Con un inesperado estrépito, aquella negritud de horas, quizá de días, fue violada por la cegadora luz. Y ese haz dominante tomó posesión del pequeño reducto, con total parsimonia. Como si todo le perteneciera. Era una intensa claridad, deslumbrante, precedida por un perturbador y chirriante ruido de descorrimiento de barras de hierro, que abrió de golpe el portalón de maderas dilatadas por la humedad, arañando el suelo y levantando una nube de partículas de polvo, para soliviantar la oscuridad, el silencio y la paz. Y la silueta negra de un cuerpo amorfo, de hombre muy maduro, ya pasado, irrumpió en el corral. Vestía andrajos. Una zamarra parda y unos pantalones de color indefinido, gris-verde-marrón-negro, que ataba con una gruesa soga alrededor de lo que probablemente en su día fuera su cintura, hoy desdibujada y gorda como un barril de cerveza.
En una de sus extremidades superiores blandía un herrumbroso y primitivo mazo de tosco metal, en actitud amenazante, más por posición que por expresión. Ya que su rostro no dejaba ver más allá de sus cejas, totalmente inexpresivas. Ni frío ni calor. Ni decisión, ni alegría, ni tristeza, ni agotamiento, ni nada. Ni siquiera vida. Pero no estaba muerto, porque respiraba, jadeando, y se movía. Torpemente, pero se movía. Un ser tullido. Cojo. Con un terrible y patético bamboleo al caminar.
El hombre no venía solo. Lo acompañaba un perro gris que, al igual que su amo, parecía haberse mimetizado con el entorno. La tierra, aquellos campos cubiertos de rocas parduscas, pequeños arbustos enmarañados y descoloridos. Musgos resecos.
El chucho pronto demostró ser bastante estúpido y andaba entrecruzándose con insistencia entre las piernas del viejo, hasta que éste, dando la primera muestra de que su cerebro iba más allá del mero acto motor de andar, le arreó tal patada a la altura de los genitales que le hizo desplazarse arrastrándole varios metros hasta que su sucio cuerpo fue a estrellarse contra unos maderos apilados en un lóbrego rincón.
El can aulló de dolor, a lo que aquel gañán respondió con un sonoro gargajo y el consiguiente lanzamiento de una lechosa mezcla de saliva y flema contra el polvoriento, pero hasta ahora virgen, suelo. Y como si ese vulgar acto fuera el prolegómeno de un extraño ritual para entrar en acción, comenzó desenfrenadamente a aporrear con el martillo una hilera de gruesos y larguiruchos clavos apoyados en unos tablones dispuestos a modo de mesa sobre dos caballetes abiertos de patas a ambos lados.
(narrador cuasi-omnisciente)
Los machacó de tal grado, que me estremecí. Literalmente, se me abrieron las carnes. Y es que los golpeaba contra mí. Con gran fuerza, una y otra vez. Pom. Pam. Pam. Parecía estar descargando toda la tensión acumulada en años. Pum. Pam. Golpes brutales, en plan de “éste por ser cojo, éste por pobre, éste otro por la puta reúma, éste de que me se explote la hernia, este a ver si la espicho de una jodida vez, éste porque me sale de los cojones y éste último por la madre que me parió. Joder. Cago en la...” Sudaba, escupía y blasfemaba. Fue un despliegue de chispas y virutas, mientras yo y mi semejante botábamos una y otra vez. Todo un espectáculo de luz y sonidos sordos. Y fue en ese momento en el que aquel hombre se meó encima. Su perro lo olió con cierta cautela. Pero yo, un leño, un simple trozo de madera, entonces sentí algo. Sentí pánico.
(narrador testigo)
Bernard. Ese era su nombre.
Y es que Bernard era muy bruto, porque sí y también por otros motivos. Como la soledad. Demasiados años cuidando a un viejo demente, ya muerto. Su padre. Los frutos de su esfuerzo. Todo murió con él. Muchos años de campos inhóspitos, de ovejas y cabras. Y solo. Bernard no sabía leer, ni escribir. Y así se había hecho hombre. Y tenía sus necesidades. Soñaba con encuentros sexuales con bellas y voluptuosas mujeres.
Y despertaba. Y se follaba a las vacas.
Cuando llegaron a Dorria, aquel perdido y precioso pueblo de cuatro casuchas en medio del Pirineo catalán, Bernard era un chaval. Tenía siete años y tenía ilusión. Tenía una gorra muy bonita. Y tenía toda la vida por delante. Y tenía unos padres que venían huyendo de la injusticia por haber cometido un delito: pensar en un tono diferente al establecido. El padre de Bernard pensaba en rojo. Y eso no. Eso sí que no.
Para Bernard todo Dorria era una aventura. Un disfrute. Respiraba hondo. Y Bernard vivía. Y vivía feliz y despreocupado.
-Mamá, ven, te echo una carrera hasta el bosque. Mamá, mira ese chivín. Mamá, qué bien huele tu comida. Mamá esto, mamá lo otro... ¡Mamá, te quiero hasta el cielo!
Pero al chico pronto se le torcieron las cosas, y nunca mejor dicho. Primero, su pierna. Una poliomielitis aguda y sin curar lo dejó cojo a los trece años. Meses después, esa sanguinaria tos seca se llevó a su madre por delante. Ahí su padre perdió el norte. Enloqueció y enfermó. Y él quedó solo. Solo. Y entonces dentro del aún niño se engendró la desilusión, la rabia. Y éstas fueron creciendo con él. Todos juntos.
Hoy Bernard es un viejo y lo único que siente es hambre, sed, sueño y rabia. Mucha rabia. Y se desahoga como puede y como sabe. A lo bestia. A mazazos, en el establo.
(narrador omnisciente)
Bueno, ya lo sabéis. Esa es la razón de que ese salvaje nos golpee en la cabeza constantemente.
Parece sorprendente, pero sé de buena madera, y yo soy muy agudo, que hay golpes productivos y otros improductivos. Nosotros hemos nacido para los primeros. Pero con este animal no vale eso. Él nos brea así, a lo inútil. ¡Me saca de quicio!. No me hierve la sangre porque no tengo, pero me calienta de una manera...
¿Qué pasa? ¿Qué a mí, me ha tocado pagar por todas las desgracias de este haragán? La verdad es que ya estoy acostumbrado y me dejo. En parte, nací para eso. No sufro. Soy duro. Vamos, lo que se dice de hierro. Lo que pasa es que este tipo siempre me pilla desprevenido, y además el problema es que me está torciendo. Me coge por la cabeza y voy directo. Y venga de golpes. Si por lo menos le pusiera un poco de ilusión. Algo... Pero no. Sólo a descargar tensiones. A aplacar iras añejas. Y cuando ha acabado, zas, nos saca de un tirón, nos encierra y hasta el próximo ataque. ¡Hay que joderse! Y lo malo es que estoy metido en esto hasta el fondo.
Yo podría haber sido algo grande. Me crearon con un claro objetivo: la unión. Unir, fortalecer, construir, sujetar... Vamos, lo que se dice un héroe.
Pero que ése se ande con tiento, porque yo también puedo causar mucho daño, que conste. Por algo soy un clavo de chilla, nada más y nada menos que de seis centímetros, y con una capa de orín del ocho y cualquier día de éstos me escarpio, le araño y voy y le causo un pedazo tétanos que se lo lleva al otro barrio derechito. Y entonces, se acabó la historia.
(narrador protagonista)
Marta Sotillos, 8 de enero de 2001



