En la copa de un árbol
Empecemos por algunos clásicos. Uno de los spa resorts más laureados del sur del Pacífico no tiene vistas al mar. Sus camillas y piscinas están instaladas en el Daintree Eco Lodge & Spa, un campamento anidado en un valle de la selva de Diantree, la más antigua del mundo según los expertos, mucho más que la amazónica, en el noreste de Australia. Los masajes y tratamientos impartidos con técnicas aborígenes, entre cascadas, o el Julaymba Restaurant, casi flotando sobre las aguas, son el complemento ideal a las cabañas encajadas entre los troncos de los espigados árboles selváticos. Nada como disfrutar del jacuzzi de sus terrazas, protegido por la intimidad que proporciona la maleza... y la altura.
En el Green Magic Nature Resort, en el norte del estado indio de Kerala, a dos horas del aeropuerto de Calcuta, se puede también dormir en la copa de un árbol a 30 metros de altura. Es el bosque tropical del Green Magic Treehouse Resort, el hotel soñado por Tarzán. Sus casitas se han fabricado a mano por las tribus de la zona con materiales naturales y cuidado en la preservación de lo que, a fin de cuentas, constituyen las necesidades básicas de una habitación de hotel. La dificultad de ascender hasta lo alto de estos ejemplares centenarios se ha solventado mediante puentes colgantes y un ascensor confeccionado con cañas que funciona gracias a las leyes de la física, las que conjugan los contrapesos del agua. Nada de trepar por el tronco. Desde arriba, la mezcla de olores de las plantaciones de café, té y pimienta, los sonidos de las aves autóctonas y el misterio de la jungla contribuye a pensar que su precio no parece exagerado, pues no se sobrepasan los 200 euros por noche. Aún así, un hotel de vértigo.
Pero esta tendencia, dentro de la moda del ecoturismo, cada vez tiene más auge. Ahí está el éxito de las cabinas del hotel Juvet, en Noruega, del Tsala Treetop de Suráfrica, de las audaces instalaciones delTreehotel sueco, o del Cabanes als Arbres, en Girona.
En el fondo del mar
Tal cual. Para empezar, dormir en un submarino ya no es cosa de la Guerra Fría o de avezados navegantes. Uno de los primeros experimentos al respecto fue el Jules’ Undersea Lodge, simulacro de minisubmarino residente en el fondo del Lago Esmeralda del Key Largo Undersea Park, en Cayo Largo, Florida. Sus soñadores responsables, obsesionados con la figura legendaria de Julio Verne y sus mundos de fantasía, quisieron recrear el universo de Buscando a Nemo, más que visible en su interiorismo un tanto infantil con la imaginería típica de los dibujos animados. A este hotel subacuático se accede enfundado en traje de buzo, a nado. Un saloncito angosto pero equipado con televisión, DVD, cocina y nevera, así como dos dormitorios-cabina con literas y ojo de buey para contemplar el agua, representan sus únicas estancias. La seguridad está garantizada a través de un sistema de monitorización en funcionamiento las 24 horas. Recomendable saber bucear. ¡Inmersión!
Otra cosa supone el concepto de hotel creado por el artista y escultor Mikael Genberg en el lago Malaren, en Vasteras (Suecia). Sus ensoñaciones de niñez se hicieron realidad un gélido día de verano del año 2000 cuando abrió al público un hotel flotante, una inocente casita sueca de tablones rojos, puerta y ventanas blancas y tejado a dos aguas. Pero el Utter Inn escondía algo más: un dormitorio a tres metros bajo el agua. Un par de camitas, una mesilla, una maceta y unos ventanales que comunican con las miradas curiosas de los peces del lago. Y es que este singular acuario sumerge al huésped en una burbuja de oxígeno sin más compañías que las que pueda encontrar en las profundidades, lo que viene a ser una revisión de la idea de pecera. Un experimento sociológico del hombre en el agua.
Pecata minuta con eso que lleva prometiendo Hidrópolis, un complejo situado a 20 metros de profundidad, alejado unos 300 metros de la costa, en Dubai. Si es que algo puede todavía sorprender en este insólito y extravagante emirato árabe.
