RELATO 8: Todas las batallas.
Todas las batallas
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Hubo en algún tiempo un rey castellano llamado Juan que tenía tres hijos. Entre ellos, destacaba una preciosa princesita, de nombre Isabel. El rey pronto enviudó e Isabel, la niña de sus ojos, y de su alma, creció al cercano amparo de su padre, con tanto cariño y predilección, que ella, desde muy pequeña, había jurado no desposarse con ningún varón. Ninguno podría llegar a la altura de su padre. Nadie le suplantaría en su corazón. Y nadie la tocaría. Y así la niña fue creciendo, convirtiéndose en una bella mujer, deseada por todos y cada uno de los caballeros de la corte. Y de los condados adyacentes. Y de todos los reinos conocidos hasta entonces.
Cuando la princesa cumplió quince años, el rey, haciendo oídos sordos al parecer de su hija, y atendiendo a los consejeros de estado, más por meros intereses económicos que de otra índole, prometió a su hija con Don Fernando, un joven educado, apuesto y príncipe. Heredero de la corona de Aragón. La unión de sendos reinos supondría esa prosperidad tan ansiada por Castilla desde hacía años.
Pese a la contrariedad de Isabel, la boda se celebró. Y esa preciosa niña, ya preciada mujer, pronto se vió lejos de su padre y de su aura de protección y de esas convicciones de no conocer varón y llevar una vida monacal.
Isabel poseía un carácter fuerte, aderezado de un gran arrojo. Así es que la noche de bodas, se encerró en sus aposentos y no permitió la entrada de su esposo. Y así, una y otra noche, una y otra noche, cerró la puerta a cal y canto, para desesperación del joven y amante marido, ya rey.
Fernando, dado su talante sosegado, intentaba sobrellevar el celibato con paciencia, pero a veces explotaba en verdaderos ataques de furia, porque además no era ése el único problema que daba vueltas en su cabeza. Tenía alguno que otro más, como una sangrienta guerra civil desatada en Castilla a causa de la rebeldía del hermanastro de Isabel, Enrique, que no gustándole la unión de ambos reinos, había desheredado a su hermana y tomado las armas. Así, a causa de la guerra entre castellanos y la ausencia de contacto alguno con su mujer, Fernando consideraba dirigirse, en ocasiones, camino de la demencia. Y el joven rey buscaba y no daba con el remedio a sus males, hasta que asesorado por su secretario y hasta por su consejero espiritual, Don Fernando partió a consultar a una hechicera que vivía en una lejana aldea en las montañas. Después de soportar un duro viaje, dió con ella. Y tras la consulta, ésta le dijo:
-"Bebe el primer calostro que mane de las entrañas de tu mujer en su primera maternidad y ganarás todas las batallas".
-Pero...-contestó el joven enamorado- yo no sólo quiero ganar contiendas, también deseo conseguir el amor de mi querida esposa Isabel.
-Un buen rey debe aprender a escuchar. "Todas las batallas" -repitió la bruja, y añadió- Parte raudo, haz caso de las palabras de esta anciana y tu desdicha desaparecerá.
Don Fernando, cogiendo su capa y su espada, se levantó y ya se disponía a salir de la cueva donde se encontraban, cuando la vieja bruja exclamó:
-No obstante, existe una salvedad: Para que mi hechizo se cumpla, ella deberá quedar preñada antes de que la luna reaparezca llena en el firmamento. No te demores o lo perderás todo. Te quedan diez noches. Y aún tienes tres jornadas de camino...
El rey Fernando montó en su caballo y galopó raudo de vuelta al hogar. Por el camino, se hacía cábalas sobre cómo conseguiría poseer a su mujer. Barajó varias posibilidades, entre ellas, la fuerza, pero pronto la desechó. Si la violentara, ella, que ahora no permitía ni que le rozara la piel, jamás volvería a mirarle a la cara. Y él la amaba. Y anhelaba el día en el que su reina se diera cuenta de la profundidad de su amor y le concediera el placer de decírselo sin palabras, uniendo sus cuerpos.
-Le he de contar la verdad- se dijo.
Además, Fernando sabía que Isabel estaba tan preocupada como él por el futuro del reino, máxime cuando acababan de llegar noticias de que Enrique había nombrado a su hija Juana como reina legítima de Castilla. Juana, una bastarda que las malas lenguas suponían no hija del hermanastro de Isabel, del que tachaban de impotente, sino de un tal Beltrán. Juana la Beltraneja, la llamaban con no poco desdén.
Pues bien, ésas eran las vueltas que daba a sus pensamientos el rey Don Fernando cuando ya, en lontananza, divisó los torreones pardos de la inmensa morada que compartía con su vida y con doscientos sirvientes más.
