La Coctelera

Relato 4: Me gusta, no me gusta

Recuerdo que por aquellos días yo tenía un medio noviete, medio tonto (por entonces, aún sólo me parecía “medio”), llamado Manuel. Pues una tarde lluviosa del mes de octubre, de ésas que cae el aburrimiento a plomo, nos encontramos Manuel y yo en un pequeño bar de comida rápida y recuerdo que él enseguida se encerró en su mundillo a ras de tierra. Pero recuerdo que antes pidió algo de comer. Y recuerdo que pronto se entregó a su comida y sólo se molestaba en abrir la boca para engullir una especie de enormes bollos que abrazaban a un trozo de carne machacada, quemada y chorreante de coloridas salsas americanas.

Yo estaba a punto de irme y dejarle allí solo en su disfrute, cuando se me ocurrió una idea.

-Manu –le dije- vamos a jugar al ni sí, ni no, ni qué se yo, ni blanco, ni negro, ni hoy, ni mañana...

Ante mi propuesta, y al intentar él contestarme rápido después de un gran bocado, empezó a toser, atragantándose con un trozo de cosa verde que rápidamente salió despedida de su boca hasta el centro de la mesa. “Qué asco da”, pensé, pero haciendo un esfuerzo por no fastidiar lo que quedaba de tarde, le dije:

-Vale, está bien, si no quieres, no importa, juguemos al “me gusta, no me gusta”.

-De acuerdo –dijo con la boca llena, mostrándome todo su contenido.- ¿Cómo es eso?

-Yo digo algo que me gusta, luego tú algo que te gusta y después igual pero con el “no me gusta” ¿te parece divertido?

-Sí, empiezo yo –dijo acercando su silla a la mía y limpiándose la barbilla con la ayuda de unas cuantas servilletas de papel. Entonces carraspeó y aproximó su boca a mi mejilla y sacando la lengua de ketchup y dándome un sonoro lametazo, me susurró con voz teatrera, como de gran seductor: “Me gustas tú, me gusta besarte, tocarte y chuparte...”

-¡Eso no vale! –salté, dándole un empujón que por poco le tira de la silla, mientras me limpiaba con el puño de mi jersey las babas que había dejado en mi cara - Tiene que ser más original. Del tipo, me gusta el olor a tierra mojada porque me recuerda al pueblo de Galicia donde me crié...

-¡Joder, Marta! ¡Qué profundidad! – contestó Manuel, encendiéndose un cigarro y dando una gran calada.

-Tómatelo en serio, Manuel –protesté- Venga, empiezo: me gusta observar detenidamente las zonas más oscuras de los cuadros de Velázquez y descubrir que no son manchas lo que parecen, sino objetos claramente definidos.

-Vale, tía, ¡muy culta! Uhmmm… Me gustan las llantas de las ruedas de los aviones.

Me miró como preguntándome si eso era aceptable. Yo asentí ladeando la cabeza, como diciendo “Está bien, pero en la próxima te esfuerzas más”. Y así seguimos un buen rato, yo decía una y a continuación él otra. Al principio era curioso ver la diferencia que había entre mis gustos y los suyos, luego nos fuimos igualando. Era un simple juego, pero ese simple juego me hizo ver con claridad con qué clase de persona estaba saliendo. Vamos, que me abrió los ojos. Yo que creía que Manuel era de una simpleza paralela a la de un cubo... Me equivoqué y al final ganó él.

-Me gustan las tetas gordas–empezó.

Yo hice como si no lo hubiera oído y seguí.

-Me gusta mirar a los ojos a una persona y saber que nos estamos entendiendo sin palabras, con esa complicidad que tanto une.

-Me gustan los macarrones a la Boloñesa.

-Me gusta sentarme en la arena de la playa y ver durante horas cómo mueren las olas en la orilla y enterrar mis manos en la arena y frotarlas con ella y sentir cómo se suavizan.

-Me gusta el fútbol.

-Me gusta la paz con la que se deslizan dos patinadores sobre hielo, con sus piernas bien torneadas y sus pies moviéndose en zigzag, como levitando.

-Me gustan las bujías sucias.

-Me gusta un buen trago de cerveza helada después de un agotador partido de tenis.

Eso le agradó más a Manu y pareció animarse.

-A mí las pelotas de tenis, de baloncesto... Las pelotas, en general.

-Sí, a mí ver cómo vuelan las de badmington, que no pesan, son como plumas...

-A mí los indios de las pelis.

-Sí, el cine de Woody Allen, tan inteligente, tan decadente y moderno a un tiempo.

-Eso, el hombre del tiempo, con sus marejadas y marejadillas...

-Ir en un descapotable, en pleno invierno, dándote el viento en la cara y dejándote la nariz helada.

Manuel se fue metiendo en el juego, y cada vez íbamos más rápido. Reconozco que me empezaba a divertir con él.

-Me gustan las mujeres guapas y graciosas. Y las mujeres que pisan fuerte por la vida.

-A mí los hombres. Me gusta el antebrazo de los hombres. Sí, desde la muñeca hasta el codo. Y sus manos. Y su cuello.

-Uhmm! Esto se va calentando...-dijo sonriendo Manuel.

-No te creas... Me gusta el tintineo de los hielos en un vaso de cristal.

-A mí Tintín ¡y Rin-tin-tín! – Y soltó una gran carcajada por su ocurrencia.