Tan ambicioso como el hotel Poseidón, cuyas cabinas bajo las aguas de las islas Fiji son más que solicitadas.
Dentro de una cueva
Un auténtico lujo es el hotel Yunak Evleri, en la Capadocia. Pincha y descubrirás nuestro artículo de Notodohoteles.
Originalmente concebida como una oficina de investigación geológica, la cueva de Kokopelli's Cave Bed & Breakfast es algo más que el hogar de Bruce Black y su familia. En el escarpado paisaje de acantilados del norte de Farmington, cerca del Parque Nacional de Mesa Verde, en Nuevo México, se accede a través de inclinados caminos a pie hasta esta excavación de piedra arenisca. Hasta 65 millones de años contemplan estas formaciones aunque la cueva original fue volada en 1980. A principios de esa década, los Black se pusieron manos a la obra y una vez solucionada la ventilación, la instalación eléctrica y la chimenea empezaron a dar cama y desayuno en junio de 1997. Mobiliario sureño, una tradicional kiva india y una superficie desde donde ver el atardecer sobre cuatro estados, pues estamos en la región norteamericana de Four Corners. Si se logra llegar, se puede leer un letrero que reza: ¡Realmente has querido venir a la cueva Kokopelli!
Si lo que andas buscando es una buena historia, ¿quieres dormir en la cueva de Robinson Crusoe? Verdad o no, ficción o novela, lo cierto es que a dos horas y media de Santiago de Chile, en el archipiélago Juan Fernández, una islita llamada Más a Tierra fue renombrada Robinson Crusoe porque en ella vivió durante cuatro años el navegante escocés Alexander Selkirk, personaje real en el que se inspiró Daniel Dafoe para recrear las aventuras del náufrago más famoso de la literatura. Y según lo venden, el intrépido Selkirk utilizó la Robinson Crusoe’s Cave para sobrevivir hasta que fue rescatado en 1709. Aunque sin demasiados lujos, la rusticidad de la habitación se soporta, aunque también se puede dormir en una casita de playa con piscina y televisión por satélite.
Pero todavía uno puede remontarse a tiempos más remotos y sentirse como un auténtico hombre primitivo. Es lo que garantiza esta hospedería troglodita, como se autodefinen las cuevas de Al-Jatib, cerca de Baza, en el altiplano de Granada (España). O al menos entender la vida de la gente humilde –moriscos, trabajadores, campesinos-, que moraba en estas aldeas diseminadas en las orillas de las cárcavas formadas tras la desaparición de un prehistórico lago azul. El tradicional hammam, una tetería, una cueva de diversión para niños, un restaurante con productos del huerto y seis cuevas encaladas y bien equipadas, la más grande con hasta cinco dormitorios.
Hoteles isla
Ya clásicos en nuestras páginas son los gemelos del Índico, el Soneva Gili Resort, recuperado ipso facto tras el tsunami del año 2004, y el Soneva Fushi Resort, ambos complejos pertenecientes a la cadena Soneva, del grupo hotelero Sixsenses. Dos islas privadas, Lankanfushi y Kunfunadhoo, del archipiélago de las Maldivas son las sedes de estos resorts paradisíacos que garantizan intimidad y lujo asiático. Sostenido por tres muelles de palafitos, el Soneva Gili es el primer complejo con villas completamente sobre el agua en dicho archipiélago. Cabañas flotantes compuestas por piscina privada, solárium azotea y beach club propio, conectadas con el restaurante y el spa, también sobre el agua. En tierra firme se instaló el Soneva Fushi, 65 casitas de madera y hojas de palmera plantadas a orillas de las cristalinas aguas del océano. Suites para convertirse en náufrago moderno.
