La Coctelera

Relato 16: Me llamo Domingo


Me llamo Domingo porque nací en martes. Mi madre. Por joder.

No sé qué años cuento porque el padre, que era un desastre, decidió ir a la ciudad a apuntarme en el registro cuando ya me habían asomao lo menos..., lo menos..., ocho dientes, y como al muy cabrón le daba vergüenza confesar su delito, mintió como un cosaco a la señorita de la ventanilla, gente sin cultura, y ésta se lo tragó, anotó el nombre y me plantó el tampón sobre un escrito en el que figuraba que mi padre acababa de ser padre.

Pero no es lo de la edad lo que me quita el descanso. Lo que me trae a maltraer es que ese día me empecé a llamar oficialmente. Domingo. Y desde esa fecha soy un desgraciao. Lo sé. Porque todo viene de ahí. El puto nombre me ha marcao la insistencia. Me llamo Domingo porque soy un simple, un don nadie, y porque no conseguí ni mujer ni hijos, y porque estoy tieso y porque tengo enferma hasta el alma de una depresión de ésas. Y todo por lo del Domingo.

Ya en su momento fue motivo de discoversia grande entre el Edelmiro y la Francisca, los viejos. Mi padre, de que me vió asomar, que dijo Martín. Y a mi madre que se le metió que no en el entrecejo. Y como algo se le metiera y precisamente ahí...

--¿Yo qué he dicho? ¿Eh? Domingo, Domingo y cien veces Domingo ¡Y no se hable más!, que mira que estoy muy malita y voy y me muero y ahí os quedáis los dos. El tal Martín y tú. Y a ver luego quién os friega y quién os guisa.

--Paca, que no te oceques, que hoy es martes y éste se llama Martín. Como San Martín de Valdeiglesias, que mira que suena a importancia, mujer...

--Tú y tus grandezas. ¿Qué te crees, un marqués? Y además, ¿quién lo ha parío, eh? ¿Quién? Yo. Pos eso. Domingo porque tiene cara de aburrío. Y anda que no son aburríos los domingos, mira tú.

--Paca, no me provoques, ¡que te endiño una asín, recién paría y to!

--¡No se te escurrirá ! Edelmiro, que de ésta te pierdes...–gritaba como una loca mi madre, aún postrada por el parto.

Y así lo pasaron, discutiendo semanas, hasta que la mala leche de la vieja salió ganando. Como siempre. Ésa lo que tenía es cogido el punto gordo a mi padre, que era lo de las relaciones sensuales y sólo la hizo falta una insinuación de ésas a que el otro no iba a catarla más, que el gallito se convirtió en un perro faldero y “lo que tú quieras mi Paqui de mis carnes, lo que tú quieras...”, vamos, como la seda, el muy meapilas. Y yo, Domingo. Por los cojones de mi madre, que aún siendo mujer tenía más de dos.

Y hace tiempo que me sé que la culpa de todos mis males viene por ahí. ¡Si es que es una regla de dos! A ver si no. Tú me dirás. Soy como moreno porque soy moreno. Hasta ahí, tos de acuerdo. Soy como un hombre porque soy hombre. También. Pues soy como un domingo... ¡porque soy Domingo! ¡Na-tu-ral...!

¿Y cómo es un domingo? ¿Cómo? A ver si no lo más triste, insulso y deprimente. Pues eso. Si es lo que yo digo. Que todo viene de lo mismo. Me cago en la suerte de mi nombre. Si es que no tenía que haber nacido en martes...

Marta Sotillos.

Febrero 2001

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