La Coctelera

Relato 2: La cocina del bisabuelo

Sin embargo, me hubiera gustado conocer esta estancia en todo su esplendor y no es que hoy no me plazca contemplar esos cuencos de cristal telearañados y esos tarros de miel petroazucarada y esa pequeña ventanuca al río dejando traspasar la luz como una monja no dejaría entrever jamás el más ínfimo de sus deseos carnales ocultos. Pero ya te digo, me hubiera gustado vivirla realmente en su plenitud. Cuando era el rebullir de guisos a base de carne fresca y hortalizas, quesos grasientos y hogazas blancas recién horneadas y cocineras y doncellas gordotas, de senos y rodillas recias y manos enrojecidas por el agua gélida de la pila, cortando rebanadas de embutido, mezclado con el fuerte olor a cebolla y el sudor de los fogones, mientras en el gran salón adyacente, envuelto en libros, banderas, estandartes y tapices, se celebraba una solemne recepción donde las risas, las miradas, la envidia, el coqueteo y las intrigas formaban el más afrodisíaco de las sazones a cualquiera de los platos que partiera de esta cocina con rumbo a esas bocas de pitiminí, sonrientes en un fino esfuerzo de disimulo, sedientas de poder, reconocimiento y ser alguien en esa sociedad tan renaciente, tan ilustrada y tan decadente, tan lasciva como puritana, tan falsa como el propio pecado original. Mi bisabuelo era uno de ellos. Lo llevo a fuego en los genes. Y me persigue. Qué honor y qué tufo.

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