Anoche conocí a dos personas. Beatriz y Fernando. Almorcé con ellos dos o tres veces en un comedor imaginario y por el espacio de dos o tres horas, ése fue mi sueño, pero en mi sueño, esas horas eran días y ellos y yo nos encontrábamos con ganas de encontrarnos, siempre a la hora del almuerzo. Hablábamos, nos mirábamos y entablamos cierta amistad. Beatriz era simpática y abierta. Fernando no. Fernando era más bien rarito, físicamente no demasiado agraciado, bajito, feucho, pero muy muy gracioso. El último día, Fernando llegó tarde a nuestra cita diaria y os juro que ya le estaba echando de menos. Cuando le vi aparecer, para mostrarle mi simpatía le cerré el paso con mi silla. Él sonrió. ¿Por qué siempre tiendo a mostrar de esa forma mis debilidades hacia alguien??? Si alguien no me interesa, jamás le gastaré una broma... ni pesada ni no pesada. Nada.
Bueno, el caso es que un sueño tan simple me dejó huella. Creo que no volveré a ver ni a Beatriz ni a Fernando, pero me gusta pensar que en mí existen seres que aún no conozco, capaces de despertarme sentimientos de profundo cariño aun dormida.

"El sueño de Constantino" de Piero de la Francesca (1455)