-La verdad, Fernando, la verdad -se repitió- Aunque sesgada. Por supuesto, jamás podría confesarle el hecho de haber pedido auxilio a esa hechicera para poder saciar sus apetencias amorosas. Ella no se lo hubiera perdonado.
Ya en las puertas del castillo, calculó que le quedaban siete noches para llevar a cabo su plan. En una de ellas debería sembrar en el vientre de Isabel la semilla que germinaría en el futuro heredero de la corona, y así poder beber esa primera leche que saliera de los pechos de Isabel y salvar su reino. "Todas las batallas" -recordó.
A su llegada, y tras reposar de la dura andanza, mandó llamar a la reina, su mujer, y le relató el porqué de su partida y lo que le había aconsejado "aquella sabia mujer", dijo, refiriéndose a la vieja arpía. Por supuesto, a Isabel tampoco le podía insinuar que se tratara de una bruja. Habría desencadenado la cólera de su esposa, dada su intolerante religiosidad. No en vano, ya era conocida como la reina católica.
Tras persuadirla con argumentos del tipo "Mi señora, sólo así conservaremos nuestro reino", Isabel accedió. No sin condiciones. Sería al día siguiente, "cuando el canto de los grillos reciba al crepúsculo" -dijo ella.
Después de la conversación, y a pesar de encontrarse exhausto, Fernando no pudo conciliar el sueño y durante toda esa noche se oyeron pasos en su estancia de un lado a otro, y de otro a uno, con una agitación impropia de ese rey tan cabal. La imagen del encuentro que tendría lugar al día siguiente le hacía difícil reprimir aquel desasosiego.
Al anochecer del día elegido, el joven rey, esperaba en su cámara. Le habían bañado con hojas de hierbabuena y musk y, después de masticar menta y enjuagarse la boca con agua de azahar, había ordenado rasurar aquella, su barba endiablada. Un lacayo le cepilló los largos cabellos hacia atrás y se encargó de cortar las uñas de sus manos y pies, además de limpiar el interior de sus orejas. El rey Fernando brillaba, y su aspecto era tan gallardo y varonil que hasta él mismo había dado un respingo al verse reflejado en la copa de plata en la que ahora bebía jugo de uva.
-¡Pardiez! -se dijo, imitando el vulgar lenguaje de sus escuderos, mientras, con una sonrisa forzada, pasaba revisión a sus dientes.
Fueron dos toques en el portón de madera, los que le avisaron de la cita, seguidos de la tímida voz de una doncella recitando aquella frase sin sentido aparente que, a modo de contraseña, había ideado la propia Isabel.
-Señor..." Los becerros triscan en la pradera"
Así es que, intentando no profundizar demasiado en aquella clave, ni indagar en su, más que probable, doble intención, el dispuesto amante se dirigía ahora por la galería de piedra, lóbrega, dispuesto a cruzar el umbral de los aposentos de la reina. No cabía en sí de gozo.
Cuando entró, sus ilusiones tardaron en desvanecerse, porque eran muchas. No por otra razón. Un profundo olor a incienso confería al ambiente cierta similitud al de una capilla sacra. La estancia estaba oscura, débilmente alumbrada por las llamas de unos cirios en sus candelabros. Como sus presentimientos. Sus ojos pasearon directos al tálamo. El cortinaje del dosel había sido corrido, dejando entrever apenas una figura postrada. Se acercó con decisión. A cada lado y coronando las cuatro esquinas de la cama, a modo de cariátides, reconoció a Doña Flor, Doña Elvira, Doña Brígida y Doña Leonor, las cuatro damas de compañía favoritas de la reina Isabel. Esto empezaba a no satisfacerle demasiado. Él era el rey, ¿qué se habían creído para velar, defender, de ese modo a su señora? ¿qué él era un maldito truhán?
-¡Fuera de aquí todas! -ordenó enojado.
-Señor...nosotras... -se arrodilló Doña Flor y, tras ella, las demás.
-¡No! -gritó ahora Isabel, desde el interior del lecho- ¡Ellas se quedan! Son mis condiciones ¿recuerdas? Si pretendes copular conmigo, tendrán que estar ellas presentes.
El rey Fernando parecía descompuesto, pero era inteligente y en su experiencia de ya dos años desposado con esa mujer, decidió que tal vez fuera mejor no contrariarla. Ella podía tener un genio endiablado y entonces le expulsaría de su dormitorio y nunca más le permitiría volver a pisarlo.