No a demasiada distancia, también en el exótico Índico, la Taprobane Island se revela como la única isla privada de Sri Lanka. Aunque en realidad, el complejo se sitúa a pocas brazadas de la orilla de Weligama Bay y se puede acceder hasta él a pie. Moldeada en los años veinte como un capricho del conde de Mauny-Talvande, ha hechizado a reyes, nobles, primeros ministros, escritores –Paul Bowles alternaba su querido Marruecos con este retiro– y gente de vida disipada. La diminuta isla octogonal, coronada por una espesa mata de jardín tropical, se rodea de barandas y terrazas, y esconde entre palmeras, hibiscos y orquídeas cinco suites y una irresistible piscina de borde infinito. Mosquiteras, aires coloniales, partidos de polo sobre elefantes en la bahía, cuadros y tapices hindúes, columnas palaciegas, mayordomos...
Un témpano de hielo
Algo menos templada es la iniciativa del Ice Hotel. La población de Jukkasjarvi, en el círculo ártico sueco, observa cómo todos los años nace y muere un hotel. Lo inédito es que siempre es el mismo hotel, las mismas habitaciones cada temporada. Con el deshielo, el establecimiento es reinventado al inicio del invierno por una serie de artistas que esculpen las paredes y los espacios a habitar. La perfección de las superficies y su aislamiento se consigue gracias a la pureza del hielo extraído de las aguas congeladas del río Torne, que cada abril vuelve a recoger en su cauce el trabajo de la temporada anterior. Dormir en cualquiera de sus diferentes iglúes –cada uno responde a un diseño propio, desde una recreación de la Roma clásica a la inspiración en la Capilla Sixtina o el mundo vikingo- a unos siete grados bajo cero supone toda una vivencia: camas de hielo pero cubiertas de piel de reno, saco de dormir polar, despertarse con unlingonberry -reconstituyente caliente de frutos silvestres-, consejos contra la hipotermia y el congelamiento... Y un vodka en el Absolut IceBar.
Otros hoteles de hielo en el planeta son: el Hötel de Glace, el Chena Hot Springs Resort o el Hotel & Igloo Village Kakslauttanen, un complejo finlandés en dirección al ártico cuya propuesta más atractiva son sus iglúes de nieve y de cristal, ideales para ver la aurora boreal.
Un faro en la noche
Algo así como dormir en el fin del mundo. Esa es la sensación provocada en O Semáforo, el antiguo puesto de vigilancia del cabo de Finisterre. La mística tiene mucho que ver pues estar rodeado de mar, al borde de un acantilado, con la explosión de las olas y la sirena del faro, con unas buhardillas desde donde asistir a tanto espectáculo y una lubina como la que se prepara en el restaurante Tira do Cordel, hace que sea algo más que un hotel con encanto.
Algo parecido sucede en Llafranc (Girona), donde su Far de Sant Sebastià vigila a los huéspedes desde su atalaya del acantilado de Romaboira.
Fuera de nuestras fronteras, la luz del Corsewall Lighthouse Hotel, cerca de la ciudad escocesa de Stranraer, todavía guía los barcos que entran y salen del estrecho de Loch Ryan.
Pero donde más de moda se ha puesto el alojamiento en este tipo de construcciones es en la costa dálmata. Su gran proliferación gracias a la sinuosidad de su perfil ha llevado a las autoridades croatas a la restauración y reutilización de muchos de ellos. Faros como el Veli Rat, construido en 1849 en la isla de Dugi Otok, el Sv. Petar, de 1884 a la entrada del puerto de Makarska o el Sv. Ivan na Pucini, frente a la ciudad istriana de Ronvinj, son hoy destinos turísticos y hospederos de referencia en el Adriático por su originalidad, comodidad y buen precio.
Algo más futurista parece el proyecto del arquitecto belga Carsten Höller en el noruego Nesna Vacation Centre and Hotel. Se trata de una habitación flotante comunicada con la orilla a través de una pasarela. Una especie de prisma diamantino totalmente transparente.
Tiendas de campaña
Otra manera distinta de vivir un hotel es el campamento. Más distinta aún si se hace en el Three Camel Lodge, un cinco estrellas pero de gers -tiendas tradicionales mongolas- en pleno desierto del Gobi, al sur de Mongolia. Cada pieza ha sido fabricada a mano, desde la madera pintada de los muebles a las estructuras de celosía de las tiendas. Mientras, el respeto por el medioambiente es escrupuloso, así como el mostrado hacía las culturas locales y los ritos budistas."