-A mí reir con ganas, de esto que te partes de la risa y no puedes parar por más esfuerzos que hagas, hasta que casi te haces pis, y las conversaciones con amigos hasta altas horas de la madrugada, que es cuando te cuentas lo incontable y te dices lo indecible...

-Sí, borrachos como cubas…

-O no.

-O sí, Marta. Es mi gusto ¿recuerdas? Vale, me pondré profundo…A mí me gusta tocar la armónica porque me trae a la memoria tiempos solitarios y tristes que, por suerte, no entiendo y nunca viví. Ni los pienso vivir…Y me gusta contar historias que duelan, que hagan llorar. Que llores... me gustaría que lloraras...

-Aún no me has hecho nunca llorar...-salté desafiante.

- Dame tiempo.- y volvió a sonreir, esta vez cruel.

-Bueno –corté viendo que la cosa se ponía seria- Ahora lo que no nos gusta... No me gusta oír lo que me has dicho.

-Oír, oír... A mí no me gusta el cerumen de las orejas, tan pegajoso...

-¡Tú eres un puerco! No me gustan las guarrerías.

-Yo odio tu delicadeza fingida.

-Yo no finjo. Odio a los mentirosos. A los que no se atienen a la realidad, como tú.

-A mí no me gustan las charcuterías, ni las pollerías...ni los filetes de hígado.

-¿Y eso a cuento de qué viene?

-A cuento de nada. No me gustan los cuentos, ni siquiera los cuentos chinos...

-Eso. A mí no me gustan los chinos. Me parecen unos intrigantes de mucho cuidado. Y tú eres un intrigante, como ellos.

-A mí no me gusta la salsa agridulce, ni las sandalias que dejan ver uñas de los pies pintadas de rojo.

-Yo aborrezco los zapatos de rejilla por los que asoman calcetines grises o blancos.

-No me mires, yo no llevo eso, gilipollas.

-Yo no soy gilipollas. No me gusta que me insulten sin motivo.

-¿Y con motivo, tontita?

-Tampoco.

-A mí no me gustan “las” que hablan demasiado… bla, bla, bla...

-A mí no me gustan los que cuando hablas están preparando su respuesta absurda en vez de escucharte.

-¿Qué? ¿Qué decías?

-¡No te hagas el idiota! No me gustan los que se creen graciosos y no lo son.

-Calla, seguimos. A mí no me gustan los pantalones bombachos, ni el color morado, ni los botines, ni las blusas de lacitos, ni los pelos rizados, ni las bocas desdentadas, ni la halitosis, ni las sardinas en escabeche, ni el olor de la coliflor cuando se cocina, ni el bacalao como ritmo, ni como pescado...

-Me toca a mí… Ni los lirios, ni los cirios, ni la gente que huele a sudor de varios días, ni el queso de Burgos, ni la porquería entre las uñas, ni los programas de cotilleo, ni las películas violentas, ni el sabor del bicarbonato, ni las canciones del verano, ni las tías Cármenes del mundo (en todas las familias hay una tía Carmen que es una pesada ¿verdad?), ni los íntimos amigos de media hora, ni el mosto, ni los abrigos de visón, ni las niñas cursis que sacan la lengua, ni que me hagan burla repitiendo mis palabras...

-Mis palabras...

-Ni los tíos como tú...

-Como tú...

-¿Eres idiota?

-¿Eres idiota?

-Ni estar con un bobo, que come las hamburguesas como un cerdo.

-Sí, eres idiota.

-Mira, paso. No me gusta este juego. Se acabó.- y crucé los brazos de punto y final.

-Vale, se acabó.

-Y deja de hacerme burla ya.

-Está bien, cariño.”Ya”.

-“Ya” lo he dicho yo.

-“Ya...”

-Uf! ¡No te aguanto!

-No me aguantas porque no te gusta que no se haga lo que tú quieres. Y no te gusta que te lleven la contraria. Eso es lo que realmente no te gusta. ¿Eh, Martita? Deja de decir estupideces, niña. Yo sé que eso es precisamente lo que NO te gusta. Que no sean como tú esperas y que te lleven la contraria.

-¿Y a ti qué te importa lo que me gusta y lo que no me gusta? -contesté altiva, sabiendo a ciencia cierta que él acababa de dar en la diana.

-Era tu juego, te lo recuerdo, querida. Venga, propón otro, anda, cariño...- y plantó su horrible mano en mi brazo desnudo, apretándome con fuerza.

El siguiente juego fue que el viera cómo se me saltaban las lágrimas y me levantaba y salía de su vida. Y jugó bien, es cierto. Sólo se limitó a verlo y no hizo nada más. Bueno, sí... sonrió satisfecho. Él había ganado el juego. No resultó ser tan tonto como yo creía, primero, acertó plenamente en lo que no me gustaba, que era precisamente yo misma, y me lo restregó con saña y , como regalo, yo lloré, que era lo que me acababa de confesar que más le podría gustar a él en este mundo.

Marta Sotillos

1 comentario

  • Hola. He llegado a la página por casualidad, aburrido en el trabajo. Me ha gustado mucho el relato. Una anécdota intrascendente que se convierte en un pequeño drama y que dice mucho sobre como son las cosas entre los hombres y las mujeres.

    Me gustaría conocer a la persona que lo ha escrito.

    Un saludo

Escribe un comentario