Y así fue que aquello se convirtiera en una representación patética del amor. Isabel, oculta, escondida, entre los ropajes de la cama, llevaba un camisón grueso, lleno de molestas puntillas y recatado hasta los límites del pudor y hasta el cuello y hasta las orejas. Entonces, él se despojó de la pesada capa que le cubría y apareció delante de aquellas cinco mujeres, de miradas evasivas, ridículo, con una camisola bordada en oros y platas, que le cubría hasta los tobillos. Cuando entró en el catre, intentó abrazar a su esposa y ésta se estremeció y empezó a temblar. Aquel comportamiento tan infantil le excitó, pero, por otra parte, sentía un deseo desesperado de poner fin a tan penosa situación. No se recrearía en ningún juego. Desabrochó la presilla que cerraba un agujero en la tela del camisón de Isabel, justo a la altura de sus aún vírgenes genitales, y con soltura montó encima de ella e introdujo su pene en aquella cerrada vagina. Subió, bajó y empujó cuatro o cinco veces. Y la fue a besar, él la amaba, pero antes se detuvo a observar sus bellos rasgos. Y lo que vió fue una estatua de piedra, gélida y hierática, que cerraba los ojos y arqueaba la boca en una mueca de repugnancia.
-¡Basta! -gritó él, no pudiendo soportar el hecho de ser inspirador de tanto asco en la persona amada.
Volvió la cabeza para mirar a las cuatro damas. Estaban inmóviles, alguna ruborizada, y todas con la mirada perdida.
-¡Se acabó! -dijo- Siento, mi reina, que hayáis sufrido tanto por mi causa. Juro que no volverá a ocurrir -añadió, mientras se ponía de un salto en el suelo.
Recogió su capa y con ira y unas profundas ganas de romper lo que fuera y romper a gritar, hasta llorar, salió de la alcoba de Isabel, pegando tal portazo que fue ahí que algunas de las velas encendidas, se apagaron, quedando la estancia en tinieblas. En silencio. Como su alma.
Pasaron los meses y nada cambió, excepto que la noticia de que la reina Doña Isabel pronto daría un heredero al rey Don Fernando, corrió de boca en boca y de aldea en villa, y fue recibida con grandes festejos, para júbilo de todos, nobles o plebeyos.
Y pasaron los meses y nada cambió, excepto que la inminente maternidad produjo en Isabel una dulzura y una buena predisposición hasta ahora desconocidas por el rey.
Mientras, con la entrada de Portugal en el conflicto, la guerra civil en Castilla se iba agravando, tornándose cada vez más cruenta e insostenible, y llevando a hacer temer al monarca que el fín de ese despropósito no estuviera tan próximo como él hubiera deseado.
-"Ganarás todas las batallas" -le había dicho aquella mujer en la cueva.
Ahora Don Fernando no tenía tan claro que aquello fuera a ser verdad.
Lo único cierto es que el bebé crecía en el vientre de Isabel. Crecía tanto que ya estaba próxima la fecha del alumbramiento.
Los esposos, a pesar de que ahora Isabel a veces se dignaba a dirigir la palabra a Fernando, no habían vuelto a mentar el tema de la primera leche que fluyera de los pechos de ella. Y él se preguntaba, con temor, si ella cumpliría lo pactado.
La semana antes del parto, el rey se había deshecho en atenciones hacia su reina. Y había hecho traer a los mejores galenos del país. Todo estaba preparado. Y ahora los pucheros de palacio ya hervían el agua y las sirvientas ya preparaban paños y ropas de abrigo para el recién nacido.
Era invierno y ese día nevaba con intensidad y los campos parecían hechos de algodón para recibir a su príncipe, o a su princesa. Fernando despachaba en sus aposentos, dictando una extensa carta que su secretario escribía en un pergamino. Una de las muchas misivas de paz que había hecho llegar a Doña Juana para hacerla entrar en razón, cuando llamaron a la puerta. Era Doña Leonor. El heredero acababa de nacer. Se trataba de una niña sana y sonrosada que había roto a llorar por sus medios, haciendo una demostración tal de capacidad pulmonar, que los doctores estaban maravillados.
-¿Y la reina? Informadme, ¡raudo! -preguntó el rey, nervioso.
-Majestad, la reina se encuentra perfectamente. El parto ha ido por los cauces naturales y Doña Isabel, gracias al cielo, no ha sufrido desgarramientos ni lesión alguna. Los médicos dicen que su estado es como el de una rosa.
-Iré a verla -dijo él
-Disculpe, mi señor, ahora se encuentra descansando. Ha ordenado que no se la moleste.
-Está bien, retírese -acató el rey.
De pronto, una sensación de angustia invadió a Fernando. Ella le odiaba y no iba a cumplir su palabra. Y ese hombre paseó, oró, leyó, miró al cielo, y volvió a pasear, de un lado a otro, como una fiera enjaulada. Ya habían pasado treinta y dos horas desde el alumbramiento. Y nada.
