- ¿Se ha enterado? –repetí.
-Usted... se calla. ¡Déjeme! ¡Yo soy el responsable aquí! ¡Yo soy el médico y usted no!
Estuve a punto de pegarle y noté que se me revolvía el estómago, pero no había tiempo que perder. E hice algo por lo que podría haber sido expulsado del hospital y hasta de mi profesión –de no ser porque nadie más me oyó y porque después quedaría bien demostrado que yo llevaba razón-.
Cogí la sierra ósea en una mano y con la otra alcancé a ese matasanos por una de las mangas de su bata, aproximando su cara a la mía, después respiré como una bestia antes de atacar, y haciendo acopio de una tranquilidad totalmente ficticia, los dientes apretados y el tono de voz muy bajo, le dije subrayando cada palabra:
-Como se atreva a cortar este pie, le juro que le corto yo a usted los huevos. Como me llamo Julián.
Don Carlos me miró como intentando sopesar el grueso de mi amenaza. Y debí poner tal cara de asesino que, arrancándose con furia la mascarilla, salió del quirófano hacia los lavabos, encorvado como una rata, bajo las miradas y el silencio de todo el equipo.
-Don Carlos está indispuesto. Localizar a Don Santiago. Que venga cuanto antes. Enfermeras, anestesista, ¡rápido! ¡Operamos! –ordené yo con cierto alivio, poniéndome al frente, mientras dábamos comienzo a aquella larga intervención…
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Nota del narrador: Manuel no perdió su pie porque Julián se llamaba Julián. Hace tiempo que sé lo que significa eso, porque hace tiempo que conozco a este hombre. Julián es mi padre.



