La Coctelera

Relato 10: La malasangre

La malasangre

(Otros relatos)

Marta Sotillos.

Sangraba a chorros, a borbotones, rojo intenso, blop, blop, blop... A tal ritmo que esa gente temió que se me fuera la vida por aquella profunda herida desgarrada en mi bajo vientre.

Yo, en estado de consciencia, me revolvía entre naúseas y arcadas. Y notaba cómo el vómito, espeso y caliente, avanzaba por mi cuello y por mis largos cabellos, tumbada, tiritando, con la cabeza caída de lado, como de trapo. Y no sentía cómo mi sangre bañaba mis ingles porque tenía la zona dormida, como muerta. En ese momento no tuve fuerzas para incorporarme y poder asistir así a lo que se estaba tornando en mi propia despedida.

Hacía horas que había perdido el control y pareciera que se hubiera abierto una válvula de escape y todos los fluidos de mi cuerpo pretendieran salir de él a un tiempo. Sangraba por la herida, vomitaba por la boca, sudaba por todos mis poros...

Creo que, así, sin saberlo, me estaba muriendo, sangrando, blop, bloop, blooop.

Entonces pasaron por delante de mis ojos una serie de imágenes, como si fuera una película. La película de mi vida, un verdadero drama, en la que yo representaba bien mi papel.

Siempre he sido mala persona. Lo sé. ¿Cómo decir lo contrario, cuando gran parte de mi vida la he dedicado a ello. A fastidiar y humillar a los demás, haciendo por todos los medios a mi alcance que las existencias de los que me rodeaban se convirtieran en réplicas, lo más perfectas posibles, de un mal sueño?

Desde pequeña aprendí a malpensar, como un juego más. Practiqué el deseo obsesivo de lo ajeno para cultivarme en el arte de la envidia y estudié sin tregua todos los recovecos del egoísmo humano. Hablar de más, falsear, criticar, cotillear, burlarme de la gente, engañar, espiar, insultar, fingir, embaucar, coger lo que no era mío, romper... ésas eran mis aficiones preferidas. No soy agresiva, ni asesina, ni loca. Lo que soy en verdad es mentirosa y dañina. Y, como no tengo vergüenza, creo que también se podría decir que soy una sinvergüenza.

Vivo en este pequeño pueblo, a diez kilómetros de Cartagena. Y a pesar de no ser de aquí,

-nací y estudié en Murcia- conozco a la mayoría de sus habitantes. Y ellos me conocen a mí. ¡Vaya si me conocen! Pregunte, pregunte a cualquiera…

-Mala sangre. Eso es lo que tiene esta niña –decía mi abuela a mi madre, ya desde mi más tierna infancia- Desengáñate, hija. No es otra cosa. ¡Es mala sangre! –añadía.

Entonces mamá me observaba con esa mirada perdida, como preguntándose el de dónde y el porqué. Pero sólo “como preguntándose”, porque ella no se cuestionaba nunca nada, lo tenía todo bien asumido, más por cierta escasez de inteligencia que por humildad ante la vida. Siempre pensé que mi madre era una estúpida. De entrada, por haberse dejado preñar por mi padre, entonces un chaval de Granada, que hacía el servicio militar como infante de marina en Cartagena, un caradura que se acostó con ella durante diez meses seguidos, le prometió el oro y el moro y, luego, si te he visto no me acuerdo. Por tonta.

Y nací yo, y me llamó Pura. Pura ¿qué? Pura García. Es que hay que ser inepta. ¿Qué significaba eso, que pertenecía a la rama virgen de los García? De lo único que me ha servido el nombrecito, es para que en el pueblo me conozcan como “Pura malasangre”.

Todos me llaman así, excepto Andrés, el carnicero, un pobre hombre al que he hecho la vida imposible a lo largo de estos tres últimos años, un buen chico que hizo caso omiso a mi madre, el día de nuestra boda, cuando ésta le advirtió: “Mira, Andresillo, que Pura tiene muy mala sangre y te hará desgraciado”, y él contestó con un “Ya lo sé, señora, pero yo la quiero, daría mi vida por ella”.

¿Qué pretendía mi madre? ¿Disuadirle? ¿Qué me quedara a vivir con ella toda la vida? Debería haber estado deseando que me fuera...Si lo único que hacía era darla disgustos...

Hechos como ésos fueron los que me llevaron a pensar que mi madre era una estúpida. Como todos los demás. Por unas cosas o por otras, todos una piara de imbéciles. Hasta Andrés, por haberse casado conmigo. Y por quererme. Porque mira que me ha querido...

-Pura, ¿qué te pasa, mi vida?. Pura, dime algo... No te preocupes, te vas a poner bien. Ya lo verás. Mi pequeña...Ya lo verás...-me dijo Andrés, abrazándome. Y esto es lo último que oí antes de que nos separaran.

Esa noche, había acudido con urgencia a aquel hospital. Ya en casa, tuve la primer hemorragia. Ya en casa, se había iniciado la cuenta atrás. Estaba en el octavo mes de embarazo. Un embarazo gemelar. Un embarazo de riesgo, había dicho el ginecólogo. Y empecé a sangrar, y Andrés, descompuesto, me agarró y me llevó en su furgoneta a Cartagena. Y llegué en tal estado, que aquellos hombres se dispusieron a actuar con rapidez. Y con rapidez me anestesiaron por la espalda y rajaron mis tejidos, para poder extraer a esos dos seres que habían crecido dentro de mí. Y al abrirme, mi útero se reveló de una forma inesperada y empezó a sangrar como una manguera rota. Los médicos no podían cerrar con toda la premura que exigía la situación, porque, aunque habían sacado ya al primero de los bebés, faltaba por salir el segundo. Y el grifo seguía abierto. Y ellos, esos hombres, actuando sin tregua, necesitaban -pero ya no quedaba- más tiempo, Porque, yo, me estaba yendo.

Cuando a los cinco minutos, pudieron cerrarme, la cantidad de sangre que había perdido era tal, que alguien decidió que debían reponerla de inmediato. Una transfusión de urgencia.

Mi marido es del grupo que llaman el donante universal, O+, y dijo que él estaba dispuesto a hacer lo que fuera para poder salvarme. Cinco litros. Así es que me hicieron la transfusión y gran parte de la sangre de Andrés circuló por mis venas, uniéndose a la mía y ayudándome a recuperar la vida que, unos minutos antes, casi había perdido. Y yo, en el momento, noté cómo revivía y al tiempo sentí un gran escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, de ese brazo a los pies y de los pies a la cabeza y de la cabeza al alma, y me encogió, porque, cuando llegó allí, se había convertido en un profundo sentimiento de culpa y remordimiento.

Aquella noche, como pago a todavía no sé el qué, Dios quiso que perdiera mucha sangre. Mucha mala sangre. Y a cambio me hizo tres regalos. La sangre pura y sincera de Andrés, y dos tesoros, con mis ojos y mi pelo, pero con la bondad y la generosidad de su padre.

Y aquella noche fue que aprendí a llorar. Y lloré. Lloré por mí. Lloré por todo el mal causado, por cuantos conocía... Lloré por mis hijos, y por mi madre, y por Andrés.

Nunca hasta entonces había llorado, pero creo que cuando se nace, ése es el mejor comienzo. Y yo, aquella noche, con esa nueva sangre por mis venas, acababa de nacer.


http://www.adrianaclaudio.com/Border-Transfusion-Cultural.html

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