Fueron dos toques en el portón de madera, los que le despertaron, seguidos de la tímida voz de una doncella recitando de nuevo aquella maldita frase.
-Señor..." Los becerros triscan en la pradera"
El rey Fernando saltó de la silla donde dormitaba y se dirigió por la lóbrega galería de piedra, dispuesto a cruzar por segunda vez el umbral de los aposentos de la reina. No cabía en sí de inquietud. Cuando entró y vió a su amada, ahora además madre de su hija, se le llenaron los pulmones de un gozo tan incontenible que le dificultaba el respirar.
Miró alrededor. Ahí estaban las cuatro damas de compañía, pero no veía al bebé.
-Se han llevado a la niña. Los doctores querían examinarla con cuidado -dijo con suavidad Isabel, reclinada en su lecho, casi sentada por varios almohadones a sus espaldas.
-Bien -respondió el rey Fernando, cauto y grave en su trato, pero notando cómo el corazón se le salía del pecho.
Entonces, Isabel dijo dirigiéndose a sus damas:
-Gracias. Podéis retiraros. Todas -y recalcó el "todas".
Obedientes, salieron. Y ahí se quedaron, Isabel y Fernando, solos. Por primera vez desde que se conocieran.
Ella le miraba a los ojos, cosa que no había hecho nunca hasta aquel momento. Él se acercó. Nunca la había visto tan hermosa. Sonreía y sus grandes ojos negros brillaban como estrellas. Su pelo largo y suelto, se enroscaba en tirabuzones, recorriendo, como serpientes, sus gráciles clavículas y sus brazos desnudos. Estaba preciosa. Aquella suave toquilla de seda sobre sus hombros, dejaba entrever un camisón rosa con un profundo escote por el que asomaba el inicio de dos pechos grandes y turgentes, tan abultados por la maternidad, que su piel brillaba tersa. Fernando no podía dejar de contemplarlos. Y esa boca... Y ese cuello...
-Hicimos un trato y no lo he olvidado -susurró ella.
-Pero, yo no quiero que...-comenzó a decir él.
Entonces ella, retiró con delicadeza el chal que la cubría, dejándolo resbalar al suelo, descubriéndose. Don Fernando tragó saliva. Estaba paralizado.
-Ven -dijo ahora ella, con decisión. Y alargó los brazos y le tendió una mano. El se acercó y la apoyó en la suya. Y ella lo atrajo hacia sí. El rey se sentó en el lecho, frente a ella, mirándola fijamente, como preguntándole cuál era el siguiente paso que podría dar para no incomodarla. Entonces ella se apartó el pelo, cogió el borde del escote de su camisón y lo retiró suavemente, mostrándole uno de sus pechos desnudos. Rosado y venoso, como una flor.
-Acércate -le dijo- no temas.
Él se comportaba como si fuera un niño acostumbrado a que le regañaran duramente por algo que en ese momento le estaba permitido hacer. Por primera vez.
-Tómalo. Es tuyo. Lo prometí -añadió ella, ofreciéndoselo.
Ahí, el rey, el hombre, no se pudo contener por más tiempo. Se acercó a ella, a su cuello, a su pecho, a su aún blando pero hinchado pezón y, primero con miedo, más tarde con rabia, lo agarró entre su boca, y lo mordió y succionó, endureciéndolo, y lo lamió, abriendo la boca y cerrándola, ayudándose de su sedienta lengua. Y se incorporó para mirarla. Y lo que vió fue una mujer tan plena, tan bella... Y vió cómo ella entornaba sus ojos, echando la cabeza hacia atrás. Y notó cómo su respiración se volvía profunda y se entrecortaba. Y sintió el calor de ese cuerpo tan necesitado de amor. Y ella le acarició su pelo y su nuca y su mejilla. Y él se deshizo con ella, con su reina, con su intocable amada.
Así fue que el rey bebió los calostros de la primera maternidad de su mujer. Aquel líquido amarillento, aquella primera leche, manó del hermoso pecho de Isabel con fuerza. Y él bebió. Su sabor, aunque amargo, era lo más dulce que el rey había probado en su vida. Porque ese día, bebió pura vida y murió un amor no demostrado en tres años juntos. Y se amaron hasta el dolor.
-Ganarás todas las batallas -le había asegurado aquella extraña mujer...
El joven rey había ya ganado la batalla más importante. Y, en ese momento, se la estaba ofreciendo, ahí, de rodillas, a su reina.
Seis años más tarde, ganaría otras batallas, la de Toro y la de Albuera, que pondrían fín a la guerra en sus territorios. Ya podía respirar tranquilo. La profecía de la bruja se había cumplido. Todas las batallas.

